
Más de mil personas ya recorrieron las instalaciones clandestinas de la ESMA y rindieron homenaje a los desaparecidos.
Imagen: Rolando Andrade
Por Marta Dillon
El mástil ya no se yergue en el centro de la plaza de
armas, detrás del vallado que hasta ayer separaba en dos el predio de la Escuela
de Mecánica de la Armada: de un lado el Espacio para la Memoria y la promoción
de los Derechos Humanos, del otro, el territorio donde la Marina todavía educaba
cadetes y oficiales. La ESMA, ese inmenso y –aunque la palabra suene
discordante– elegante centro clandestino de detención y tortura, las hectáreas
de su territorio, sus 34 edificios, las calles arboladas y bucólicas que lo
surcan ya no pertenecen a ninguna fuerza armada. Ayer, la comisión Bipartita que
integran el gobierno nacional y el de la ciudad Autónoma de Buenos Aires tomaron
posesión completa de estas instalaciones en donde el horror se fraguó entre 1976
y 1983 prácticamente a la vista de todos, como un recordatorio permanente de lo
que en esos años era cotidiano: el secuestro, la tortura, el exterminio de
personas y de ideas, la apropiación de menores como el máximo experimento
destinado a borrar la subjetividad y la herencia de los rebeldes. Ayer, la ESMA
dejó de pertenecer definitivamente a la Armada. Ayer, empezó el proceso para
convertir este sitio histórico en un lugar que pertenece a todos, al pueblo de
la Nación Argentina.
Sólo dos guardias de la marina quedaron de consigna el domingo. Así se hizo
visible que no quedaba allí nada que proteger incluso antes del traspaso
oficial. Cada edificio había sido vaciado a conciencia y sus restos –viejos
armarios de metal, cientos de colchones, sillas rotas, cables, montañas de
desperdicios- eran desguazados por una procesión de cartoneros que cargaban los
carritos que por una vez se bajaron del tren blanco en la estación Rivadavia tal
vez alertados por alguna voz que circuló de boca en boca. Había material para
reciclar detrás del edificio del Casino de Oficiales de la Escuela, ahí donde
los oficiales y los y las detenidos desaparecidos durante la última dictadura
militar compartían escaleras y hasta baños en una convivencia que sirve de
metáfora a ese atroz silencio que colaboró entonces para que se consumara el
terrorismo de Estado.
Así como convivían dentro de ese edificio los captores y los capturados,
sometidos al borramiento de sus identidades y de su humanidad, así se convivía
con el horror puertas afuera: por la Avenida del Libertador, la que adivinaron
los cautivos en algún descuido en que la capucha les descubría los ojos
inflamados por la ceguera impuesta, circulaban casi tantos autos como ahora, la
mayoría indiferentes y sordos a lo que ocurría dentro. Esa indiferencia ya no
será posible. La ESMA ya no será un lugar cerrado frente al que estaba prohibido
detenerse bajo la clásica amenaza del “centinela que abrirá fuego”. Hace tiempo
que no es así, de hecho las siluetas que los organismos de Derechos Humanos y
los familiares y sobrevivientes de este Centro Clandestino de Detención señalan
desde las rejas de entrada la realidad paralela que en los años de fuego no se
quiso o no se pudo ver. Pero además desde ayer, y progresivamente desde el 3 de
octubre, este sitio de memoria desnudo –sin recreaciones que podrían asestar
golpes bajos, sin más que sus paredes húmedas y los carteles que a través de
testimonios de sobrevivientes recrean lo que allí sucedió– estará abierto al
público para ofrecer la oportunidad de ver, de sentir, de reflexionar sobre lo
que nunca más se puede permitir.
“Desde 2004 que estoy acá, trabajando con los guías, acompañando a las casi mil
personas que ya recorrieron el lugar. Y aun así es conmocionante saber que ya no
vamos a vivir vallados, que finalmente este lugar nos pertenece a todos”, dijo
Daniel Schiavi ayer, poco antes de reunirse con Judith Said –coordinadora
general del Archivo Nacional de la Memoria, de la Secretaría de Derechos Humanos
de la Nación–, con Guillermo Guerín –subsecretario de Derechos Humanos de la
Ciudad de Buenos Aires–, con Ana Careaga –directora del Instituto Espacio de la
Memoria– y con Margarita Jarque –titular de la Unidad Ejecutora de Sitios de
Memoria de la Ciudad–. A espaldas del grupo, las vallas blancas que ponían un
límite a la convivencia entre civiles y uniformados empezaban a disolverse: ahí
donde caía una ya no se levantaría. Ahora el trabajo es de integración y de
debate para dar un destino útil a los 34 edificios sin ningún mástil. Esos que
antes izaban la bandera que juraban los cadetes y oficiales fueron arrancados y
trasladados a los nuevos destinos donde funcionarán las escuelas de la armada:
la Fluvial, la Náutica, el Liceo Naval, la Escuela de Guerra. Sólo quedará en
poder de la Marina el campo de deportes, ahí donde los colegios secundarios eran
invitados a competir durante la dictadura como parte de un supuesto espíritu
deportivo que bien sirvió a las Fuerzas Armadas usurpadoras del poder político
para distraer la atención de un pueblo aterido por el miedo.
De todos esos edificios que ayer pasaron al poder civil sólo uno es el más
significativo para contar de qué se trató el plan sistemático de desaparición y
exterminio de la dictadura: el Casino de Oficiales, donde funcionaban la Capucha
y la Capuchita, campos de concentración de la Armada y de otras fuerzas como el
Servicio de Inteligencia de la Nación (SIN), respectivamente. Ese edificio fue
entregado a la Comisión Bipartita que se fundó junto con el Acta Acuerdo para el
traspaso en marzo de 2004. Pero no fue suficiente: “La entrega completa del
predio era una demanda muy fuerte de los organismos de derechos humanos, de los
familiares y de los sobrevivientes. Si la convivencia entre los uniformados y
los detenidos desaparecidos signó a este campo de concentración, ahora era
necesario no reeditar ninguna convivencia, el predio tiene que estar en manos
civiles”, sintetizó ayer Judith Said durante un breve recorrido por ese sitio
que sin guardar marcas efectistas permite revivir el horror y el desconcierto
por la cercanía de una vida cotidiana que sucedía a metros de las salas de
tortura, sobre la Avenida del Libertador. Tal vez un signo de cómo se prolongó
esa convivencia ciega sea la construcción del inmenso edificio que hoy da sobre
el Casino de Oficiales y que se vendió bajo el eslogan “el edificio más
Libertador” durante los años noventa.
“Hasta ahora han pasado casi mil personas por este lugar histórico, grupos de
familiares, de sobrevivientes, algunas escuelas y quienes están presentando
propuestas para el destino de este predio –relató Guerín–, que lentamente se
abrirá al público. Pero no lo imaginamos como un lugar al que se llegue
masivamente como un paseo más sino un lugar de reflexión sobre nuestra historia
reciente, donde las visitas tengan espacio y tiempo para elaborar lo que ven y
lo que sienten frente a lo que se relata.”
Hay 15 guías, actualmente, que han conducido a los visitantes por los edificios
hasta ahora abiertos, el Casino de Oficiales, la enfermería –muy cerca de ahí,
donde se aplicaban las inyecciones somníferas a quienes más tarde serían
exterminados a través de los vuelos de la muerte y donde también parían algunas
embarazadas– y el edificio de las cuatro columnas, el más reconocible para
cualquiera, que también se usó para coordinar y planificar las tareas de
represión. Estos guías han sido formados para hacer el recorrido y cuentan con
un relato base, una especie de guión que da un marco para sus palabras y las
propias emociones. Ese guión se elaboró fundamentalmente con testimonios de
sobrevivientes y a partir del avance de las causas judiciales que ponen un coto
para posibles modificaciones en el predio de la ESMA. Por su valor de prueba en
las causas contra los represores, reabiertas luego de la anulación definitiva de
las leyes de Punto Final y Obediencia Debida, sobre la ESMA rige una orden de no
innovar que obliga a mantener ciertas instalaciones tal como están. Y así es
como se las ve. Desde el sitio que se llamó Capucha, apenas un piso sobre los
dormitorios de los oficiales, donde se hacinaban los detenidos desaparecidos,
todavía pueden reproducirse instintivamente los gestos de quienes pudieron
reconocer el lugar después de su cautiverio. Es imposible no agacharse y mirar
por las ventanas rotas a la calle y vivir otra vez la sorpresa por esa
convivencia obligada entre la sociedad puertas afuera y el espanto puertas
adentro.
Desde ayer, ya no habrá centinelas en el predio. Apenas guardias civiles que
circularán en bicicleta para custodiar el patrimonio histórico. En la Escuela de
Guerra, desde el 3 de octubre, se presentará una muestra de fotografías que
abarca el período desde la Ley de Residencia al terrorismo de Estado para dar
cuenta de la actividad represiva del Estado ante los movimientos sociales
emergentes durante el siglo XX. También habrá muestras que prepararon los
distintos organismos de derechos humanos. El boceto de guión con que cuentan los
guías ya no mostrará “el cerco provisorio hasta tanto se restituya la totalidad
del terreno”; ese momento histórico ya es un hecho. Todavía está abierto el
debate sobre el destino de cada edificio, pero ya empezó a concretarse eso que
se firmó en el acta acuerdo de 2004: “El destino que se asigne al predio y a los
edificios de la Esma formará parte del proceso de restitución simbólica de los
nombres y de las tumbas que les fueron negadas a las víctimas, contribuyendo a
la reconstrucción de la memoria histórica de los argentinos para que el
compromiso con la vida y el respeto irrestricto de los derechos humanos sean
valores fundantes de una nueva sociedad justa y solidaria”.
Fuente: Diario Página 12