La Corte y el caso Patti
Por Rubén Dri *
La
práctica de la justicia que deben proteger las leyes siempre ha sido un tema
espinoso y, en consecuencia, controvertido. No puede ser de otra manera cuando
allí se juegan los más variados y contrapuestos intereses que se entretejen en
la sociedad. Esta necesita de un cierto orden, de determinadas normas y leyes
que sean conocidas por sus habitantes. Sin ellas la vida sería imposible.
Es por ello que el tema fue abordado por los filósofos desde sus inicios. De la
justicia ya habla Anaximandro, pero es desde Platón y Aristóteles que poseemos
elaboraciones plenamente desarrolladas. El tema es central tanto en la República
de Platón como en la Ética nicomaquea de Aristóteles. Son las leyes las que
deben asegurar la práctica de la justicia en una sociedad.
Pero las leyes son universales, estáticas, abstractas, por lo cual requieren un
correctivo para múltiples casos. Es lo que tiene en cuenta Aristóteles cuando
formula su teoría de la epiqueya o equidad. El diccionario la define como
“interpretación prudente y equitativa de la ley, según las circunstancias de
tiempo, lugar y persona”. Ello significa que, de acuerdo con ciertas variaciones
de las circunstancias, debe variar también su aplicación.
Aristóteles nos aclara al respecto que “cuando la ley hablare en general y
sucediere algo en una circunstancia fuera de lo general, se procederá rectamente
corrigiendo la omisión en aquella parte en que el legislador faltó y erró por
haber hablado en términos absolutos”, de tal manera que la epiqueya se
constituye en “una rectificación de la ley en la parte en que ésta es deficiente
por su carácter general”.
No se trata de negar la ley, sino de hacerla efectiva, es decir, de hacer que
cumpla su verdadera finalidad, que no es otra que la práctica de la justicia. La
ley tiene todo el aspecto de lo inmutable, lo eterno, lo separado de todo el
contexto económico, político, social. Parece no tener historia. En realidad,
dice Aristóteles que la ley debe ser “como la regla de plomo usada en la
arquitectura de Lesbos, regla que se acomoda a la forma de la piedra y no
permanece la misma”.
La práctica ciega de la ley puede llevar a lo peor como señala Aristóteles, pues
es equitativo el que “no extrema su justicia hasta lo peor, antes bien amengua
su pretensión, por más que tenga la ley a su favor”.
La Corte Suprema de Justicia extremó su justicia hasta lo peor al aplicar al
caso Patti la fría formulación de una ley, sin tener en cuenta ningún tipo de
circunstancia, aunque éstas sean atroces como es el caso de admitir en el
recinto legislativo a un sujeto con gravísimas denuncias de crímenes de lesa
humanidad. Aunque a esas denuncias les falte todavía el proceso judicial que
termine con la debida condena, a nadie se le escapa, y a la Corte menos que
menos, que tienen un sólido fundamento.
Como si los miembros de la Corte estuviesen en la cima del Olimpo de los dioses
dictaminan que dado que Patti ha conseguido los votos necesarios para ocupar una
banca en la Legislatura sin violar ninguna ley en el proceso electoral, tiene
todo el derecho a ocupar esa banca. A quienes nos oponemos se nos argumenta que
su inhabilidad para ocupar una banca debió denunciarse antes del proceso
electoral.
El razonamiento es correcto, pero en el Olimpo, no aquí, en la sociedad que
viene de la negra noche de la dictadura genocida; de la sociedad en la que todos
los procesos judiciales han sido trabados, cajoneados, “perdidos”; en la que la
impunidad fue sustentada por leyes de punto final, obediencia debida e indultos.
* Filósofo, profesor e investigador de la UBA.
Fuente: Página 12