Condiciones de vida en los Centros Clandestinos de Detención
Así se "alojaba" a los detenidos-desaparecidos en dictadura

La «desaparición» comenzaba con el ingreso a estos centros
mediante la supresión de todo nexo con el exterior. De ahí la denominación de
«Pozos» conferida a muchos de estos antros en la jerga represiva.
No se trataba solamente de la privación de libertad no comunicada oficialmente,
sino de una siniestra modalidad de cautiverio, que trasladaba la vida cotidiana
a los confines más subterráneos de la crueldad y la locura.
Tabicamiento
El secuestrado arribaba encapuchado -«tabicado» - , situación en la que
permanecería durante toda su estadía en el lugar. Ello perseguía hacerle perder
la noción de espacio, con lo que se lo privaba no solamente del mundo exterior
al «Pozo» sino también de toda externidad inmediata, más allá de su propio
cuerpo.
La víctima podía ser agredida en cualquier momento sin posibilidad alguna de
defenderse. Debía aprender un nuevo código de señales, ruidos y olores para
adivinar si estaba en peligro o si la situación se distendía. Esa fue una de las
cargas más pesadas que debieron sobrellevar, según los coincidentes testimonios
recibidos.
«La tortura psicológica de la "capucha" es tanto o más terrible que la física,
aunque sean dos cosas que no se pueden comparar ya que una procura llegar a los
umbrales del dolor. La capucha procura la desesperación, la angustia y la
locura.
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En "capucha" tomo plena conciencia de que el contacto con el mundo exterior no
existe. Nada te protege, la soledad es total. Esa sensación de desprotección,
aislamiento y miedo es muy difícil de describir. El solo hecho de no poder ver
va socavando la moral, disminuyendo la resistencia.
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... la "capucha" se me hacía insoportable, tanto es así que un miércoles de
traslado pido a gritos que se me traslade: "A mí.., a mí..., 571" (la capucha
había logrado su objetivo, ya no era Lisandro Raúl Cubas, era un número)» .
Testimonio de Cubas, Lisandro Raúl (Legajo N° 6974).
El "traslado" era considerado sinónimo de exterminio.
No menos alucinante es el recuerdo de Liliana Callizo, quien, en la página 8 de
su Legajo N° 4413, expresa:
«Es muy difícil contar el terror de los minutos, horas, días, meses, años,
vividos ahí...
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En el primer tiempo el secuestrado no tiene idea del lugar que lo rodea. Unos lo
habíamos imaginado redondo; otros como una especie de estadio de fútbol, con la
guardia girando sobre las cabezas.
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No sabíamos en qué sentido estaban nuestros cuerpos, de qué lado estaba la
cabeza y hacia dónde los pies. Recuerdo haberme aferrado a la colchoneta con
todas mis fuerzas, para no caerme, a pesar de que sabía que estaba en el suelo.
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Sentíamos ruidos, pisadas, ruidos de armas, y cuando abrían la
reja nos preparábamos para el fusilamiento. Las botas militares giraban y
giraban alrededor nuestro».
La reconstrucción de los C. C.D. se logró sobre la base de cientos de
testimonios aportados por liberados que estuvieron durante un tiempo más o menos
prolongado en la condición de detenidos-desaparecidos.
La asombrosa similitud entre los planos que bosquejaron los denunciantes en sus
legajos y los que resultaron en definitiva del posterior relevamiento del lugar
a cargo de los arquitectos y equipos técnicos que intervinieron en las
inspecciones y reconocimientos efectuados por la Comisión, se explica por el
necesario proceso de agudización de los otros sentidos y por todo un sistema de
ritmos que la memoria almacenó minuciosamente, a partir de su «aferramiento» a
la realidad y a la vida. En esos «ritmos» eran esenciales los cambios de
guardias, los pasos de aviones o de trenes, las horas habituales de tortura.
En cuanto al espacio, fue determinante la memoria «corporal» : cuántos escalones
debían subirse o bajarse para ir a la sala de tortura; a los cuántos pasos se
debía doblar para ir al baño; qué traqueteo giro o velocidad producía el
vehículo en el cual los transportaban al entrar o salir del C.C.D., etc.
Los secuestradores , que conocían esas técnicas , en algunos casos consiguieron
perturbar y aun confundir totalmente los recuerdos con diversos «trucos» .
Algunas veces, con el vehículo, daban vueltas inútiles para llegar, practicadas
para confundir. La técnica de llevar a los prisioneros al baño encapuchados, en
fila india y en medio de una golpiza permanente, dificultaba muchísimo el
reconocimiento del sitio. Otro tanto sucedía con la alteración permanente de los
ritmos de sueño.
No obstante, muchos de aquellos detenidos- desaparecidos consiguieron armar el
rompecabezas. En algunos casos a partir de ruidos comunes como el goteo de un
tanque de agua, la limpieza de un pozo negro, el murmullo de gente comiendo, el
canto de pájaros o el golpe de barcazas contra el muelle.
En muchos de los reconocimientos realizados por la CONADEP en los C.C.D., los
testigos se colocaron un pañuelo o una venda, o simplemente cerraron fuertemente
los ojos para revivir ese tiempo de terror y efectuar correctamente los
recorridos del dolor.
El «tabicamiento» solía producir lesiones oculares, dice Enrique
Núñez (Legajo N° 4846):
«...Me colocaron una venda sucia, sumamente apretada, que me hundía la vista y
me privaba de circulación. Me dañó seriamente la visión, quedándome ciego
durante más de treinta días después de que fui liberado del Centro de Guerrero,
Jujuy...»
Las lesiones físicas más comunes que provocó esta tortura fue la
conjuntivitis. Otra, menos habitual, era el agusanamiento de las conjuntivas.
«En Campo de Mayo, donde fui llevado el 28 de abril de 1977 - dice el
testimoniante del Legajo N° 2819 -, el tratamiento consistía en mantener al
prisionero todo el tiempo de su permanencia encapuchado, sentado y sin hablar ni
moverse, alojado en grandes pabellones que habían funcionado antes como
caballerizas. Tal vez esta frase no sirva para graficar lo que eso significaba
en realidad, porque se puede llegar a imaginar que cuando digo "todo el tiempo
sentado y encapuchado", esto es una forma de decir. Pero no es así, a los
prisioneros se nos obligaba a permanecer sentados sin respaldo en el suelo, es
decir sin apoyarse en la pared, desde que nos levantábamos, a las 6 de la
mañana, hasta que nos acostábamos, a las 20. Pasábamos en esa posición 14 horas
por día. Y cuando digo "sin hablar y sin moverse" significa exactamente eso. No
podíamos pronunciar palabra alguna y ni siquiera girar la cabeza. En una
oportunidad, un compañero dejó de figurar en la lista de los interrogadores, y
quedó olvidado. Así pasaron seis meses, y sólo se dieron cuenta porque a uno de
los custodios le pareció raro que no lo llamaran para nada y siempre estuviera
en la misma situación, sin ser "trasladado". Lo comunicó a los interrogadores, y
éstos decidieron "trasladarlo" esa semana, porque ya no poseía interés para
ellos. Este compañero estuvo sentado, encapuchado, sin hablar y sin moverse
durante seis meses, esperando la muerte. Así permanecían, sujetos a una cadena
por un candado, la cual podía ser individual o colectiva. La individual era una
especie de grillete colocado en los pies, y la colectiva consistía en una sola
cadena, de unos 30 metros, lo suficientemente larga para que pudiera ser filada
por las puntas en las paredes anterior y posterior del pabellón. Cada metro y
medio, según las necesidades, se encadenaba un prisionero, quedando de este modo
todos ligados entre sí. Este sistema era permanente» .
Es también ejemplificador el testimonio de Enrique Cortelletti (Legajo N° 3523),
que permaneció en la ESMA, luego de ser secuestrado el 22 de noviembre de 1976:
«Me colocaron una especie de grillete en los tobillos, y durante todo el tiempo
estuve esposado. Cuando me llevaron al segundo piso, luego de un tiempo de pasar
por la "máquina", pude percibir que allí había mucha gente. Me colocaron entre
dos tabiques no muy altos. Allí había una especie de colchoneta sobre la que fui
acostado. A causa de estar engrillado, se me infectó el pie derecho, por lo que
me cambiaron el grillete por otro, atado al pie izquierdo y unido por el otro
extremo a una bala de cañón...»