Dos testimonios lapidarios contra Ulibarrie
En la segunda jornada de la "Causa Ayala" declararon solo dos de los cinco testigos previstos, debido a que uno falleció y dos no fueron notificados debidamente. Ambos complicaron la situación de Ulibarrie.
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El imputado, Diego Manuel Ulibarrie, a poco de iniciar la jornada. |
La segunda jornada del debate oral en la causa que investiga la responsabilidad del ex-policía Diego Ulibarrie en la desaparición de cuatro militantes peronistas, se inició pasadas las 9 hs. Estaba previsto que cinco testigos refieran su aporte al esclarecimiento de los hechos, pero solo asistieron dos, debido al fallecimiento de uno de ellos y a errores de notificación de los restantes.
El ex-policía
El primero en brindar su aporte fue Juan Carlos Camino,
ex-policía federal, quien afirma conocer a Ulibarrie ante la pregunta del
Presidente del Tribunal, Dr. Víctor Alonso. Cuenta que en la segunda mitad de
febrero del "76 un vehículo estaciona en la Delegación de la Policía Federal que
se encuentra en la Costanera correntina, "yo estaba de guardia cuando vi que
hacían ingresar dos personas encapuchadas, lo vi a Ayala, estaba muy golpeado y
con la espalda quemada, lo traían en andas" afirma. "El otro estaba
semiinconsciente, era un muchacho rubio de ojos celestes".
El que dirigía el operativo de traslado de los secuestrados era Ulibarrie, a
quien conocía de antes, y vestía ropas de civil. El auto que trajo los detenidos
era un Chevrolet azul celeste oscuro sin identificación. Recuerda a Ayala porque
era su vecino y estaba muy golpeado, además alguna vez le ordenaron hacerle un
seguimiento. "El otro debió haber sido Barozzi, porque el tío (hermano del padre
de la víctima) se apellidaba así y era un policía que quería averiguar el
paradero de su sobrino" sostiene.
Identifica a Ulibarrie a pedido del Fiscal Resoagli, quien le pregunta si estaba
en la sala, "si, si, acá está el señor" dice con seguridad señalando al
imputado, "él daba las directivas, él comandaba ese grupo, que en ese momento le
decíamos la patota".
"Los prisioneros fueron dejado a disposición del SI (Servicio de Inteligencia),
que eran los que entendían en los asuntos que el gobierno consideraba
actividades antidemocráticas" sostiene. Aclara luego que "si usted andaba
vendiendo libros del Che Guevara por ejemplo, eso era una actividad
antidemocrática", poniendo en situación al Tribunal y a los presentes de
la mentalidad reinante en esa época.
Recuerda que todas la fuerzas militares y de seguridad tenían Servicios de
Inteligencia, sus oficinas eran de "acceso restringido", y el personal que
trabajaba allí era la elite de cada fuerza, y que al SI de la Policía Federal
venían de otras fuerzas a intercambiar información, de Prefectura, Gendarmería y
Ejército.
La vecina
Ángela Nieves vda. de Garay era esposa de un reconocido
abogado y político liberal correntino, trabajaba en la zona en la que detuvieron
a "los Cachos" (Ayala y Barozzi), a Orlando Diego Romero y a Jorge Saravia
Acuña.
Vive además a escasos metros de donde sucedieron los hechos y fue testigo
presencial de un intento de fuga de los "Cachos". Ambos fueron recapturados tras
dispararles en las piernas. Era la policía de la provincia y disparó sin más y
tiraron a los heridos tomándolos de brazos y piernas a la camioneta policial
como se tira un bulto. "Tiraban directo" dijo, cuando el defensor le
preguntó si habían efectuado disparos al aire o de advertencia. cuando el mismo
letrado le preguntó además si ella como abogada creía que ese era un operativo
ilegal, sostuvo sin vacilar: "muy legal no debe haber sido si tiraban al
cuerpo sin advertencia y arrojaban de esa forma a los detenidos".
Nieves, como la conocen sus amigos, no conocía a los "Cachos", pero se le quedó
grabada la imagen de uno de ellos, que llevaba un maletín y era alto y
corpulento.
Al poco tiempo, la señora de Ayala (madre del "Cacho"), le cuenta lo sucedido al
esposo de Nieves y le pide que la patrocine con un hábeas corpus, y éste la
llama a su cónyuge, ya que días atrás le había narrado los hechos que coincidían
perfectamente con lo que le narraba esta madre desesperada.
Cuando Estela Carrazzoni de Ayala describe a su hijo, como un hombre alto y
corpulento, vestido con pantalón oscuro, remera roja y un maletín, Nieves no
tiene dudas y se da cuenta que había sido testigo del secuestro de este hombre
que apodaban Cacho y se llamaba Vicente Víctor Ayala.
En abril del "76, Nieves declara por primera vez, valientemente, sobre todo
teniendo en cuenta los tiempos que se vivían y que no había en absoluto
coincidencia ideológica ni ningún tipo de afinidad con las víctimas. Hoy ratifica por enésima vez su
relato, con solidez y algunos olvidos menores, "es que yo tenía 28 años en aquél
entonces y ahora 62" se disculpa. Lo sustancial, lo que verdaderamente importaba, no
se le olvidó sin embargo y lo ratificó en el debate.
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