Perpetua y cárcel común

Orlando Diego Romero

María Angélica Rodríguez, viuda de Orlando Diego Romero, es la primera en dar su testimonio en la cuarta jornada de la “Causa Ayala”. Su esposo era uno de los que fueron apresados con “los Cachos” (Barozzi y Ayala) y Jorge Saravia Acuña.
Es una tucumana delgada, de aspecto frágil, pero muestra firmeza cuando el Presidente del Tribunal le pregunta si “tiene algún interés en el resultado de la causa”. La pregunta es de rigor, pero ella la toma en serio y afirma sin titubear “quiero que se haga Justicia y si es posible se lo condene a prisión perpetua y cárcel común al que hizo esto”.
Ingresa muy conmovida, evidenciando en su rostro el pesar por tener que revivir hechos del pasado que su mente intentó superar, o morigerar su recuerdo al menos, seguramente con todas las rutinas evasivas que podía para sobrevivir a tanto horror con su pequeña hija Laura. Debió seguir adelante, educarla y amarla por los dos, aferrándose a ese ser que, ya siendo una adulta, la acompañó desde Tucumán para contar su dolor.
María Angélica movió cielo y tierra, permaneció un día entero con su noche frente al RI9 para que le informen si tenían allí a su esposo. “No hay ningún Romero” le dijeron.
Su largo peregrinar por respuesta acerca de la suerte corrida por Orlando Diego, a quien ella llamaba “Beto”, la lleva a un sinfín de entrevistas concretadas y frustradas, incluso a visitar al Arzobispado. Allí le dijeron que si sabían algo la llamarían. Nunca llamaron.

El fichero siniestro

María Angélica Brun brinda luego su testimonio, y cuenta su encuentro con el cura Graselli, poseedor de un par de siniestros ficheros, en uno de ellos (absolutamente repleto), estaban las fichas de quienes no sobrevivieron a la dictadura. En el otro los que hasta el momento permanecían vivos.
María Cristina vivía en Buenos Aires, y es por eso que su hermana, la madre de un militante justicialista correntino que había caída detenido, le dice que le han pasado un dato que puede llevarla a conocer la situación de su hijo, de quien desconocía su paradero.
El “dato”, uno de los tantos que circulaban en el boca a boca de los familiares de las víctimas, era que en Buenos Aires había un cura que podía decir con precisión cuál era la situación de los detenidos. María Cristina por supuesto accede, y pensó que iría a una Iglesia, pero la dirección que le dieron era del Edificio de la Armada, donde halla a su interlocutor. Graselli la atiende con corrección, sin amabilidad ni hostilidad, en un conveniente tono neutro, y le confirma que su sobrino no está en el primer fichero, “parece que vamos a tener suerte” afirma, y efectivamente encuentra su nombre en el segundo fichero, el que registraba a los sobrevivientes.
Charito Ayala tiempo después se refugia en casa de ésta mujer, huyendo junto a su esposo de la persecución política. Cuando María Cristina le cuenta la gestión que hizo por su sobrino, Charito no lo duda y le pregunta si se anima a hacer la misma gestión por el “Cacho”.
María Cristina demuestra aquí no solo su valentía, sino una solidaridad admirable, ya que sin desconocer los riesgos, accede.
Esta vez del tono neutro de Graselli no quedan vestigios. Está clara y visiblemente ofuscado y le pregunta ¿por qué vino usted de nuevo?. Obcecada, y sin dejarse intimidar, pregunta por Cacho, y su nombre está en el primer fichero, “esta vez no tuvimos suerte, él está muerto” afirma el cura y le dice que no vuelva por allí. Ella sabía que lo decía en serio, y no podía dejar pasar su última entrevista sin preguntar por su sobrino nuevamente, “usted me dijo que estaba vivo” le dice, pero jamás me dijo si va a ser liberado y cuando.
Graselli le dice con dureza, “deme un teléfono y yo le informaré pero no quiero verla otra vez”. Días después la llama, y le dice que compre el diario Clarín o Nación, que saldrían las listas de liberados y el nombre de su sobrino estaría allí.
Así fue, su sobrino de apellido Solís, conocido en Corrientes con el apodo de “Caracol”, estaba en la lista, y aún vive en la capital correntina. Cacho no, jamás se sabría de él. Graselli estaba en lo cierto.

"Estábamos inaugurando la figura del desaparecido"

Néstor Ayala, el hermano menor de Vicente Víctor (el Cacho) cierra la jornada con su testimonio. Afirma que el nombre de Ulibarrie ya se escuchaba en el año 1976 como quién dirigió el operativo de secuestro de su hermano.
“Quiero que sepan que mis padres sufrieron la pérdida de su hijo de un modo atroz” cuenta emocionado. “Estábamos inaugurando la figura del desaparecido en Corrientes”.
No puede olvidarse del dolor de esos interminables días ,meses y años en los que costó asumir que ya no volvería el “Cacho”, ese hermano a quien recuerda "muy querido por todos los que lo conocían, absolutamente amplio, para nada fanático. Un grandote (1.92 mts.), de pies planos y con una forma de caminar muy particular, que lo caracterizaba".
En ese tiempo además debieron sufrir el rumor que había echado a rodar “Poroto” Garay, un dirigente liberal, de que lo había visto a Cacho vacacionando tranquilo en Brasil. Fueron a increparlo Néstor y su madre, pese a que les parecía una locura no podían dejar camino sin recorrer. “Poroto” les dijo titubeando que el creía que la persona que vio era el “Cacho”, pero no podía asegurarlo. Sin embargo, tuvo la decisión de ir al Colegio de Abogados de Corrientes y contar “su encuentro con Ayala en Brasil”, lo que frenó la posibilidad de que el cuerpo colegiado reclamara por su aparición.
Néstor aporta fotografías, al igual que lo hiciera la viuda de Romero, y se incorporan al debate.
El sufrimiento familiar prosiguió mucho tiempo; tres meses después de la desaparición de su hermano, fuerzas conjuntas irrumpen con violencia a su casa y se llevan cosas. A él lo seguían durante mucho tiempo, a veces lo increpaban pidiéndole documentos delante de sus amigos, y este tipo de cosas hacía que la gente se aleje de los Ayala, los aislaba socialmente. “Fue una experiencia espeluznante. Imborrable” recuerda.
Ningún Hábeas Corpus fue contestado, ninguna respuesta oficial recibió la familia.
Néstor cuenta sus experiencias con firmeza, conmovido pero decidido a dejar constancia del peregrinar de los familiares de los desaparecidos. La figura de doña Estela, madre de Cacho, Charito y Néstor estaba presente a través suyo, y seguramente desde donde está, una sonrisa de orgullo surca su rostro, acompañada de su esposo, el Cacho y otras madres, como doña Esther Galarza de Artieda, y estarán festejando el cumpleaños de Rómulo Artieda, que un día como hoy, 13 de agosto, habría cumplido 55 años.

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