EL JUEZ ESPAÑOL BALTASAR GARZÓN EN EL JUICIO CONTRA JORGE RAFAEL VIDELA Y OTROS TREINTA ACUSADOS
Una mirada que los represores no aguantaron
 

El juez español Baltasar Garzón, el secretario de Derechos Humanos y la fiscal española Dolores Delgado en el tribunal cordobés. Imagen: DyN


“Demostrarían un poco de dignidad escuchando los testimonios de quienes sufrieron”, dijo el juez luego de que los acusados se levantaran de la audiencia. Un coronel retirado, vinculado con Cecilia Pando, increpó al magistrado y a sus acompañantes y le pegó a un periodista.

Por Nora Veiras

Apenas aterrizó en Córdoba, el juez español Baltasar Garzón se abrió paso presuroso, enfocó su teléfono celular y fotografió el amanecer. Es un primer recuerdo de un día inolvidable. “La Pando no está por acá, ¿no?”, chanceó en la combi que lo llevó junto al secretario de Derechos Humanos, Eduardo Luis Duhalde, a la audiencia del juicio por la represión ilegal en la Unidad Penitenciaria 1. Treinta y un militares y policías, encabezados por Jorge Rafael Videla y Luciano Benjamín Menéndez, acusados de torturas y asesinatos, no soportaron la mirada: apenas el presidente del tribunal, Jaime Díaz Gavier, les anunció su derecho a ausentarse, se retiraron en bloque. Fue un gesto inédito, premeditado. “Cargan malas vibraciones cuando desde la legalidad se los investiga, se pueden ir porque están legalmente representados. Demostrarían un poco de dignidad escuchando los testimonios de quienes sufrieron”, repitió Garzón al salir en el primer cuarto intermedio. Apenas lo vio, un pequeño grupo empezó a gritar “terroristas”. No estaba Cecilia Pando, pero sí su espíritu.
Con una bandera argentina como estola, Liliana Raffo, viuda de Horacio Fernández Cutiellos, quien murió durante el ataque al Regimiento de La Tablada en 1989, le empezó a gritar a Emilia Dambra, madre de Plaza de Mayo con tres hijos desaparecidos en La Perla y Campo de la Rivera.
–¡Vos sabés dónde están nuestros hijos! –la increpó Emilia mientras el eco de “terroristas” y “Garzón, ¿qué decís de la ETA?” intentaba tapar el clamor. En el medio, el coronel retirado Alberto Aprea, quien oficia de vocero de Menéndez, le pegó a un cronista al ver que una cámara lo enfocaba. Aprea integra la Unión de Promociones junto al general retirado Miguel Angel Giuliano y es uno de los sustentos del grupo de Pando. De inmediato, un grupo de Hijos rodeó a las Madres y el clásico “Como a los nazis les va a pasar/ a donde vayan los iremos a buscar” cerró el episodio que había hecho las delicias de la tele.

Congoja

En el recinto, Fernando Cuesta Garzón, defensor de Menéndez, había anticipado lo que preparaba la claque. “Quiero aclarar que no tengo parentesco con la persona aquí presente que lleva mi mismo apellido”, dijo. De inmediato, la hilera de represores decrépitos se retiró. Poco después, el abogado de las víctimas Claudio Orosz hizo un reconocimiento a “una visita que engalana la audiencia y que queda claro que no es pariente de Cuesta Garzón”. Un aplauso coronó la ironía y el presidente del tribunal llamó al orden.
El minucioso testimonio del abogado Enrique Mario Asbert, preso entre agosto del ’75 y septiembre del ’82, estremeció a la audiencia. El silencio fue ganando la sala y las lágrimas contenidas aparecieron en los rostros. El ahora diputado provincial por la Concertación Plural contó cómo lo habían detenido luego de decidir acompañar a Hugo Vaca Narvaja en la búsqueda del cuerpo de Horacio Ciriani, quien había sido asesinado en la D2. “El padre se puso un guardapolvo de médico y se metió en la morgue para reconocer el cadáver de su hijo. Frente a tamaña muestra de dignidad asumimos la defensa”, dijo Asbert y aseguró que cuando lograron que les entregaran el cuerpo, el padre hizo abrir el cajón y contrató a un fotógrafo para registrar las vejaciones. “Esas fotos están”, aseguró.
Empezaron a buscar a Vaca Narvaja, cuya familia empezaba a ser diezmada por la represión. Fue Asbert a una cita que resultó ser una “ratonera” y se convirtió en preso durante siete años. Lo torturaron en la D2 y dejó constancia cuando lo trasladaron a la UP1 ante el juez federal Adolfo Zamboni Ledesma.
–¿Pudo identificar a los torturadores? –le preguntó Díaz Gavier.
–No, porque tenía capucha y estaba esposado a la espalda. No permitían tomar agua. Recuerdo algunas frases, como la de una mujer, que me conmovió: “Este no coge más”, dijo. Se refería al estado de mis genitales. Lamentablemente no podría identificarla.
Asbert contó cómo después del golpe del 24 de marzo del ’76 el hostigamiento se transformó en suplicio. Las golpizas eran permanentes. Igualaban a todos, no había jerarquía de militancia al momento de humillar, la idea era quebrarlos, vulnerarlos.
“A Pablo Balustra lo golpearon en la cabeza el 29 de abril del ’76. Todavía escucho el chasquido en la cabeza de Pablo cuando lo golpearon y la forma en la que cae, desmadrado, desarticulado... Cae como un muñeco, queda tirado a dos metros de la celda, en el pasillo, y su mano derecha moviéndose... Todavía guardo la imagen de esos movimientos. Estuvo dos días tirado en una cama. Hablaba con la parte izquierda de su boca. A los dos días Pablito fue llevado a la enfermería.” Asbert se encontraría con él semanas después en una cama de la misma sala de auxilios.
En esos días fue detenido también Vaca Narvaja. Lo llevaron a torturar al Campo de la Rivera. “Con él tenían una saña particular. Le dijeron que regresaba porque se había cubierto la cuota de delincuentes subversivos muertos ese día, pero que no tenga duda de que iba a ser sacado y fusilado por el Ejército. Le hicieron saber: ‘El Ejército te va a matar’”, contó Asbert. Y cumplieron.
A mediados de mayo, los carceleros, entre los que se mezclaban militares, policías y gendarmes, les hicieron saber que habían fusilado a Miguel Angel Moze. “Quienes sobreviviéramos daríamos testimonio de las vejaciones”, dijo ese hombre macizo, implacable y su voz no pudo mantener el ritmo: “Hoy finalmente vengo a dar cumplimiento a ese compromiso”. Se sobrepuso a la congoja y siguió. La sala se estremeció en silencio.
Asbert desgranó la organización y la paciencia con la que perfeccionaron la forma de comunicarse y pasar información. El asesinato de Raúl Augusto Bauduco, quien golpeado hasta la extenuación no pudo pararse y fue fusilado. El estaqueamiento de René Mucarsa hasta que muere, el homicidio de la hermana de “El Pájaro” Rosetti se fueron hilando en el testimonio de Asbert. Los años transcurridos no habían borrado la vivencia del horror y menos la necesidad de justicia.

Futuro

El cuarto intermedio actuó de bálsamo. “Es difícil calificar la intensidad de esta audiencia. Estar por primera vez en un tribunal de Argentina y asistir a un juicio a represores de la envergadura de Luciano Benjamín Menéndez o Videla ya de por sí es importante, pero más importante aún es sentir la vibración de las víctimas, como el testimonio (de Asbert) que nos ha llevado al túnel del horror que vemos hoy con toda intensidad. Y los estamos viendo juzgar con todas las garantías de que ellos privaron a testigos y víctimas. Es una experiencia intensa como jurista, como persona y como juez que investigó estos hechos desde el ’96 hasta la actualidad”, dijo Garzón después de acomodar micrófonos, grabadores y someterse al asedio de un enjambre de camarógrafos ansiosos por disputar cada plano.
–¿Qué significan para Argentina estos juicios? –le preguntó un cronista.
–Significa todo, la dignidad de este país en particular. Estos juicios demuestran que la sociedad no se rompe, sino que se vertebra mucho mejor. Es el resarcimiento de las víctimas que por años de vigencia de las leyes de impunidad no vieron garantizado ese derecho. En esas circunstancias actuamos como instancia de la justicia universal, procurando la acción de la Justicia. Nosotros hicimos nuestro trabajo de acuerdo con la ley.
A su lado, la fiscal Dolores Delgado García, quien llevó adelante la acusación contra el marino argentino Adolfo Scilingo, asentía. El presidente del tribunal, Díaz Gavier, esperaba que la cohorte estelar de Garzón permitiera volver a la rutina de las audiencias, que se extenderán hasta diciembre para escuchar a 136 testigos. “La presencia de un hombre de trascendencia mundial, que logró la detención de Augusto Pinochet, implica una comprensión de la sociedad jurídica internacional al esfuerzo que está haciendo Argentina, al respeto del debido proceso. El proceso revela la crueldad que vivió la Argentina, que necesita superar realizando estos juicios”, concluyó Díaz Gavier. 

“Argentina es un ejemplo”

Después de participar por primera vez en un juicio por delitos de lesa humanidad en la Argentina, el magistrado español destacó que “un país no se construye sobre miles de cadáveres sin dar respuestas” y reivindicó los procesos abiertos en el país.
Baltasar Garzón se arrellena en la butaca del avión y le pide con desparpajo a la azafata: “Hay mate”. La chica se sorprende. Es que el juez español es casi un argentino más. La bienvenida entre los organismos defensores de los derechos humanos y las víctimas que se confesaron frente a él cuando en la Argentina estaba mutilada la Justicia compensa, en parte, el trago amargo de su suspensión como magistrado de la Audiencia Nacional. Por atreverse a investigar los crímenes del franquismo lo están juzgando. Garzón reivindica los procesos que se activaron a partir de la nulidad de las leyes de impunidad y advierte: “Un país no se puede construir sobre miles de cadáveres sin dar una respuesta. Eso no es viable. Porque el problema vuelve a reproducirse. Argentina es un ejemplo en la defensa de los derechos humanos”.
–Estuvo reunido con el canciller Timerman, ¿cómo es eso de que hay una posibilidad de que empiece a hacer algo trabajando para la Argentina?
–No, no es tanto trabajando en la Argentina. El canciller Héctor Timerman tiene una idea que me parece muy positiva: es colocar a la Argentina en el centro de la defensa de los derechos humanos, darle la importancia que merece a esa lucha de los derechos humanos. En ese marco, hablamos de alguna posibilidad de colaboración en diferentes programas, todavía por definir, en esa idea de promover la figura de Argentina como núcleo de la defensa de los derechos humanos.
–Cuando en 1996 recibe la presentación de la Unión de Fiscales Progresistas para abrir los juicios en Argentina fue el inicio, la puesta en práctica de lo que se denomina Justicia universal.
–Había algunos precedentes en España, y yo mismo en 1995 había puesto en marcha en el ámbito del terrorismo, del tráfico de drogas, incluso en el ámbito del terrorismo internacional. Pero es verdad que aplicado a crímenes de genocidio, a crímenes de lesa humanidad, a crímenes internacionales cometidos o acontecidos fuera de España, con o sin víctimas españolas bajo el criterio que la víctima es universal se iniciaron estos juicios. La novedad está en que por primera vez se aplicaba, a este tipo de crímenes, una ley que permitía eso. La razón no es que permitiera, sino que obligaba. Hemos conseguido dar un ámbito entre todos, con la cooperación de distintos países. Aunque en estos momentos las agresiones sean las que están preponderando.
–¿Cuáles son esas agresiones?
–Creo que se enfoca el tema desde una perspectiva equivocada. Se considera que es un riesgo, que es una amenaza. Por razones económicas, por razones políticas, por razones de estabilidad diplomática. Que sea universal no es ni más ni menos que la cláusula de cierre para evitar que la impunidad se produzca. Pero impunidad no respecto de cualquier delito, sino de los delitos más graves que atacan a la comunidad internacional. Y lo que hoy día no podemos es mantener esa doble ética de una cosa hacia afuera y una cosa diferente hacía adentro. Y de que cuando se trata de crímenes que afectan a los responsables políticos de un momento determinado, o militares o de cualquier otro orden pero de un nivel muy alto, en los países respectivos se cierre la posibilidad de investigación y de sanción. Eso es absolutamente inaceptable. Y si eso se produce tiene que haber una reacción en cualquier país del mundo, en cualquier organismo internacional. Siglo XXI no puede ser sinónimo de impunidad.
–Cuando esto sucede, son los países más poderosos los que más restricciones ponen...
–No creo que sea una cuestión de los países más poderosos. Todos los países son reticentes cuando desde afuera se plantea el principio de Justicia universal. Se les plantea la realidad de que no están haciendo lo que deben. De que, por tanto, cabe una acción judicial externa. Con respecto de España será coincidencia o no, pero todas las alarmas han saltado cuando se han iniciado procesos con respecto de China en relación con el Tíbet, de Israel en relación con Palestina y de Estados Unidos en relación a Guantánamo. Las normas son iguales para todos. Y ahí lo único que sucede es que la propia acción de los jueces ha moderado la actividad y ha buscado una serie de requisitos que demuestren que no se está haciendo nada en los países respectivos, que no se va a hacer nada y sólo entonces, pueden actuar. Y hoy día, pues, en España a partir del día 4 de noviembre de 2009, existe una nueva ley donde establece una serie de restricciones. Tiene que haber víctimas españolas o que el victimario esté en España. O que no exista un procedimiento abierto o que exista un vínculo específico con España, que justifique la actividad de la jurisdicción española. Bueno es un retroceso en cierta forma, pero si interpretamos objetivos positivos y proacciones, al final el marco sigue siendo el adecuado.
–¿Alguna vez pensó que podría encontrarse suspendido como juez?
–Por el tipo de asuntos que se investigan, hay un riesgo de complicación importante. No solamente físico, sino también jurídico. Pero creo que hay que tener las cosas muy claras. Si uno está convencido de que aquello que se ha estado haciendo corresponde a los márgenes que exige la ley, y que defiendes una interpretación determinada en la que no solamente estás tú, sino muchos más juristas los que opinan lo mismo, tienes que avanzar. Abrir caminos siempre es arriesgado. Sucedió con el tema del terrorismo, sucedió también con el tema de Argentina y de Chile, y puede suceder en otros ámbitos también. Creo que el juez tiene esa obligación, siempre y cuando se plantee el hecho ante él, y tenga que optar por proteger a las víctimas, o investigar.
–¿Usted cree que España en algún momento va a revisar su propio pasado también?
–Los italianos dirían “chi lo sa”. Yo creo que hay un movimiento importante de víctimas que están tratando la aplicación de la ley de memoria histórica y su eventual ampliación. De tener una satisfacción de extender la recuperación de los restos de sus seres queridos. Yo creo que es un derecho fundamental. El tema está pendiente de resolución en el Tribunal Supremo. Nos tenemos que, de momento, someter a esa situación.
–¿Qué aprendió a partir de los procesos realizados en Argentina, teniendo en cuenta la influencia de lo que usted hizo en España?
–He aprendido que sin entrar a valorar políticamente ninguna de las opciones, en la situación actual el gobierno optó porque los términos justicia, reparación, verdad, se hicieran efectivos. Un país no se puede construir sobre miles de cadáveres sin dar una respuesta. Eso no es viable. Porque el problema vuelve a reproducirse. He aprendido que cuando esa decisión se toma con la Corte Suprema y antes con el Parlamento en forma clara y tajante, ese país comenzó a cambiar. Estoy convencido, aparte de algunos mensajes preelectorales, que sea cual fuere el gobierno que la Argentina tenga, hay cosas que no se pueden volver a atrás.

Fuente: Página 12

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