El burlador burlado
Por Horacio Verbitsky
La detención del general Eduardo Alfonso, dispuesta por el juez federal de San
Martín Alberto Suares Araujo por la desaparición en 1977 de una mujer
embarazada, simboliza el fracaso del último intento por frenar los juicios por
crímenes de lesa humanidad. Desde la Secretaría General del Ejército, que ocupó
durante los gobiernos fallidos de Fernando de la Rúa y Eduardo Duhalde y de sus
ministros de Defensa Ricardo López Murphy y Horacio Jaunarena, Alfonso organizó
esa contraofensiva contra la justicia e intentó contaminar a las nuevas
generaciones castrenses con las emanaciones del agujero negro que, de 1976 a
1983, deshonró la tradición sanmartiniana.
La suya es una línea coherente. En 1995, cuando sólo era un coronel destinado a
la Secretaría General, Alfonso pretendió que el hallazgo del cuerpo del soldado
Omar Carrasco, asesinado en un cuartel del Ejército, demostraría que no querían
matarlo, porque en ese caso “el cadáver no hubiera aparecido jamás”. De allí
derivó que los responsables “no eran tan malas personas” (sic). En 1999, le
respondió a un juez que no existían ejemplares de los manuales y reglamentos
militares de los años del plan Cóndor. En 2000, cuando oficiales y suboficiales
retirados se negaron a declarar en los juicios de la verdad de Córdoba y Bahía
Blanca y los jueces les impusieron penas de arresto por 48 horas Alfonso viajó a
visitarlos, en cumplimiento de un deber de “caridad cristiana”. Pero descubrió
el carácter político de su misión al impugnar la utilidad de los juicios de la
verdad y admitir que “el Ejército estudia otras alternativas”, una alusión a la
Mesa de Diálogo para la que tenía un guiño de complicidad de los legisladores
justicialistas Miguel Toma y Mario Cafiero, del arzobispo porteño Jorge
Bergoglio y de los restos de la desacreditada conducción montonera.
Alfonso se jactó de “la exitosa Operación Retorno, por la cual se regresó al
país al mayor (R) Jorge Olivera”. Para ello la inteligencia del Ejército
falsificó un documento, enviado por fax a Italia, donde el defensor de Olivera
era el abogado neofascista Augusto Sinagra, quien antes defendió a Licio Gelli,
el gran maestre de la Logia P2. En 2001, cuando el juez Gabriel Cavallo declaró
la nulidad de las leyes de punto final y de obediencia debida, Alfonso lo invitó
al Regimiento de Granaderos. Durante toda la ceremonia, Alfonso cuchicheó con
los miembros de la Corte Suprema de Justicia de entonces, Julio Nazareno y
Augusto Belluscio con quienes contaba para revocar aquella decisión. Durante una
arenga a los oficiales de la Escuela Superior de Guerra, a quienes exigió que
firmaran solicitudes de hábeas data para presentar a los organismos de derechos
humanos, Alfonso dijo: “Es hora de sacar el sable y cargar. Llegó la hora de
pasar a la ofensiva. Recuperaremos el protagonismo perdido, ya que con la
defensiva no se logró nada”. Sin embargo, apenas 663 de los 5000 oficiales en
actividad del Ejército firmaron el pedido. López Murphy lo autorizó porque
entendía compensar las carencias de equipamiento, salarios y finalidad de las
Fuerzas Armadas con lo que llamó “bienes simbólicos”. El CELS dijo que
consideraba el pedido de los oficiales, invocando la Constitución y la ley de
hábeas data, como “un paso adelante en el respeto de los procedimientos del
Estado de Derecho y un involuntario reconocimiento a las organizaciones de la
sociedad civil. Siendo uno de nuestros objetivos institucionales la pedagogía en
el respeto a los valores democráticos y los derechos humanos no podemos menos
que estimular este avance, no por tardío menos alentador”. Para facilitar la
búsqueda de la información dispersa en miles de causas judiciales, testimonios
de víctimas, familiares y testigos, fotografías, recortes periodísticos, libros.
videos, casettes, microfilmaciones, diskettes, etc., solicitó a cada uno de los
peticionantes su situación de revista y grado entre los años 1974 a 1983 y la
función que desempeñaba y dependencia, año por año. Ante la negativa del
Ejército a suministrar estos datos elementales, el CELS entregó la información
parcial e incompleta que pudo reunir: nueve de los firmantes participaron en
delitos atroces y aberrantes, diez en los alzamientos carapintada contra los
gobiernos constitucionales, dos estaban vinculados con otros hechos
presuntamente ilícitos y nueve cursaron estudios en la Escuela para torturadores
de las Américas. La dirección en la que debía entregarse la respuesta era la del
abogado Juan Torres Bande, que patrocinó los pedidos. La filmación de un acto
del Partido del Nuevo Triunfo muestra a Torres Bande en el estrado, aplaudiendo
a rabiar el ingreso de los estandartes con la esvástica trunca que identifica al
grupo y cantando con entusiasmo mientras Alejandro Biondini saluda con el brazo
el alto. Con la exactitud y presteza de una maniobra militar, los 663 revocaron
los poderes luego de que Página/12 publicara la foto de su abogado presidiendo
un acto del partido neonazi.
El CELS también aclaró que no entregaba certificados de inocencia y que dada la
falta de colaboración del Ejército no era posible descartar la aparición de
nuevos elementos de interés sobre los firmantes de los pedidos. Así fue. Bastó
que asumiera el ministerio de Defensa Nilda Garré, para que la información de
los legajos y de los boletines del Ejército fuera accesible para la secretaría
de derechos humanos. El cruce de datos permitió identificar a Alfonso como uno
de los participantes del operativo del 12 de enero de 1977 en Villa Adelina,
cuando una patota militar sin uniforme secuestró a Beatriz Recchia, embarazada
de cinco meses, quien fue vista en el campo clandestino de concentración que
funcionó en Campo de Mayo y de la que no volvió a saberse. Ahora al coqueto
general, casado en segundas nupcias con una hermana del ex presidente del
Citibank, Juan Navarro, le llegó la hora de la verdad y de la justicia.
Fuente: Página 12