Héctor Timermann: “El regreso de Arteche, las falsas ilusiones de
la clase media”
“Arteche
y la puta madre que te parió”.
La frase de Federico Luppi en la película Plata dulce -un clásico del cine
nacional estrenado en 1982, en los últimos tramos de la dictadura militar-
describió mejor que cualquier análisis un descubrimiento de la clase media: una
vez más, el establishment argentino dejaba de necesitarla, y ella volvía a ser
parte de la legión de los excluidos, en un proyecto de país que no la
consideraba.
Los engatusados por los Arteche de la dictadura no fueron ni secuestrados ni
torturados ni están desaparecidos. No los evocan monumentos ni se les organizan
homenajes, y mucho menos despiertan admiración como víctimas de la dictadura.
Sin embargo, los cientos de miles de argentinos que encarnó Luppi en Plata dulce
también fueron víctimas.
Arteche hizo con Luppi lo mismo que José Martínez de Hoz con toda la clase
media. Lo convenció de que las puertas del paraíso económico y social se habían
abierto también para él. Vivir de la especulación financiera, cerrar el taller o
el comercio y dedicarse a la importación, viajar a Miami, mudarse a un country.
En fin, pasar de la popular a la platea de la vida. Lo que Arteche-Martínez de
Hoz nunca le avisó es que no es lo mismo alquilar que ser propietario. Y a la
clase media le cancelaron el contrato sin los dos meses de preaviso.
Plata dulce es una película que se podría haber filmado varias veces en la
Argentina: todas las veces que la clase media, embelesada por los “beautiful few”,
despreció a quienes fueron sus socios naturales en los períodos de crecimiento.
Como en el tango, cuando Margarita se creyó Margot.
La clase media creció (en número y poder económico) cuando se alió con las
clases populares. Las luchas obreras, las ilusiones de los inmigrantes y el
fortalecimiento de un Estado protector crearon las condiciones necesarias para
su expansión. Obreros que comenzaban a consumir y un Estado que proveía la
educación, la salud y la seguridad para que sus hijos se incorporaran a un mundo
casi sin límites. De esa alianza surgen los gobiernos de Yrigoyen y de Perón. Y,
en esos años, también llega la burguesía nacional, que apostando al país
reemplaza a los monopolios extranjeros que controlaban la economía.
Sin embargo, esa alianza exitosa provocó las más grandes tragedias nacionales,
cada vez que una clase media exitosa ha vuelto a creer que se ha ganado el
derecho de mirar para arriba y escupir para abajo.
Muchas cosas cambiaron, para bien, con el retorno de la democracia.
Todavía, sin embargo, las falsas ilusiones que venden los Arteches siguen
calando en una clase media deseosa de escalar ese peldaño con el cual siempre
termina tropezando.
Los años de Menem lograron, sin las bayonetas, los mismos efectos que describe
Plata dulce. Barrios privados, dólar barato, educación privada, medicina prepaga
e, infaltables, los viajes de compras a Miami. Mientras la clase media paseaba,
de prestado, por el paraíso, los herederos de Arteche nos dejaban sin las pymes,
sin sindicatos, sin educación ni salud pública. Y endeudados, muy endeudados.
Cuando todo explotó, la clase media volvió, una vez más, a recordar sus
orígenes. En 2001, en los barrios se cantaba “piquete y cacerola, la lucha es
una sola”.
¿Quién se hubiese imaginado que aquellos que golpeaban desesperados las puertas
de los bancos, en pocos años volverían a sacudir sus cacerolas junto a la
Sociedad Rural?
Tal vez era difícil imaginar, en esos días tristes, que una vez más la Argentina
volvería a resurgir con la misma fórmula. Un Estado que invierte en educación,
en salud, que promueve el consumo interno, que alimenta a la pequeña y mediana
empresa, que desactivó la especulación financiera reemplazándola por una
economía de producción. No hay ningún misterio: la fórmula que hemos aplicado es
la misma que ya había dado resultados con el viejo radicalismo y con el primer
peronismo.
Tampoco la derecha es muy imaginativa. Vuelve con sus viejos cantos de sirena.
Acusan al Estado de parasitario, a los obreros de querer fundir al pequeño
empresario, de impedir a una clase con poder adquisitivo que compre paragüitas
de Hong Kong.
Habrá que ver si esta vez la clase media vuelve a enamorarse de una fantasía o
si, finalmente, mandamos a Arteche a la puta que lo parió antes de que nos
vuelva a estafar.
Será el primer día de un país maduro.
Que llegue ese día no sólo depende de la clase media
Fuente: Revista Debate, 16 de enero de 2009