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Diez puntos de acuerdo por la
seguridad democrática
El acuerdo considera un engaño al discurso de la mano dura, analiza
la responsabilidad del Estado y la gestión democrática de las
instituciones de seguridad.
Las respuestas estatales autoritarias e
ineficientes frente al delito y la fuerte dosis de exclusión y
violencia que domina el debate público y orienta muchas de las
acciones del Estado en la materia exigen una discusión abierta y
pluralista, capaz de alcanzar acuerdos básicos sobre políticas
democráticas de seguridad que atiendan las legítimas demandas de la
sociedad.
Esta situación exige instituciones de seguridad comprometidas con
valores democráticos y el rechazo a políticas demagógicas e
improvisadas, dirigidas a generar expectativas sociales en la
eficacia de medidas abusivas que sólo agravan el problema y
reproducen la violencia.
1 El Estado frente al problema del delito
En nuestro país, la acción del Estado frente al incremento de la
violencia y el delito se ha limitado mayormente a respuestas
facilistas y autoritarias que consolidaron la ineficacia policial,
judicial y penitenciaria.
En los últimos años, algunos procesos de reforma de las
instituciones de seguridad tuvieron resultados favorables, pero
fueron interrumpidos para volver a políticas de probado fracaso.
2 El engaño de la mano dura
Las políticas de mano dura no han reducido el delito, han aumentado
la violencia y, en algunos casos, hasta han amenazado la
gobernabilidad democrática.
La delegación de la seguridad en las policías, el incremento de las
penas, el debilitamiento de las garantías y las políticas centradas
en el encarcelamiento masivo basado en la prisión preventiva son los
ejes recurrentes de estas políticas de mano dura.
Los reiterados fracasos de estas políticas han sido utilizados para
insistir con las mismas recetas, en una espiral irresponsable que
nunca rindió cuenta de sus resultados.
Esta sucesión de intervenciones erradas ha constituido un
impedimento para la profesionalización de las policías y ha
potenciado la acción de redes de ilegalidad en las que intervienen
funcionarios públicos.
3 Responsabilidad del Estado
El Estado tiene la responsabilidad de asegurar a la población el
libre ejercicio y goce de sus derechos. La construcción de una
ciudadanía respetuosa de la ley es el camino indicado, pero si la
ley resulta quebrantada, el Estado debe proveer los medios
necesarios para individualizar a los responsables y sancionarlos
cuando corresponda.
Una adecuada política criminal y de seguridad requiere: una policía
eficaz en la prevención, de alta profesionalidad y debidamente
remunerada; una Justicia penal que investigue y juzgue en tiempo
oportuno a quienes infringen la ley, garantice la plena observancia
de las reglas del debido proceso y de la defensa en juicio, y un
sistema penitenciario que asegure condiciones dignas de
encarcelamiento y de ejecución de la pena con sentido resocializador.
4 Una concepción integral de la seguridad
La manera eficaz de avanzar sobre el problema implica operar sobre
las causas del delito y las redes de criminalidad con miras a
reducir la violencia en todas sus formas. Una concepción integral de
la seguridad implica tanto la prevención de la violencia física como
la garantía de condiciones de vida dignas para toda la población.
Esto requiere estrategias de abordaje integral que articulen las
políticas de seguridad con otras políticas públicas y complementen
las acciones del sistema penal con intervenciones de todas las áreas
del Estado. Estos recursos estatales deben estar distribuidos de
manera igualitaria y generar una mayor protección para los sectores
excluidos, de modo de no profundizar la desigualdad.
Para avanzar en un abordaje integral y efectivo del problema de la
seguridad, el diseño e implementación de políticas democráticas debe
surgir de diagnósticos basados en información veraz y accesible al
público. La producción de esa información es también una
responsabilidad indelegable del Estado.
5 Gestión democrática de las instituciones de
seguridad
Todo gobierno tiene la responsabilidad de ejercer
la conducción civil y estratégica de las policías, que supone el
pleno control de la institución. La prevención y sanción del delito,
de modo eficiente y legal, requiere un sistema policial
estrictamente subordinado a las directivas de seguridad pública
formuladas por las autoridades gubernamentales. La historia reciente
demuestra que la delegación de esta responsabilidad permitió la
conformación de “estados mayores policiales”, autónomos, que han
organizado vastas redes de corrupción, llegando a amenazar incluso
la gobernabilidad democrática.
Los lineamientos básicos para una modernización y gestión
democrática de las instituciones de seguridad son: la integración de
las labores policiales de seguridad preventiva e investigación del
delito; la descentralización institucional de la organización
policial a nivel distrital y comunal; la integración de la policía
con la comunidad y los gobiernos locales en la prevención social de
violencia y delito; el control interno de carácter civil y control
externo del desempeño y de la legalidad; el sistema de formación y
capacitación policial no militarizado y anclado en valores
democráticos; el régimen profesional basado en el escalafón único y
las especialidades policiales.
6 Desactivar las redes del delito para reducir
la violencia
Las medidas meramente represivas con las que se insiste ante cada
crisis de inseguridad apuntan a perseguir los pequeños delitos y a
los autores más jóvenes, bajo la falsa creencia de que así se limita
el avance de la criminalidad.
La realidad indica que un gran porcentaje de los delitos comunes
está asociado a la acción de poderosas redes delictivas y a un
importante mercado ilegal de armas que aumenta los riesgos para la
vida y la integridad de las personas.
Por lo tanto, reducir la violencia que alarma a nuestra sociedad
exige reorientar los recursos de prevención y de investigación penal
hacia la desactivación de estas redes de delito y de los mercados
ilegales. El Ministerio Público Fiscal, en coordinación con las
autoridades de gobierno, tiene un rol fundamental en estas tareas.
Una policía judicial, dependiente del Ministerio Público Fiscal,
traerá transparencia en la investigación penal preparatoria.
7 Gestión policial no violenta en el ámbito
público
La gestión democrática de la seguridad debe garantizar la regulación
del accionar policial en los operativos en el espacio público, tales
como espectáculos deportivos, recitales, manifestaciones de protesta
social y desalojo de personas. Para ello es fundamental establecer
con rango normativo estándares de actuación en el espacio público,
de modo de asegurar un uso de la fuerza proporcional, racional y
subsidiario y erradicar las prácticas policiales contrarias a esos
criterios.
8 El papel de la Justicia
El Poder Judicial y el Ministerio Público tienen una doble
responsabilidad fundamental en el impulso de políticas de seguridad
democráticas, en la investigación rápida y eficaz de los delitos y
el control sobre el uso de la prisión preventiva, las condiciones de
detención y la violencia institucional.
9 Cumplimiento de las penas en un Estado de
Derecho
En nuestro país hay cerca de sesenta mil personas privadas de
libertad. Las condiciones inhumanas de detención, los índices
sostenidos de sobrepoblación en cárceles, comisarías e institutos de
menores, la ausencia de reinserción social, las prácticas
sistemáticas de violencia, tortura y una enorme mayoría de presos
sin condena son los rasgos más evidentes de los lugares de
detención.
Una política democrática de seguridad tiene que ocuparse por que el
cumplimiento de la prisión preventiva y de la pena se dé en
condiciones dignas y aptas para la readaptación de la persona
condenada y no contribuya, como hasta ahora, a la reproducción y
agravamiento de los problemas críticos de violencia, injusticia y
delito que se propone resolver.
10 Un nuevo acuerdo para la seguridad en
democracia
Para cumplir con la obligación del Estado de dar seguridad a los
ciudadanos en el marco de estos principios democráticos es
imprescindible alcanzar un acuerdo político y social amplio que
permita avanzar en el diseño e implementación de políticas de corto,
mediano y largo plazo, orientadas a encontrar soluciones inmediatas
y perdurables a las demandas sociales en materia de seguridad.
Firmas que aportan al consenso
El abanico político que sostiene el acuerdo es amplio, más de 200
firmas iniciales. Entre los legisladores nacionales figuran Agustín
Rossi, Remo Carlotto, Héctor Recalde, Adela Segarra y Adriana
Puiggrós, (FPV); Ricardo Gil Lavedra y Ricardo Alfonsín (UCR);
Fernando Solanas y Claudio Lozano (Proyecto Sur); Victoria Donda y
Cecilia Merchan (Libres del Sur); Martín Sabbatella, Carlos Heller y
Vilma Ibarra (NEPyS); Mónica Fein, Jorge Rivas y Ariel Basteiro
(PS); Marcela Rodríguez, Griselda Baldata, Elisa Carca y Horacio
Piemonte (CC); Margarita Stolbizer (GEN); Felipe Solá (PF)
Giustiniani, Rubén (Sen. PS); Solá, Felipe (Dip. Peronismo Federal);
y Rubén Giustiniani (Sen. PS). Entre los legisladores de las
diferentes provincias aparecen Sandra Cruz y Fernando Navarro (Dip.
PBA-FPV); Luis Malagamba y Jaime Linares (dip. PBA-GEN); Marcelo
Brignoni, y José Tessa (dip. Sta. Fe-EDE); Carlos Martínez, Carlos
Morello y Paula Sánchez (dip. de Libres del Sur por Chaco, Salta y
Neuquén, respectivamente); Gabriela Cerruti y Gonzalo Ruanova (Leg.
porteños Nuevo Encuentro); Eduardo Epszteyn, Aníbal Ibarra y María
Elena Naddeo (Leg. porteños Diálogo por Bs. As.). Por otro lado,
Hermes Binner (Santa Fe) y Jorge Capitanich (Chaco) ya habían sumado
sus firmas entre los gobernadores; y Daniel Salvador, como
presidente de la UCR bonaerense. Entre las organizaciones
sindicales, los titulares de la CGT, Hugo Moyano, y de la CTA, Hugo
Yasky, además de Víctor De Gennaro y Víctor Mendivil, por la CTA y
la Comisión por la Memoria. También firmaron como referentes
sociales, religiosos y de la cultura, Luis D’Elía (Mov. Tierra y
Vivienda); Edgardo Depetri (Frente Transversal); Emilio Pérsico
(Movimiento Evita); Humberto Tumini y Jorge Cevallos (Libres del
Sur); Roberto Baigorria (Coord. Nac. Barrios de Pie); Eduardo De la
Serna (Curas en opción por los pobres); además, por la Comisión
Provincial por la Memoria firman Miguel Hesayne (obispo emérito);
Daniel Goldman (Rabino); Martha Pelloni; Aldo Etchegoyen (obispo
metodista-Comisión por la Memoria y APDH). También Néstor Borri
(Nueva Tierra); Néstor Picone, Mary Sánchez; Laura Berardo (Libres
del Sur). En el ámbito de la Cultura, León Gieco; Ricardo Foster y
Horacio González (Carta Abierta); Mempo Giardinelli y Tito Cossa
(Comisión por la Memoria). Por la Comisión por la Memoria también
Hugo Cañón, Adolfo Pérez Esquivel (también del Serpaj); Laura Conte
(por las Madres, CELS, CPM); Alejandro Mosquera, Elizabeth Rivas,
Mauricio Tenembaun, Luis Lima, Carlos Sánchez Viamonte, María
Verónica Piccone, Emilce Moler, Susana Méndez, Fortunato Mallimacci
y Leopoldo Schiffrin (Comisión por la Memoria). Entre los organismos
de Derechos Humanos, el Centro de Estudios Legales y Sociales, en
conjunto; Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora; Abuelas de Plaza
de Mayo; la APDH; Hijos; el Serpaj y la Fundación Memoria Histórica
y Social. También dieron su apoyo Raquel Wittis y los Familiares de
Luciano Arruga con la APDH de La Matanza. Y especialistas como el ex
camarista federal y ex ministro de Justicia y Seguridad bonaerense
León Arslanian; el ministro de la Corte Suprema y docente de Derecho
de la UBA, Raúl Zaffaroni; Marcelo Saín (ex secretario de Seguridad
bonaerense y ex titular de la PSA); Enrique Font (Derecho, Univ.
Nac. Rosario); Alberto Binder, Martha Arriola, Gabriel Kessler, Luis
Tibiletti, Gustavo Palmieri (CELS), Luis Lugones, Ana Clement
(directora de la Licenciatura en Seg. Ciud.); Juan Tokatlian (UTDT);
Sofía Tiscornia (UBA); Mario Coriolano (Prof. Derecho Unlap,
representante argentino en el Comité Contra la Tortura ONU); Pablo
Alabarces (UBA e investigador Conicet); Máximo Sozzo, (Univ. del
Litoral); Gabriel Bombini (Univ. Nac. de Mar del Plata); Martín
Appiolaza (Univ. Nac. de Mendoza); Jorge Perano (Univ. Nac. de
Córdoba); Gabriel Ganón (Univ. Nac. de Rosario). Hugo Trinchero
(Decano Filosofía, UBA); Mónica Pinto (Coordinadora del Programa
DDHH, UBA); Damián Loretti (vicedecano Fac. de Sociales, UBA);
Víctor Abramovich (Cels y Centro de DDHH-Univ. de Lanús, PBA);
Gustavo E. Lugones (rector de la Univ. Nac. de Quilmes); Enrique
Font (Cátedra de Criminología y Política Criminal, Fac. de Derecho,
UN Rosario); Daniel Erbetta (Dep. de Derecho Penal y Criminología,
Fac. de Derecho UN Rosario); Eduardo Basualdo y Daniel Azpiazu (Flacso);
Jorge Perano (Fac. de Derecho Univ. Nac. de Córdoba); Carlos Acuña
(Director de la Maestría en Políticas Públicas de la Udesa) y
Carolina Smulovitz (directora del Dto. de Ciencias Políticas y
Estudios Internacionales de UTDT). Se agregan otras firmas de
representantes e instituciones de diferentes ámbitos que aún estaban
en proceso de confirmación.
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