LOS ARTÍCULOS DEL CAMARISTA SUBROGANTE GUILLERMO YACOBUCCI EN LA REVISTA CABILDO
Cosa de coherencia a lo largo de los años
Fue uno de los dos que votaron la liberación de Astiz, el Tigre Acosta y otros
veinte represores. Fue en 1977 y 1978, cuando él era un joven que hacía carrera
en Tribunales y Cabildo era el house organ de la represión.
Por Mario Wainfeld
Sus devotos lectores, pocos pero fanáticos, tenían sobrados motivos para esperar
la revista Cabildo de agosto de 1977. El mensuario reaparecía tras dos meses de
ausencia. La edición de junio había sido secuestrada por orden de la dictadura
que, además, sancionó a la publicación prohibiendo su salida en julio. La
reacción tenía que ver con una interna de las propias Fuerzas Armadas
dictatoriales. Cabildo expresaba a (y recibía data confidencial de) un ala de
los represores, encarnada, entre otros, en los generales Acdel Edgardo Vilas y
Rodolfo Mujica y el comisario Ramón Camps. Enfrentaba con el furor propio de las
internas a compañeros de armas que juzgaba “liberales”, les atribuía
complicidades con la guerrilla, el judaísmo y otras bestias negras. José Alfredo
Martínez de Hoz estaba en el banquillo de los acusados, Alejandro Agustín
Lanusse ya había sido condenado. Algunos desbordes de esa doctrina colmaron la
paciencia de la Junta Militar, que le aplicó una sanción piadosa, para los
cánones de época.
En agosto Cabildo volvió con todo. Su tapa se floreaba con uno de sus tópicos
favoritos: mostraba a Lanusse saludando a David Graiver, acariciándole la cara
por más detalle. En el editorial el director Ricardo Curutchet no lagrimeaba por
el cierre: “creemos (...) que el gobierno debe actuar sintiéndose asistido por
facultades discrecionales, sin complejo alguno de comportarse institucionalmente
como una Dictadura”. Sí se quejaba porque Cabildo había quedado entre dos fuegos
“el gobierno que la cerró y el poder judío”. Contra éste embestía sin ambages,
con la prosa macarrónica propia de la derecha nacionalista vernácula.
Acdel Vilas colaboraba con una nota larga, dedicada a una obsesión de los
genocidas: la subversión cultural. Con dotes premonitorias notables, el genocida
anticipaba argumentos que enunció Emilio Massera en el juicio a las Juntas,
replicados ante decenas de estrados judiciales: guay de ganar la guerra y perder
la batalla cultural.
Menos pimpante pero congruente con el contexto, la nota de apertura de la
sección internacional se interesaba por la situación en España, durante la
naciente restauración democrática. “Cocineros antes que frailes” se titulaba el
artículo. Aludía, como hizo Antonio Machado, a dos Españas pero vistas del otro
lado. Según el autor, de pluma generosa en casticismos y en palabras tonantes,
los cocineros representaban el espíritu de la República y estaban volviendo. Los
frailes eran, por oposición, “los grandes arquetipos de la raza”. La praxis del
rey (con minúsculas siempre), “el Borbón”, era lapidada con minucia. Pero no
sólo Juan Carlos estaba en entredicho, también sus súbditos. “El pueblo español
no quiere hoy a los frailes, se ha quedado con los cocineros”, plañía el
columnista para luego enardecerse: “ha preferido los derechos humanos de los
guerrilleros al derecho insobornable de la Patria, optó por la fastidiosa
palabrería de los políticos, entregando la serena palabra de los jueces, cambió
la humilde justicia de la verdad por la amnistía de los asesinos, los tribunales
económicos por la usura, la soberanía nacional por la soberanía popular”. La
catilinaria antidemocrática apelaba en su crescendo al clasicismo hispano: “En
fin, prefirió el fondo de las alforjas de Sancho a la punta de lanza del
Quijote”.
La nota, de una página, nada decía sobre las eventuales comparaciones con la
Argentina, tal vez porque caían de su peso.
El autor de la nota firmaba G.J.Y. Son las iniciales de Guillermo Jorge
Yacobucci, uno de los dos camaristas subrogantes de Casación que decidieron la
libertad de una pléyade de represores, incluidos Alfredo Astiz y Jorge Acosta,
el Tigre.
Tertulias
Cabildo no tenía estructura legal en regla. Decía que la empresa era una SRL “en
formación”, un rebusque convencional en publicaciones pequeñas. Disponía también
de un sello de goma, el Centro de Estudios Nuestra Señora de la Merced. Bajo ese
paraguas solían celebrarse las reuniones de debate político y de preparación de
la revista, en una vieja casa ubicada en el tercer piso de Talcahuano 893. La
construcción era noble, grandes los ambientes, en los encuentros podían juntarse
entre 50 y 100 personas.
Llevaban la voz cantante Curutchet, Juan Carlos Monedero (un militante del
derechista Sindicato Universitario de Derecho, a cuyo adecuado apellido debían
hacerse los cheques por las suscripciones), Antonio Caponetto (el actual
director de Cabildo). Varios sacerdotes ultramontanos, entre ellos autoridades
de colegios confesionales, eran de la partida. Según contaron a este diario
testigos presenciales, cuya identidad se reserva, Yacobucci participó en varias
de esas tertulias, en un rol iniciático y promisorio. Las tenidas se realizaban
para discutir “de política” o del sumario de la revista. También había
intercambios con cofrades de otras latitudes. Los falangistas españoles,
atribulados tras la muerte de Francisco Franco, eran invitados de honor. El ex
presidente Roberto Marcelo Levingston participó en uno de esos homenajes.
Yacobucci también fue de la partida. Era joven, había nacido en 1956, la cúpula
de Cabildo le proyectaba un porvenir brillante.
Los informantes saben que firmaba las notas con iniciales porque, estudiante
aún, aspiraba a hacer carrera en el Poder Judicial. Y las internas dictatoriales
que mencionamos en el primer párrafo motivaban que él mismo y sus mentores
eligieran el módico enmascaramiento en prevención de potenciales represalias.
Obras completas
G.J.Y volvió a escribir en Cabildo un año después, en agosto de 1978. En
términos periodísticos, ascendió. Su columna, titulada “Un canto para la
Argentina Austral”, comentaba el tema de tapa, que era la escalada bélica con
Chile. La revista propiciaba la guerra, G. J. Y. le agregaba condimento a la
postura editorial. Con la proverbial pulsión tanática del nazionalismo convocaba
a morir por la Patria. El argumento era moral pero también rozaba una curiosa
interpretación jurídica: “Nada más irrevocable que la posesión adquirida a costa
de la sangre”, estipulaba. Y oponía esos títulos rojos a la chatura de los
documentos. “¿Qué papel con negros párrafos y largos articulados podrá oponerse
al sacrificio de quienes se han inmolado en acto supremo de generosidad por la
integridad territorial?” El sistema internacional cedía ante la densidad legal
de los muertos en combate: “No existe Organización, Sociedad o Pacto en el mundo
capaz de hacer retroceder a los muertos del campo conquistado con su vida”. Como
en todas las citas de esta nota las mayúsculas son responsabilidad estricta del
autor de los originales.
Era una versión institucional pintoresca, algo traída para un hombre de leyes
que iba terminando su carrera de abogado en la Universidad de Buenos Aires,
donde se recibió en 1980.
Guillermo Yacobucci ascendió peldaño a peldaño en Tribunales, integra por
derecho propio la “familia judicial”, según sus recibos de haberes tiene 34 años
de antigüedad. También hizo méritos académicos. Su currículo expone numerosas
obras publicadas, solo y en colaboración, casi todas de derecho penal. Tiene
reputación de hombre de derechas y de juez con versación jurídica superior a la
media. Dirige el Departamento de Derecho Penal de la Universidad Austral,
estrechamente ligada al Opus Dei.
Llegó como subrogante a la Cámara Federal de Casación, eligió la mitad de la
biblioteca que favorecía la libertad de Astiz y del Tigre. En un caso polémico,
abierto a interpretaciones dispares, optó por la más favorable a los terroristas
de Estado, beneficiándolos por la desidia de los magistrados. La decisión
judicial no es un proceso puramente deductivo, contiene opciones valorativas y
políticas.
El lunes pasado, el casador interino Yacobucci asumió que los juicios sobre el
terrorismo de Estado se dilatan porque “la Justicia no marcha a un ritmo
deseable”. Y, en parcas declaraciones a los medios, defendió el fallo.
Eso sí, dejó sentado que los crímenes de lesa humanidad le causan “repugnancia
visceral”.
En otros tiempos, por lo visto, pensaba diferente.
mwainfeld@pagina12.com.ar
Fuente: Página 12