LOS EX CONSCRIPTOS DE LA DICTADURA RECLAMAN UNA PENSIÓN Y OBRA SOCIAL
La encrucijada de los ex colimbas

Desde una identidad compleja, que incluye a defensores del terrorismo de Estado
y también a sus víctimas, los ex conscriptos piden un “reconocimiento” y una
“reparación histórica”. Defensa elimina la definición de “desertores” de los
expedientes de desaparecidos.
Por Diego Martínez
–Fuimos soldados del Operativo Independencia –afirma un hombre calvo, paisano de
Bragado.
–Fuimos testigos y por ende víctimas del terrorismo de Estado –explica otro,
veterano del Beagle, la guerra que no fue en 1978.
–Nos tocó patear puertas en una guerra no convencional. Te ponían un fusil en la
mano y había que salir a levantar subversivos –grita un tercero que dejó de
filmar para hacerse oír.
–Fuimos humillados y torturados como todos los colimbas de la historia. No
defendí ni serví a la patria. Serví a dos tipos que decían ser cuadros militares
–baja los decibeles un correntino de voz serena.
Las definiciones pertenecen a ex conscriptos nacidos entre 1953 y 1959, unidos
por el deseo de acceder a pensión y obra social “como reconocimiento y
reparación histórica”, pero con serias dificultades para definir la identidad
colectiva que justificaría el beneficio. Fueron pronunciadas ante familiares de
sus pares desaparecidos, que el Estado terrorista tildó como “desertores”, por
hombres que un tercio de siglo después no logran superar las secuelas de la
servidumbre civil obligatoria durante el terrorismo de Estado.
La convocatoria fue impulsada por ex conscriptos de La Matanza desde un programa
de radio, La Voz de los Colimbas, con el objetivo de rendir homenaje a sus
compañeros desaparecidos. Se concretó el sábado pasado, en un club de Lomas del
Mirador, con un centenar de hombres, mayoría del conurbano y del interior
bonaerense, más algunos rosarinos y correntinos.
“Hemos hecho cosas que no teníamos ganas de hacer”, abre el encuentro un
coordinador. Presenta al panel, integrado también por Pablo Pimentel, de APDH La
Matanza, y por Pablo Llonto, querellante en causas de lesa humanidad, y pide un
minuto de silencio “para los conscriptos desaparecidos por el Proceso de
Reorganización Nacional, manga de asesinos y delincuentes que los hicieron pasar
por desertores”.
El sondeo previo de Página/12 ratifica que los presentes son testigos centrales
del accionar del terrorismo de Estado –ante un Poder Judicial que se obstina en
ignorarlos– aunque sugiere que no todos comparten el diagnóstico del
presentador: “Fuimos soldados. En este país indemnizaron a los guerrilleros y a
los que se fueron a Europa, pero no a los soldados”, renegó minutos antes el
pelado de Bragado, buena pilcha, Crónica en mano.
–¿Usted reclama pensión como soldado?
–Sí, del Operativo Independencia.
–¿Estuvo en Tucumán en 1975?
–No, qué Tucumán, después.
–Ese operativo lo encabezó Adel Vilas en 1975. ¿Hasta cuándo duró según usted?
–Hasta 1981, 1982.
–Y empezó antes, pibe –corrige el bragadense que filmará todo–. En el ’74 ya
estábamos levantando gente.
Ex parejas y hermanas de miembros de “El batallón perdido”, como los bautizó en
su libro el capitán José Luis D’Andrea Mohr, cuentan sus historias con la
esperanza de encontrar nuevos datos. Secuestros, peregrinaje por cuarteles,
silencio, miedo, datos confusos, registros del cautiverio en algún caso. Juicio
por desertores, la respuesta común del general Reynaldo Bignone.
“Lo más doloroso es el rechazo de un sector de la sociedad, que ensucia a los
desaparecidos y a sus familiares”, explica un pibe de 26 años, sobrino de un
colimba de Campo de Mayo. Se presentó como “luchador por los derechos humanos” y
cierra su exposición con un “Nunca más”. La mayor parte de la sala lo aplaude.
El grupo del “campo” cuchichea y sonríe.
Pimentel se presenta como “miembro de las clases que la dictadura prefirió no
incorporar por sospechosos: 1957 y 1958”. Dos hermanos menores no corrieron su
suerte, “pero mi papá, que nos formó para la paz y la solidaridad, invocó la
patria potestad ante Bignone” y logró que siguieran en libertad. “Luego, en
pleno genocidio, creó el Frente Opositor al Servicio Militar Obligatorio”, al
que definió como “servidumbre a una casta privilegiada”.
–Con todo respeto, señor –se sale de la vaina un paisano de ojos claros, boina
negra, bordado de Malvinas–. Lamento lo de las señoras y lo del chico, pero fue
una guerra entre hermanos –dice y se esfuerza para evitar reivindicarse como
guerrero, como lo había hecho en privado.
–No fue una guerra, fue un genocidio. No se aplicó ninguna ley –le explica
Pimentel, que se explaya en tono firme y didáctico. Recuerda que “el servicio
militar fue suspendido, no abolido”, critica sin dar nombres el proyecto del ex
liceísta Julio Cobos para reinstalarlo con leve maquillaje y es premiado con un
aplauso sonoro, no unánime.
Llonto, abogado y periodista, habla del valor de la verdad. “Toda religión,
filosofía, escuela, las maestras y los padres, enseñamos que se debe decir la
verdad. Eso buscamos en los juicios, eso niegan los militares”, explica, y cita
a Luis Patti como ejemplo de suprema cobardía: “Cuando reinaba la impunidad dijo
que había matado a ‘tres subversivos’. Ante la Justicia lo negó”. Cuenta que en
la causa Campo de Mayo declararon quinientos colimbas y convoca a los presentes
a dar testimonio.
–No todos los de los derechos humanos piensan como ustedes –agradece un hombre
conmovido–. La señora de Bonafini nos tildó de cómplices. El diputado Carlotto
nos preguntó por qué no desertamos. “Porque nos mataban”, le respondimos.
–Sus palabras son las que repetimos desde hace años –acota el veterano del
Beagle dirigiéndose a Pimentel–. No somos ex combatientes, somos testigos y por
ende víctimas del terrorismo de Estado.
–Claro que son víctimas, más allá de que algunos se engancharon después en
grupos de tareas y compartieron su ideología –recuerda Pimentel, y desata la
reacción del camarógrafo amateur.
–¿Estuviste bajo presión alguna vez?
–No.
–¿Sabés lo que es aguantar siete minutos con la cabeza en la mierda? Fui soldado
tres años, tengo compañeros desaparecidos, el 82 por ciento del cuerpo con
incapacidad por la picana y también fui a patear puertas, año ’74, ’75. Te
ponían un fusil en la mano y te sacaban a buscar subversivos. No defiendo a unos
ni a otros, pero nos usaban de pantalla. ¿A quién creés que mandaban al frente?
Los familiares de desaparecidos miran sin pestañear.
“Fue una guerra no convencional”, continúa, en línea con los teóricos del
genocidio. “Supuestamente yo salí a matar a tu tío, pibe. Salíamos a levantar
gente, a patear puertas, a tirar. Fuimos instruidos para ir a matar, eso es ser
soldados”, termina, tenso pero aliviado.
La reunión duró varias horas. Concluyó con intercambios de teléfonos y promesas
de estrechar el diálogo con querellantes y organismos de derechos humanos para
aportar información a la Justicia.
Fuente: Página 12
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