EL RECLAMO DE LOS HERMANOS IACCARINO, DESPOJADOS POR LA DICTADURA
“Nos quedamos sin nada, destruyeron nuestro patrimonio”
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“Todo comenzó cuando nos colocaron gente de Inteligencia en las sociedades que teníamos”, contaron Alejandro y Carlos Iaccarino. Imagen: Sandra Cartasso |
Bajo la amenaza de muerte a sus hijos, Rodolfo Iaccarino debió ceder 25 mil
hectáreas y un avión. Los tres hermanos, que estuvieron detenidos-desaparecidos
entre 1976 y 1978, hoy exigen la restitución de un predio ocupado por una cancha
de golf en Córdoba.
Por Gustavo Veiga
Rodolfo, Alejandro y Carlos Iaccarino son víctimas del terrorismo de Estado:
estuvieron detenidos-desaparecidos durante 22 meses entre 1976 y 1978. Los tres
hermanos, que hoy superan los sesenta años, eran empresarios platenses y la
dictadura los despojó de bienes valuados en nueve millones y medio de dólares
mediante una compleja trama donde intervinieron militares, servicios de
inteligencia, testaferros y escribanos. Bajo la amenaza de que sus tres hijos
serían arrojados al Río de la Plata, Rodolfo Genaro Valentín Iaccarino firmó la
cesión de 25 mil hectáreas de producción agropecuaria en Santiago del Estero y
un avión ejecutivo que, en conjunto, tienen una valuación actual que supera los
125 millones de dólares. Como todo pago, le entregaron a la familia unos 300 mil
dólares en tres documentos y 28 hectáreas de una cancha de golf del Sierras
Hotel en Alta Gracia, Córdoba, que se encuentra en manos de una sociedad civil.
Los hermanos reclaman ahora su devolución. En el lugar habitan familias de
posición desahogada que ven cómo, treinta años después, sus legítimos dueños
buscan una reparación histórica que también conlleva una reparación moral: “Nos
cortaron el proyecto de vida”, explica Carlos, el menor de los tres hermanos.
Alejandro, el segundo de los Iaccarino, aún se pregunta: “¿Por qué fuimos
elegidos?”. Lo secuestraron el 4 de noviembre de 1976 y pasó por catorce centros
clandestinos de detención donde sufrió todo tipo de vejámenes, incluidas las
torturas que le propinaron en Coti Martínez y el despojo de sus bienes que le
notificaron en la Brigada de Lanús. En diálogo con Página/12, relata lo que
vivió cuando tenía 30 años y comenzaba una incipiente carrera como empresario:
“Un día nos vinieron a buscar a la comisaría 23. Así llegamos al centro de
detención clandestino Coti Martínez, tabicados y esposados nos golpearon
duramente, luego nos lanzaron al piso, y ahí vimos el rostro de la muerte. Unos
días después me llevaron a la sala de tortura encapuchado y esposado, me
desnudaron arrojándome sobre un catre elástico metálico, envolvieron mis
tobillos y muñecas con gomas y sobre estos gruesos alambres sentí cómo las
cuatro palancas tensaban mi cuerpo. Allí empezó la picana a taladrar todas las
zonas más sensibles de mi cuerpo. Nadie que no haya sufrido ignominias de esta
clase puede imaginárselas”.
Toda la familia fue secuestrada por la dictadura: el padre y sus hijos Rodolfo y
Carlos en Santiago del Estero; Alejandro y la madre, Dora Emma Venturino de
Iaccarino, en La Plata. “Nosotros estuvimos los primeros dieciséis meses con
detenidos comunes. No sabíamos cómo venía la mano. No estábamos en el mundo
político, estábamos en el mundo de los negocios. Y hasta que no llegamos a la
cárcel número 9, porque antes habíamos pasado por Coti Martínez y el Infierno,
la pregunta que nos hacíamos era, ¿por qué? No entendíamos cómo se iba formando
el terrorismo de Estado. Y eso nos traía mayor temor, hasta que vino un italiano
de apellido Chezzi, un testaferro de los militares, que nos dijo: ‘si quieren
salir, lo que deben hacer es entregar el campo de Santiago del Estero y el
avión’.”
Alejandro y Carlos Iaccarino acaban de regresar de Córdoba, donde fueron
recibidos por el secretario de Derechos Humanos de la provincia, Raúl Sánchez, y
su subsecretario, Darío Olmo. La visita a los funcionarios resultó satisfactoria
para ellos, aunque aclaran: “No fuimos a Alta Gracia porque temíamos que se
desatara un conflicto. No íbamos a tomar posesión de lo que ya poseemos. Las 28
hectáreas las tenemos desde hace 32 años, faltan dos o tres trámites para que
todo esto termine”, cuenta Alejandro.
Una escritura firmada el 24 de agosto de 1979 confirma su aseveración. La
protocolizó el escribano Adolfo Barceló en Alta Gracia. En ella se lee que el
ciudadano paraguayo Vicente Antonio García Fernández compareció “como presidente
de la Sociedad Anónima ‘Compañía de Tierras y Hoteles de Alta Gracia’, con
domicilio en calle Maipú 510, 2 piso, de la Capital Federal” y a solicitud de
los Iaccarino manifestó que “según boleto de fecha 9 de octubre de 1977, han
adquirido de la ‘Compañía de Tierras y Hoteles de Alta Gracia’ SA, firmando como
presidente en esa oportunidad el señor Bruno Chezzi (CI 4.912.755), una fracción
de terreno conocida como Cancha de Golf del Sierras Hotel, con una superficie de
28 hectáreas, 1010 metros cuadrados”.
El punto B de la escritura es el que más robustece la posición de los tres
empresarios y compromete el usufructo de las 28 hectáreas por parte de la
sociedad civil Alta Gracia Golf Club que preside el contador público Javier
Ruarte. Dice: “Que la mencionada fracción está pendiente de escrituración,
habiendo los señores Iaccarino abonado íntegramente todo el precio convenido, y
a quienes se les ha otorgado la posesión, que por este acto la empresa viene a
ratificar”.
El 22 de agosto del año pasado, Ruarte, quien es gerente del Banco Río de Alta
Gracia, testificó en La Plata en el marco de la causa “Iaccarino sobre
desapoderamiento de bienes” que tramita en el Juzgado Federal N 3 de Arnaldo
Corazza. Durante la audiencia, dos abogados de la familia, Marta Vedio y Pablo
Llonto, le preguntaron a Ruarte si había tomado nota de los reclamos por el
terreno. Declaró que había recibido una carta documento con la demanda firmada
por una letrada y que fue discutida en la comisión directiva de la sociedad
civil, luego de lo cual se la pasaron a sus asesores legales para que la
respondieran. “Se dio tratamiento a la carta como que no correspondía el
reclamo”, precisó, y agregó que en sus diez años como presidente “con la
cuestión de la quiebra del Sierras Hotel siempre surgen, de vez en cuando,
rumores sobre algún que otro comprador en la quiebra o dueño, entre comillas, de
las tierras; pero nada formal, solo comentarios de pueblo. Y porque tienen la
posesión del club hace más de 30 años, no le dio trascendencia”.
La zona donde se encuentra el campo de golf es la más cara de Alta Gracia (las
hectáreas que reclaman los Iaccarino podrían valer hasta 30 millones de
dólares). Hasta allí, durante la primavera de 1932, llegó la familia Guevara
Lynch con el pequeño Ernesto –conocido desde la Revolución Cubana mundialmente
como el Che– que jugaba con sus amigos en los terrenos hoy reclamados por los
Iaccarino (ver aparte).
El diario local Nuevo Sumario fue el primero que se ocupó del litigio entre los
empresarios de La Plata y la asociación civil que preside Ruarte. En un artículo
reciente firmado por la periodista Susana Salas informa sobre un intento por
ampliar la superficie del predio, a sabiendas de que se avanzó sobre bosque
nativo cuya tala está prohibida.
“En tanto, la Municipalidad de Alta Gracia afirma que las acciones del Alta
Gracia Golf Club para ampliar su cancha, y la instalación de un loteo privado en
el predio, a cargo del Fideicomiso La Rinconada, están en regla; la Secretaría
de Ambiente de la provincia de Córdoba admite que hubo un desmonte ilegal al
haberse violado legislación provincial y nacional. El accionar había sido
constatado en diciembre de 2008 por el Area de Fiscalización y Control Ambiental
de la Secretaría de Ambiente de Córdoba, que ordenó el cese de los trabajos.
Desde esa repartición se informó que no sólo se desobedeció la orden sino que se
reincidió, por lo que el club deberá abonar una multa que rondaría los 100 mil
pesos.”
Las topadoras utilizadas en el desmonte pueden observarse en clave simbólica. En
la tierra yerma que dejaron los militares a sus espaldas proliferaron
operaciones como la que denuncian los hermanos Iaccarino. El jefe de familia
sufrió un accidente cerebro vascular a los tres días de que sus hijos fueron
liberados. La madre permaneció diecisiete días detenida durmiendo en el piso de
una comisaría, alimentada a mate cocido. Alejandro recuerda que cuando la
llevaron ante el coronel Ricardo Flores Jouvet, el militar ordenó: “Lárguenla,
esta mujer está destrozada”. El 1 de enero del año pasado falleció a los 90
años.
“Todo comenzó cuando nos colocaron gente de Inteligencia en las sociedades que
teníamos. Eran Constructora Sureña Argentina Sociedad Anónima, Ilumbras SRL,
Ciatra, que hacía auditorías para empresas, la láctea ILSA, La Marta SA y El
Milagro. Sabían hasta de un campo que habíamos comprado en la localidad de Las
Tahonas, cerca de Verónica. Y hubo otros empresarios a los que les pasó lo
mismo; nosotros contabilizamos 266. Estuvimos detenidos con Ramón Miralles, el
ministro de Economía de Victorio Calabró, con Rubén Dieguez, el secretario
general de la CGT La Plata y el funcionario Alberto Liberman, todos salvajemente
torturados”, recuerdan Alejandro y Carlos.
El primero fundó en 1983 la Confederación Económica Argentina (CEA) que presidió
durante cuatro años y además integró la misión investigadora de la Comisión
Trilateral y el FMI en América latina. Era el hombre de los contactos
internacionales en la sociedad familiar hasta que los detuvieron, Carlos el
organizador y Rodolfo el responsable del personal, de quien dependían unos 150
empleados. Los tres hermanos fueron dejados en libertad por la dictadura el 4 de
septiembre de 1978 y, desde entonces, son guiados por dos ideas: conseguir que
les devuelvan el patrimonio que les saquearon los militares y organizar a los
empresarios que fueron secuestrados y saqueados durante la dictadura. “Nos
quedamos sin nada, destruyeron todo nuestro patrimonio. Yo ahora me quiero
jubilar, pero como nos robaron toda la documentación de nuestras oficinas, los
papeles no se consiguen. Parece una tontera, pero no nos dejaron ni los
muebles”, concluye Carlos. Los Iaccarino se reivindican continuadores del
ideario del ex presidente Arturo Frondizi, con quien trabajaron durante quince
años.
Fuente: Página 12
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