Jeremías
13/08/08

Por Alberto Morlachetti

(APe).- En nuestro país suceden muchas cosas insólitas -no exentas de ingenio- como la construcción del Aeropuerto para “exportar aceitunas” de Anillaco en los tiempos legendarios de Carlos Saúl o las estadísticas maravillosas de Guillermo Moreno que fue pionero -en los tiempos cenicientos de Cristina- en visibilizar o invisibilizar a la pobreza, relativizando el impacto de la información de los científicos de la Universidad de Berkeley en EEUU de que pueden hacer invisibles objetos o personas. Las matemáticas emocionales del Secretario de Comercio se inscriben en el realismo mágico tratando de emular la desbordante imaginación de los gitanos de Macondo.
Aunque la realidad volverá con más pruebas como aquel árbol soñado por Chesterton que devoró los pájaros que habían anidado en sus ramas y que, en la primavera, dio plumas en lugar de hojas.
 

-I-


Con 4 años y 7 kilos Jeremías Guevara vivió en Nonogasta, una localidad de la provincia de La Rioja que declara 9.000 habitantes y cientos de niños desnutridos. Murió el 25 de julio abandonado por el gobierno que nunca le otorgó el derecho a la existencia a pesar de los mensajes del cuerpo saqueado de Jeremías que no pudo domiciliarse en la dulce costumbre de la vida. Los parientes llevando a hombros la caja blanca que contiene los restos de su semilla. El dolor no concede tregua. Está empapado de odio.
Pero la indiferencia ante la perversión o el horror se nos instaló en la sangre y nos hace parecidos, por no decir, semejantes, por no decir compatriotas. Este capitalismo pretende sustituir, en versión corregida, los desmanes del liberalismo. La distribución de la riqueza -profundo acto de amor- no pasa de una ligera oratoria de campaña.
 

-II-


Con grandes ojos como semillas y sonrisa de nísperos, los niños sobrevivientes de Nonogasta se abrazan entre ellos para que no quepa ninguna muerte más. Saben que aquí ser pibe es ir andando hacia el olvido. Y saldrán a pelearle a las noches como quien sale a descubrir la tierra después de un diluvio.
Pero esto suele ocurrir en épocas de intensa emoción donde la humanidad desdeña toda consideración material y alguna condición humana es capaz de ser el viejo perro del coraje y asustar a la muerte cuando viene a buscarlos. Pero esas épocas luminosas suelen ser fugaces. La condición permanente del hombre, tal como ha sido amasado, parece ser la codicia.

Fuente: Agencia Pelota de Trapo

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