Falta quebrar el pacto de silencio
Han recomenzado los juicios a los acusados por violar los derechos humanos durante la última dictadura. Sociedad y FF.AA. han revisado sus históricas posiciones sobre golpes de Estado, pero resta modificar la perversa actitud de los perpetradores.
Por: Martín Balza- EX JEFE DEL EJERCITO, EMBAJADOR EN COLOMBIA
Se han reiniciado los juicios contra imputados por graves delitos cometidos
durante la institucionalidad criminal impuesta por los altos mandos militares de
la última dictadura. Durante aquellos años, se generaron lealtades criminales
facciosas, se destruyó la cadena de comando y se consagró una elite criminal
como perpetradora de lo enunciado.
No se puede caer en la simplificación de pensar que o los mandos militares
enloquecieron súbitamente o siempre fueron un hato de asesinos. Lo que sucedió
en las Fuerzas Armadas, a partir de 1976, no fue la generación espontánea de un
grupo criminal, sino que ello reconoce un fermento preexistente instaurado en
gran parte de la sociedad argentina. Sin prescindir de los seis golpes militares
en el siglo XX, hay que destacar que a partir del derrocamiento del gobierno
constitucional del general Perón (septiembre 1955) hasta 1983 las Fuerzas
Armadas se autoimpusieron el rol de una especie de "casta salvadora", de la
República que -bueno es tenerlo presente- contó con sectores civiles
constituidos en grupos de interés y de presión.
En 1976 una parte de la sociedad argentina entendía la violencia condenando a la
víctima y no al perpetrador ("por algo será", se escuchaba con frecuencia). No
muchas voces del quehacer nacional condenaron entonces las brutalidades de la
dictadura.El advenimiento de la democracia trajo consigo la necesaria exclusión
de casi todos los perpetradores y su juzgamiento. No todos los actores sociales
reconocieron sus errores. Comparto con el jurista Jaime Malamud Gotti que ".el
alcance necesariamente restringido de los juicios reinventó la historia y
atribuyó la culpa a un solo grupo social -los militares- exculpando (no
culpables, igual a inocente) a todos aquellos civiles que abonaron el terreno
para la creación del terrorismo de Estado".
Esto, aún está pendiente. La violencia argentina en los años setenta es
consecuencia de la impunidad que reinó para los usurpadores del poder en los
golpes militares anteriores y -muy particularmente- la violencia argentina en
los años cincuenta. El 16 de junio de 1955, criminales de uniforme -con anuencia
de gran parte de la sociedad- masacraron a un pueblo inerme e indefenso en la
Plaza de Mayo. El saldo fue de más de 300 muertos y un número superior de
heridos. Esos criminales, junto con conocidos políticos constituidos en pseudos
cruzados republicanos estigmatizaron al adversario político como moralmente
innoble. Militares golpistas de 1955 y otros de los golpes de 1962 y 1966
alcanzaron las máximas jerarquías y cargos en las Fuerzas Armadas -junto a
civiles- en gobiernos democráticos.
La prevención a la violación a los derechos humanos por las instituciones
militares debe fundarse en el cambio cultural y fáctico. En ese sentido, el
Ejército generó -en decisión autoimpuesta- en los años noventa una serie de
medidas conducentes a la modernización institucional, lo que conllevaría la
aceptación de aquel cambio cultural, principalmente: en el sistema educativo, el
establecimiento de vasos comunicantes entre los Institutos de formación militar
y las instituciones educativas civiles, y concientizar que nunca un militar debe
obedecer una orden que manifiestamente constituya la comisión de un delito -en
particular contra la Constitución Nacional-, o sea que contraría los usos y las
leyes de la guerra. Todo ello, en el contexto de una acción docente constante,
estrecha y desarrollada desde los máximos niveles.
La prevención no es ajena de la persecución criminal de quienes violaron
derechos inalienables; ello es tema central no sólo en nuestro país sino en los
países que hacen tránsito desde una dictadura a un régimen democrático. Existe
un disenso entre quienes defienden el perdón y el olvido, y entre quienes
consideran que no hay transición sin sanción criminal contra los ofensores a los
derechos humanos.
El énfasis en la defensa de la sanción criminal tiene su acento en las víctimas,
en la necesidad de restaurar su dignidad, y en castigar a quienes participaron
en la comisión de los delitos atroces y aberrantes.
En nuestro país se optó, desde luego, por la segunda opción. Es así como la
punición de los delitos de lesa humanidad está cabalmente contemplada en la
legislación penal argentina. No cabría consecuentemente apelar a otros
institutos. Con ello se evitará la repetición de un luctuoso pasado y eliminará
todo vestigio de relativismo moral y jurídico.
No obstante, hay un aspecto que no ha sido definitivamente quebrado y es el
pacto de silencio, de mendacidad y contumacia persistente, establecido entre los
perpetradores. Aún al día de hoy, algunos procesados y otros con sentencia firme
siguen en la negación y justificación de los hechos y en el perverso sentido del
"espíritu de cuerpo delictual". La actitud hacia la memoria y la verdad
histórica, por parte de esos sectores -militares y civiles- comprometidos con
los crímenes, continúa aferrada a la negación, al olvido y a una total
reluctancia a la democracia.
Fuente: Clarín