UNA NIETA RECUPERADA DIO SU TESTIMONIO EN EL JUICIO POR AUTOMOTORES ORLETTI
Carla, la joven de la prodigiosa memoria
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“No tenía dudas de que Ruffo no
aguantaría mi mirada”, dijo Carla Artés luego de declarar en tribunales. |
Fue apropiada por Eduardo Ruffo y recuperó su identidad en 1985. Vive en España
y volvió para denunciar al represor, quien abusaba de ella cuando era niña, y a
otros miembros de la banda de Aníbal Gordon.
Por Juan Carlos Martínez
Uno de los testimonios más importantes en el juicio oral y público que se sigue
a los responsables de los múltiples delitos de lesa humanidad cometidos en
Automotores Orletti es el que ofreció el 12 de agosto Carla Artés Company,
quien, junto con su madre, Graciela Rutila, permaneció en ese centro clandestino
de detención hasta que el asesino y torturador Eduardo Ruffo se apropió de ella.
“Debo suponer que la persona que me llevó debe ser la misma que asesinó a mi
madre”, dijo Carla en una parte de su preciso relato, clavando su mirada en
Ruffo, pero el cobarde inclinó su cabeza hacia el piso. “No tenía dudas de que
no aguantaría mi mirada”, diría luego de prestar su testimonio.
Hasta instantes antes del ingreso de Carla a la sala, Ruffo giró varias veces su
cabeza para saludar con una sonrisa o un guiño de ojos a una rubia oxigenada que
ocupaba una de las sillas del ala reservada a familiares y amigos de los
verdugos. Ruffo, que se jactaba de ensayar tiro al blanco disparando a la cabeza
de sus indefensas víctimas, se apropió de Carla cuando tenía poco más de un año
y la mantuvo en su poder hasta dos meses después de haber cumplido los diez.
Serena, firme y segura, Carla hizo su relato y luego respondió a cada una de las
preguntas que le formularon el fiscal, los miembros del tribunal, los abogados
de la querella y la defensa de represores. El mayor impacto de su declaración
fue cuando reveló que Ruffo había abusado sexualmente de ella mientras estuvo en
su poder, siendo una niña.
Esto produjo la rápida intervención del fiscal, quien pidió a los jueces que se
ordenara el trámite judicial previsto para casos de esa naturaleza. Uno de los
defensores se opuso al pedido con el argumento de que se trataba de una cuestión
de índole privada y ajena al tema que se estaba debatiendo. El presidente del
tribunal anunció un cuarto intermedio de quince minutos que se prolongó más de
una hora. Reanudada la audiencia, el juez informó a las partes que las
actuaciones sobre la revelación de Carla pasarían al ministerio público.
Prodigiosa memoria
Carla era una niña cuando comenzó a ver los rostros de los principales miembros
de la banda ultraderechista que dirigía Aníbal Gordon y que integraba, entre
otros, su apropiador Eduardo Alfredo Ruffo.
Dotada de una prodigiosa memoria, aquella niña que hoy es una mujer de 35 años
ofreció a los miembros del Tribunal Oral Federal número 1 detalles de lo que
vivió en el hogar formado por Eduardo Ruffo, Amanda Cordero y Alejandro, otro
niño que probablemente también es hijo de desaparecidos durante la dictadura
militar (ver aparte).
En la sala sólo se encontraban tres de los acusados: el ex general Eduardo
Cabanillas y los parapoliciales Eduardo Ruffo y Honorio Martínez Ruiz. En
realidad, había un cuarto: el militar abogado Bernardo José Menéndez, condenado
en primera instancia a prisión perpetua por secuestros y asesinatos durante la
dictadura militar. A pesar de ese antecedente, Menéndez estaba en la audiencia
como defensor de sus compañeros de crímenes, secuestros y torturas y hasta se
dio el lujo de formularle algunas preguntas a Carla.
“Tengo una buena memoria fotográfica”, dijo Carla ante el tribunal. Recordó
lugares, personas y otros hechos que quedaron grabados en su prodigiosa memoria.
Mencionó el nombre del colegio al que concurrió hasta segundo grado, cuando
Ruffo pasó a la clandestinidad para eludir la orden de captura que pesaba sobre
él a poco de instalarse el gobierno democrático. “Era el Colegio Betania”, dijo
Carla, que fue retirada de aquella escuela en 1984 y hasta el momento en que
Ruffo fue detenido permaneció oculta en los distintos lugares elegidos por el
genocida para no ser atrapado.
Ruffo utilizaba distintas credenciales con nombre falso y para que los niños no
fueran advertidos en los controles de las rutas, Carla y Alejandro iban en el
asiento trasero del auto, cubiertos por una manta y encima de la manta dos
grandes perros de policía.
Esta situación se la contó Carla a su abuela el primer día que Sacha bañó a la
niña. “¿Y estos rasguños?”, preguntó la abuela al observar la espalda de su
nieta. “Son de los perros, abu”, respondió Carla.
Carla recordó que los Ruffo vivían en un departamento de Soler y Billinghurst,
en el barrio de Palermo, donde su abuela Sacha pasó jornadas enteras indagando
sobre la vida del apropiador de su nieta. Contó que Ruffo tenía una casa en
Cariló y que allí vio desfilar a miembros de la banda de Aníbal Gordon. Dijo,
también, haber visto en ese lugar un verdadero arsenal e identificó a Raúl
Guglielminetti como uno de los asiduos visitantes.
El presidente del tribunal le preguntó a Carla si podía reconocer a alguna de
esas personas, Carla asintió, y fue en ese momento cuando le entregaron una
carpeta con fotos que fueron identificadas sólo con un número. Carla comenzó a
observar la carpeta, hoja por hoja, y a medida que iba reconociendo a los
personajes los mencionaba por su nombre y así reconoció al propio Ruffo, a
Guglielminetti, a Gordon y a sus dos hijos y a otros miembros de la banda. En un
caso en que no recordaba el nombre, Carla dio como dato certero que esa persona
tenía dos hijos a los cuales identificó por sus nombres de pila.
En su fresca memoria Carla mantiene vivo el recuerdo del momento en que fue
separada de su madre. Dijo que desde siempre grabó en su memoria el rostro de la
persona que la retiró de su lado, que “era de tez blanca, ojos muy oscuros,
barbado, que vestía una camisa blanca”.
Carla en agosto
Un cuarto de siglo atrás, Carla abandonaba el infierno en el que vivió durante
nueve años. El 25 de agosto de 1985 fue rescatada de las manos de Ruffo, asesino
y torturador de Automotores Orletti. Ruffo fue apresado en la quinta La
Susanita, ubicada en el kilómetro 48 de la ruta 8, cerca de Pilar.
Otro 25 de agosto, pero de 1976, la niña y su madre fueron entregadas por la
dictadura boliviana a su par argentina en la frontera Villazón-La Quiaca. Desde
allí fueron trasladadas a Buenos Aires y confinadas en aquel centro clandestino
de detención, tortura y muerte que funcionaba en el barrio de Flores.
Graciela, la madre de Carla, había sido detenida en Oruro, Bolivia, donde
residía con su madre e hija, el 2 de abril de 1976 por su participación en una
huelga de mineros. El padre de Carla –Enrique Joaquín Lucas López– fue asesinado
en Bolivia por la dictadura de Banzer.
Matilde Artés, más conocida por el apodo de Sacha –madre de Graciela y abuela de
Carla– inició la búsqueda de ambas desde España, donde se radicó escapando de
las dictaduras que en la década del ’70 se instalaron en este continente.
El 14 de julio de 1984, Sacha llegó a la Argentina con un dato preciso que las
Abuelas de Plaza de Mayo habían obtenido a través de intensas investigaciones:
establecieron el nombre del apropiador de Carla.
“En quince días me llevo a mi nieta a España”, dijo Sacha en el mismo aeropuerto
en aquella fría mañana del invierno porteño. Fueron dos largos y traumáticos
años los que debió esperar para cumplir aquel sueño.
Dos años más tarde, Sacha y Carla dejaron la Argentina por decisión propia,
porque la inestabilidad política generada tras el levantamiento carapintada
despertó fundados temores sobre los riesgos que corría la niña en aquel
contexto. Hacia España vuelve Carla un cuarto de siglo después de haber
regresado a la vida, al amor y la libertad.
Una forma de reparación
Carla Rutila Artés dio ayer, antes de volver a España, una conferencia de prensa
en la sede de Abuelas de Plaza de Mayo. Allí agradeció al pueblo argentino la
posibilidad de dar testimonio contra su apropiador y abusador, ya que –dijo– “el
haber declarado de por sí me ha quitado un peso de encima. Eso ha sido una
liberación psicológica bastante grande”.
También manifestó la esperanza de que “este barco llegue a buen puerto y haya
una condena dura”. Cuando recordó que el represor Eduardo Ruffo no pudo
sostenerle la mirada durante la audiencia en la que dio su testimonio, dijo:
“Para mí, eso fue una reparación”. También se mostró conforme con los
reconocimientos que pudo hacer en tribunales. “Según me han contado, fue
bastante acertado, con lo cual quiere decir que acerté los nombres y de los que
no conocía el nombre me acordaba de los nombres de los hijos. Fue una forma de
lograr credibilidad”, subrayó.
El abogado de la muerte
Bernardo José Menéndez fue condenado a prisión perpetua por delitos de lesa
humanidad en diciembre del año pasado. Fue jefe de una de las áreas del I Cuerpo
de Ejército entre el 26 de noviembre de 1976 y el 26 de enero de 1979 y tenía
responsabilidades sobre los campos clandestinos Automotores Orletti, Vesubio,
Olimpo, Club Atlético y El Banco. A pesar de tener las manos tintas en sangre,
Menéndez actúa como abogado defensor del imputado ex coronel Rubén Visuara en la
causa Orletti. En la audiencia en la que declaró Carla, el abogado de la muerte
repitió el papel que viene cumpliendo desde que la Cámara Federal le permitió
ejercer la profesión de abogado, mientras el fallo de primera instancia que lo
condenó a perpetua no sea confirmado. El verdugo puede darse el lujo no sólo de
prolongar la impunidad de sus crímenes, sino también de plantarse frente a sus
víctimas y hasta martirizarlas con preguntas.
Actas falsas
Eduardo Ruffo anotó como propios a Carla y Alejandro después de que su mujer,
Amanda Cordero, fuera sometida a una intervención quirúrgica de lo cual resultó
que a partir de ese momento (13 de noviembre de 1973) no podía concebir. La
falsificación de actas de nacimiento fue una constante en los centenares de
casos de niños apropiados. Alejandro todavía permanece en calidad de rehén con
el apellido del apropiador. El ex fiscal Aníbal Ibarra denunció al matrimonio
Ruffo por los delitos de supresión de estado civil y falsedad ideológica
respecto de Alejandro. En la causa que inicialmente fue registrada con el número
1596 ante el juzgado federal número 3. Alejandro sigue en poder de los Ruffo,
aunque el estudio inmunogenético con relación al apropiador y su mujer excluyó
en forma indubitable a ambos como su padre y madre biológicos.
Fuente: Página 12
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