VIDELA, BIGNONE Y RIVEROS PIDEN AMNISTÍA A TRAVÉS DE LA IGLESIA
Si algo no existe es el olvido

A través de la jerarquía católica Videla, Bignone, Riveros y un centenar de sus
camaradas pidieron una amnistía el 25 de mayo. Mientras la Iglesia no asuma la
responsabilidad de su gestión, el gobierno dejará el pedido sin respuesta. La
masividad de los festejos del Bicentenario frustró esa Operación Amnistía y
mostró una sociedad unida y alegre, sin espacio para estas vueltas al pasado.
Hasta los jefes de Estado Mayor bailaron con la murga que cantaba “Militares
Nunca Más”.
Por Horacio Verbitsky
La masividad de los festejos por el Bicentenario de la Nación Argentina
desbarató la Operación Amnistía, impulsada desde un cuidadoso segundo plano por
el Episcopado Católico. La solicitud del perdón fue transmitida al gobierno
nacional por un obispo de esa iglesia y lleva las firmas de los ex dictadores
Jorge Rafael Videla y Benito Bignone, el general Santiago Omar Riveros y el
vicealmirante Hugo Siffredi, el comisario Miguel Etchecolatz y el sacerdote
Christian von Wernich, el Turco Julián y El Nabo Barreiro, el ex jefe del
Batallón 601 de Inteligencia del Ejército Carlos Tepedino y su especialista
civil en organizaciones religiosas Julio Cirino, los miembros del grupo de
tareas de la ESMA Raúl Scheller y Pablo García Velazco, los procesados por la
masacre de Margarita Belén y un centenar de ex militares, marinos, policías,
penitenciarios y agentes civiles de Inteligencia detenidos por su participación
en crímenes de lesa humanidad. Como la jerarquía eclesiástica obvió el protocolo
para entregar la solicitud al Ministerio de Relaciones Exteriores, Comercio
Internacional y Culto, en forma extraoficial, sin una nota introductoria, el
gobierno no le dará respuesta. Sólo contestará si el Episcopado se hace
responsable de la solapada gestión que emprendió.
Desde hace tres décadas el Episcopado Católico repite que según el catecismo de
esa entidad el sacramento de la reconciliación o la penitencia requiere algunas
condiciones ineludibles: el reconocimiento de los yerros, su detestación y la
búsqueda de posibles caminos de reparación. Pero la carta de Videla & Compañía
no cumple con ninguna de esas condiciones. Los represores rechazan la justicia y
no tienen la humildad de pedir perdón, por crímenes que no reconocen ni de los
cuales se arrepienten. Sólo ofrecen olvidar el mal que les habrían hecho a ellos
y no vengarse. Pese a que no se ajusta a sus propios cánones, la jerarquía
católica se prestó a canalizar el planteo.
Setenta veces siete
Un grupo de laicos denominado “Proyecto setenta veces siete”, del que forma
parte José María Sacheri, quiso participar del acto realizado en Luján hace tres
semanas por el presidente del Episcopado, Jorge Bergoglio, pero no se llegó a un
acuerdo. Setenta veces siete es la expresión del Evangelio para el perdón (Pedro
pregunta si tiene que perdonar hasta siete veces las ofensas de su hermano.
“Hasta setenta veces siete”, le responde Jesús. El pasaje se refiere a ofensas
personales y el diálogo habría tenido lugar muchos siglos antes de que nacieran
los estados nacionales y su justicia y se tipificaran los crímenes al por mayor
contra la humanidad). Sacheri es hijo del ex conductor de la organización
integrista Ciudad Católica, Carlos Sacheri, asesinado en diciembre de 1974 por
un grupo que según el Ejército pertenecía al ERP22 mientras sus amigos
sospechaban de la Triple A de José López Rega. “Setenta veces siete” se puso en
contacto con el obispo emérito Carmelo Giaquinta, quien ese mismo día acompañó
al grupo en una presentación en la Feria del Libro, durante la cual leyó un
documento propio. Giaquinta es un teólogo que estuvo próximo al Movimiento de
Sacerdotes para el Tercer Mundo y cuya casa fue ametrallada en 1976, según él
porque alojó allí al sacerdote y militante montonero Justino O’Farrell. Ya como
obispo fue uno de los pocos que hicieron una reflexión autocrítica, por haber
festejado el campeonato mundial de fútbol de 1978 en las calles, “gritando como
un estúpido el que no salta es un holandés”, en una Argentina “que tenía la
obligación de estar de luto”.
La justicia como venganza
En la feria del libro, equiparó la justicia con venganza y odio y le opuso “el
misterio del perdón”. Giaquinta no explicó la diferencia entre los crímenes de
lesa humanidad por cuyos autores aboga y los pecados que enseñaba a perdonar
Jesús, cuando aún no existía un tercero neutral como el Estado que al impartir
justicia evitara una escalada de represalias. Su rudimentario fundamento
evangélico es que Dios “hace salir el sol sobre malos y buenos y hace caer la
lluvia sobre justos e injustos”. Su larga introducción teórica desemboca en un
escueto final sobre “la reconciliación de los argentinos” que, según cree este
obispo, están “prisioneros en el pasado” y sólo el perdón les permitiría
desatarse esas presuntas ataduras para volver “a caminar como Nación”. Giaquinta
advierte que no debe confundirse reconciliación con impunidad, pero no explica
en qué consistiría en el concreto caso argentino. Cristo es “el reconciliador
universal” y en consecuencia lo son la Iglesia, sus ministros y los fieles que
disponen para ello de la oración, el Evangelio y los sacramentos, y “las
iniciativas públicas y privadas de los cristianos”. Los únicos ejemplos que
atina a proponer son la mediación de Juan Pablo II en la cuestión del Beagle y
la denominada Mesa de Diálogo, con la que el senador Eduardo Duhalde legitimó su
breve interinato a cargo del Poder Ejecutivo. Como es ostensible, ninguna de
esas circunstancias son comparables con el perdón que el derecho internacional
niega a los autores de crímenes contra la humanidad. Pero de inmediato Giaquinta
añade que la Iglesia no puede presentarse “como un ente jurídico mediador
ordinario de los conflictos sociales, pues ello desnaturalizaría su finalidad y
dañaría a las instituciones mediadoras previstas en la Constitución”. Es decir,
los tres poderes del Estado, que se pronunciaron por la imposibilidad de
amnistiar esos delitos o cesar su persecución por el paso del tiempo. Giaquinta
fue acompañado en la mesa por Arturo Cirilo Larrabure, hijo del coronel
Argentino Larrabure, quien murió en cautiverio el 23 de agosto de 1975. Las
Fuerzas Armadas, parte de la justicia federal y grandes medios de comunicación
impusieron la idea de que el oficial había sido torturado y luego asesinado por
el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), que lo había secuestrado un año
antes al copar la Fábrica Militar de Villa María. Una investigación realizada
por el periodista Carlos Del Frade señala que según el expediente original de la
causa, que incluye la autopsia realizada en el momento del hallazgo del cuerpo,
no hubo tortura ni asesinato y avala el relato del empresario René Vicari,
secuestrado durante los últimos días de vida de Larrabure en una celda contigua.
Otro panelista fue el ex montonero Luis Labraña.
La declaración impulsada por la Corporación de Abogados Católicos pidiendo que
se clausure “la venganza, la persecución implacable”, el acto de Bergoglio con
los laicos en Luján, la convocatoria para el 25 de mayo a una movilización en la
Plaza de Mayo inspirada en la de Corpus Christi de 1955 y la cita de las cámaras
patronales agropecuarias a manifestarse ese mismo día en las rutas, formaban
parte de esta Operación Amnistía. El modelo de carta que se envió al gobierno
por intermedio de la jerarquía fue sugerido por un sacerdote colombiano que
asiste en las cárceles de ese país a parapoliciales detenidos. Pero la difusión
temprana de lo que se estaba preparando y, sobre todo, la escasa asistencia a
Luján para un acto que no se justificaba, a pocos días del Te Deum del 25 de
mayo en la misma Basílica, el fiasco del llamamiento ruralista, que no reunió
más de treinta personas en los principales puntos de reunión, y la ausencia de
público para escuchar la prédica de Bergoglio, condenaron la jugada a la
insignificancia. Hasta Clarín on line dijo que en la Plaza de Mayo apenas había
“centenares de personas”.
Bergoglio y la política
La eficacia de los actos políticos de Bergoglio depende de que no sean vistos
como tales. Su esquema habitual es una lectura del Evangelio, en la cual injerta
conceptos políticos sin relación o con algún vago contacto con el tema, cuyo
sentido se vuelve explícito en las interpretaciones de sus voceros oficiosos, en
los principales diarios de la Capital. Así ocurrió cada vez que Bergoglio
descargó su mal disimulado encono contra el gobierno que asumió en 2003. Esa es
una de las razones por las cuales tanto el ex presidente Néstor Kirchner como la
actual CFK han preferido no ponerse al alcance de su dedo recriminador. La
opción no fue suprimir la anacrónica institución medieval del Te Deum, como
sería razonable en una república secular, sino desplazarlo a otros lugares del
país, en busca de obispos sin la motivación ideológica y política de Bergoglio,
quien como parte de las luchas internas del peronismo tuvo fuerte influencia
durante el gobierno de Isabel Martínez de Perón, fue militante de Guardia de
Hierro y ofreció la Universidad del Salvador para honrar al dictador Emilio
Massera. Cuando el gobierno decidió solicitar el Te Deum del 25 en Luján,
Bergoglio decidió realizar otro en la Catedral. Pero convertirlo en un acto
político de la oposición requería del sigilo que se perdió cuando esos
preparativos se hicieron públicos. Inquieto al quedar tan expuesto, en una
institución cuya forma de hacer política es decir que está por encima de la
política, tuvo que cambiar de planes y poner distancia, al punto de escabullirse
hacia la sacristía para que ni lo saludaran los jefes políticos presentes, como
los hermanos enemigos Maurizio Macrì y Francisco De Narváez. También decidió no
leer un texto propio acerca del Bicentenario, sino el que la Comisión Permanente
del Episcopado aprobó en marzo, más una zalamería hacia las autoridades que en
el mismo momento estaban en la Basílica de Luján. Ese texto, “La patria es un
don, la Nación una tarea” afirma que “la celebración del Bicentenario merece un
clima social y espiritual distinto al que estamos viviendo”, que según los
obispos sería “de confrontación permanente que profundiza nuestros males”. La
pluma episcopal atribuye a presuntas deficiencias institucionales un alto costo
social. En una excursión por terrenos que no son de su especialidad pregona que
“la calidad institucional es el camino más seguro para lograr la inclusión” y
como es usual agrega que “si toda la Nación sufre, más duramente sufren los
pobres”. También opone “leyes que respondan a las necesidades reales de nuestro
pueblo” a otras que atribuye a intereses ajenos a una imaginaria “naturaleza de
la persona humana, de la familia y de la sociedad”. Es decir la reforma
antidiscriminatoria del Código Civil en los artículos sobre el matrimonio.
Aguer sobre odio y venganza
El mismo día, en la Catedral de La Plata, su Arzobispo, Héctor Aguer, criticó
que se prescinda “de la referencia fundante a las raíces” y a la tradición,
“como si fuéramos seres sin herencia”. Esto explicaría el individualismo y una
“inclinación atávica a la discordia”. Pero lo más grave sería la dramática
“tergiversación de la historia, en la que se han filtrado imposturas manifiestas
canonizadas como dogmas. Así ha ocurrido con sucesos clave del siglo XIX, y
ocurre nuevamente con hechos más o menos recientes, observados con mirada
tuerta, cuya interpretación sesgada mantiene abiertas heridas dolorosas,
incentiva la división, perturba los ánimos y extravía el juicio de los jóvenes y
de los desprevenidos”. Para Aguer “la memoria debe ser integral, la verdad
completa; las medias verdades ofrecen mordiente al resentimiento, atizan los
rencores, perpetúan el desencuentro. La aspiración ardiente a la justicia no
debe servir de disfraz al odio y a la sed de venganza”. El “deber sagrado para
quienes presiden la comunidad” sería “procurar la reconciliación”. Como
Bergoglio, también Aguer habló del “recto ordenamiento jurídico de la sociedad”
que los tres poderes del Estado deben tutelar y no deformarlo con “leyes inicuas
que alteren la esencia natural del matrimonio, que minen la solidez de la
familia y entreguen al estrago la vida de los niños por nacer”.
Memoria e Identidad
El arzobispo de MercedesLuján, Agustín Radrizzani, es una persona encantadora en
comparación con sus colegas de Buenos Aires y La Plata. Carece de la ambición de
poder y el ánimo belicoso de Bergoglio y de la manía por el control y la
disciplina de Aguer. Su percepción de la realidad social se forjó en los años
que pasó junto a Jaime de Nevares en Neuquén y luego como obispo del conurbano
en Lomas de Zamora. Su preocupación por los más destituidos no es hipócrita ni
oportunista. Tampoco está enfermo de hostilidad hacia el gobierno nacional. Por
todas esas razones y porque Kirchner se resbaló del brazo del sillón en el que
estaba sentado, CFK decidió pedirle que oficiara el Te Deum del Bicentenario.
Radrizzani usó un tono más sutil que Bergoglio y Aguer, pero el contenido de su
predicación no fue muy distinto. Dijo que le preocupaba un presunto “deterioro
de nuestro acervo cultural” y reclamó que las leyes promuevan “la defensa de la
vida, la familia y el bien común”. Luego de establecer que en ese día no diría
más sobre “estos aspectos conflictivos” anunció que pensaría el futuro “desde
nuestra identidad”, es decir el catolicismo, en cuatro dimensiones: memoria,
identidad, reconciliación y desafíos. Memoria e identidad son dos conceptos
emblemáticos de las luchas populares en las últimas décadas, asumidos por los
organismos defensores de los Derechos Humanos y por la justicia. Radrizzani se
apropió de ellos en una clave por completo distinta. La memoria sería la de la
catolicidad del Estado, expresada en el Te Deum que acompañó a la Nación
Argentina desde el 25 de mayo de 1810 (sin recordar la abierta oposición de los
papas Pío VII y León XII a la Independencia americana y el consecuente
alineamiento de los obispos de entonces con la potencia colonial). También
exaltó un “plan de Dios”, que habría ayudado a superar conflictos, “a abrazar
los ideales democráticos”, a recibir a millones de inmigrantes y a “cultivar el
espíritu de tolerancia”, afirmaciones dogmáticas que los hechos de la historia
desmienten. La misma operación aplicó a la identidad. Exaltó los valores
cristianos que impregnaron la vida pública aun antes de la emancipación y dijo
que unidos a la sabiduría de los pueblos originarios y a las sucesivas
inmigraciones formaron “la compleja cultura que nos caracteriza”, dentro de la
cual no incluyó a los otros cultos que también forman parte del país y que junto
con agnósticos y ateos suman un cuarto de su población. En esa cultura
prevalecen valores que tienen origen en Dios, como “el respeto a la dignidad del
varón y la mujer”, que son los únicos “verdaderos sobre los cuales podemos
avanzar hacia un nuevo proyecto de Nación”. Como ejemplo de esos valores
mencionó a Belgrano, “de profundas convicciones cristianas” que en septiembre de
1810 mandó celebrar una misa en Luján pidiendo protección divina para sus
campañas, y a San Martín, quien llevó en sus campañas un relicario de la Virgen
de Luján. Esta visión exclusivista fue reforzada luego de la homilía cuando un
obispo ortodoxo, una pastora evangélica, un rabino judío y un sheik musulmán
fueron invitados a sumarse a la celebración, como representantes de los hombres
de buena voluntad que llegaron para habitar este suelo, es decir extranjeros a
la nacionalidad argentina, que es católica. Algunos de ellos lo eran, pero otros
tienen más generaciones en esta tierra que el arzobispo lujanero. Una vez
establecidos esos límites, Radrizzani predicó sobre la reconciliación luego de
las “tremendas luchas fratricidas”, lo cual adquiere todo su sentido con la
solicitud de amnistía de Videla y los suyos. El arzobispo no dejó de implorar
una mayor transparencia, una justicia más efectiva, una mejor y más equitativa
distribución de la riqueza y una mayor independencia de los poderes
republicanos. El desafío consiste en “mejorar la calidad de nuestras
instituciones”, sin “perder nuestra identidad”, enriquecernos integrando “la
patria grande soñada por San Martín y por Bolívar”, y lograr una educación para
todos que forme “buenos cristianos”. Esas “referencias comunes y constantes”,
que están “más allá de partidismos e intereses personales” son las que
permitirán “fortalecer el consenso”. Por último, hace falta la ayuda divina para
“incluir a todos, promover la igualdad y el desarrollo social”, ya que “la mayor
pobreza es la de no reconocer la presencia del Misterio de Dios y de su amor en
la vida del hombre”. Es decir que la memoria debida es la de la catolicidad de
la Argentina, la identidad de la patria es el catolicismo y su desafío es
aplicar una receta católica para cada problema. Por ejemplo, el perdón a los
represores.
La fiesta
La respuesta colectiva a la convocatoria oficial por el aniversario patrio fue
imponente. El Estado se propuso agasajar al pueblo convirtiendo a Buenos Aires
en un gran parque de diversiones, gratuito y de alta calidad. El pueblo acudió
con alegría, pese al sex symbol que calificó de “deserotizante” al Bicentenario
y al columnista que despreció el estruendo hiriente que sólo merece un sarcasmo
sordo, mientras la gente circula con aire ajeno porque la fiesta no la
interpela. Como en otras ocasiones de la historia, la presencia en la calle de
un actor colectivo rompió todos los moldes y enardeció a las elites. Los canales
de noticias recién comenzaron a transmitir los actos cuando ya había millones en
las calles, pero ayer y hoy compitieron con programas especiales de
repeticiones, en los que pasaron desde el desdén al éxtasis. La concepción de la
fiesta que aportó CFK fue política, aunque no partidaria ni proselitista. Tanto
la proyección sobre el Cabildo como el desfile alegórico de estructuras
gigantescas en movimiento, con ecos del futurismo de Marinetti, llevaron una
cuestión ideológica al debate de masas. Todos los medios reprodujeron la imagen
de la presidente cuando bailaba en el palco al ritmo de la murga que escenificó
el regreso a la democracia. A pocas filas de CFK, los cuatro uniformados jefes
de Estado Mayor de las Fuerzas Armadas marcaban el ritmo con manos y pies
mientras la murga repetía la consigna “Militares nunca más”.

El pedido de amnistía firmado por Videla, que la jerarquía católica transmitió al gobierno nacional.
Fuente: Página 12
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