Indignaciones
Por Luis Bruschtein

Después de treinta años, los juicios a los represores de la dictadura siguen
siendo escenarios cargados de significados que trascienden a la propia justicia,
que sin duda es su principal razón. También se ponen en juego otros sentidos,
uno de los cuales es la construcción de un país posdictadura, un país que
decreta el fin del terrorismo de Estado, el golpismo y del rol de tutor de la
democracia para las Fuerzas Armadas.
Hay un correlato entre el discurso de Luciano Benjamín Menéndez cuando se leyó
su sentencia, el escándalo que generó Cecilia Pando en los juicios de Corrientes
y el retiro de Bussi de su juicio aduciendo problemas de salud por la edad.
Todos ellos plantean una especie de imagen contrapuesta a la que los tribunales
proyectan sobre la sociedad al ejercer justicia en relación con crímenes de lesa
humanidad cometidos desde el Estado. Insisten con el reloj atrasado, el de una
pretendida democracia con privilegios explícitos y vigilada por un brazo armado
que la sostiene.
Menéndez fue claro: se trató una guerra contra la subversión marxista que fue
derrotada en ese momento. Pero agregó que esos subversivos son los que tienen
ahora el gobierno. O sea, estaba diciendo que en vez de juzgarlo habría que
volver a hacer lo que ellos hicieron tan bien en los ’70.
Pando repartió amenazas a troche y moche en un supuesto arranque de nervios. Si
no lo hubiera hecho así, seguramente no hubiera tenido rebote en los medios.
Tenía que ser un escándalo a conciencia. Pero además, tenía que ser con amenazas
porque esa es la propuesta. En una democracia tiene que haber alguien amenazante
para que funcione. Y en su esquema, ese rol tiene que ser devuelto a las Fuerzas
Armadas.
Lo de Bussi está por verse, pero con los dos antecedentes previos, su aducida
enfermedad (pese a que los médicos habían diagnosticado que estaba en
condiciones de asistir al juicio), trata de mostrar a un viejo enfermo
victimizado por sus enemigos.
En los tres casos están discutiendo bastante más que las condenas concretas.
Están proyectando una discusión sobre el modelo de sociedad. Lo que ellos
defienden puede parecer tan anacrónico, tan obsoleto que promueve a engaño. El
engaño es creer que en Argentina ya no hay personas que piensen así. Que se
trata de un debate que quedó atrás. Las reacciones de odio y despecho que
brotaron en el conflicto por las retenciones demuestran que no es tan así. Hasta
podría decirse que asustan más esas reacciones en la sociedad civil que lo que
pueda estar pasando en las Fuerzas Armadas.
Y también es cierto que tanto Menéndez como Pando trataron de equiparar su
“indignación” contra el Gobierno, con la otra “indignación” que fue tan
naturalizada por los medios durante el conflicto. Tratan de comunicarse con esos
grupos sociales “indignados” del conflicto rural y establecer un puente de
identificación donde la indignación contra el Gobierno los iguala, y justifica
cualquier desborde, que no es visto como tal sino como una reacción natural de
la “gente”.
Equiparar esas dos “indignaciones” tanto por parte del Gobierno, como por algún
sector de la sociedad que respaldó a los empresarios rurales sería una
equivocación. No son iguales. Pero alguna razón debe existir para que tanto
Menéndez como Pando trataran de montarse en el humor que dejó el conflicto en la
sociedad.
Fuente: Página 12