"Cuidado, que viene el electricista"


 

Miguel Ángel Miño miraba a la puerta del Tribunal minutos antes de ingresar, acaso intuyendo que sería revictimizado con preguntas cuyo sentido resulta inexplicable.

Reynoso hoy se retiró abatido por las declaraciones de Miño

Con vos firme y serena, por momentos profundamente conmovido, el testigo Miguel Ángel Miño contó los horrores vividos en la dictadura por él, su madre y su padre.
Todo comenzó el 16 de noviembre de 1976. Irrumpen a su casa personal de Ejército, Policía Provincial y un hombre de civil que comandaba las acciones. "Entran golpeando, a mi me encierran en el baño y me pegan con golpes de puño y culatazos, de arma larga y pistola y a mis padres los golpean duramente", "ese día mi mamá había sido dada de alta de una operación y mi padre comete el error de decir que no le peguen porque había sido recientemente operada" tras lo cual la golpeaban precisamente en la herida de su reciente operación con la cabeza de su esposo a quien tomaban del pelo.
Dos hombres se destacaban por sobre el resto, el de civil por ser quien comandaba las acciones, y su lugarteniente, un flaco alto quién prevalecía por su crueldad.
Su madre se abrazaba a la columna de madera del patio para que no le sigan pegando en la panza, pero no sin decirles "peguen nomás que ni siquiera hombres son". La dignidad a veces se ve aún en medio del horror.
Los trasladan a la Jefatura, a él y a su padre, aunque no descienden allí y luego los llevan al RI9. Miño conoce bien el ex-Regimiento porque hacía educación física allí durante parte de su secundaria. Lo picanean en un lugar donde el piso era de tierra, sobre una cama metálica, en las tetillas, bajo el brazo y en los testículos lo que le provoca un dolor inenarrable. Ya estaba encapuchado, pero reconoce las mismas voces que habían estado en su detención, la de éstos hombres que se destacaban por sobre los demás. Cuando salen sus torturadores y lo trasladan a la cuadra, Miño pregunta a sus guardias quiénes lo habían torturado, y estos le dicen el Capitán De Marchi y el Teniente Losito.
Permanece seis días colgado por las esposas, sufrimiento que solo se interrumpe cuando se alimenta, cuando va al baño o cuando los propios soldados santiagueños que lo cuidaban le sacaban las esposas y le permitían descansar.
Las torturas eran de noche, siempre se sentían los gritos de dolor en horario nocturno, a él solo lo picanearon el primer día mientras le preguntaban por "el mono" (Vargas). Una noche pide para bañarse y se lo permiten, lava allí su ropa interior y la deja a secar en el mismo baño, a los dos días quiere ponerse su calzoncillo y solicita ir al baño y que le sea devuelta su prenda, a lo que le responden "no te preocupes que ya no la vas a necesitar" y luego le dicen "hasta acá llegaste". El aprieta los dientes y piensa que lo iban a matar, pero se ríen y lo devuelven a la cuadra. Se trataba de "una broma". La esposa de Piriz sonríe en la sala.
El 26 de noviembre lo trasladan hasta la Alcaidía y permanece allí hasta febrero de 1977, luego lo llevan a la U7 del Chaco y finalmente a La Plata, donde lo liberan precisamente un 26 de noviembre pero de 1981. Ingresó a los 19 años y le robaron lo mejor de su juventud.
Don Miño padre era un hombre duro, de pocas palabras, pero de tanto insistir mucho después de ser liberado confiesa a su hijo que había sido trasladado a Gendarmería, donde conversa mucho con el Comandante Arrúa, pero una vez lo trasladan y dan vueltas y vueltas y no puede precisar si lo traen de vuelta a la Gendarmería o en otro lugar, donde lo tortura Reynoso. Miño padre sobrevivió allí a dos paros cardíacos, pero quedaría con secuelas permanentes después de esa tortura: la impotencia sexual. En este punto Miño se quiebra y no puede evitar llorar. La esposa de Piriz ya no sonríe. Un ambiente de consternación se apodera de la sala.
Miño efectúa luego un reconocimiento de sus captores, De Marchi se para solo, entregándose, sin que nadie le pida, y Miño dice "ése es De Marchi", y aquél que está al lado del policía es Losito, identificándolos correctamente.
Luego de nombrar a ex-detenidos con los que se encuentra en la Alcaidía, entre los que estaban Carlos Achar, Chengo Almirón y otros testigos de la Causa RI9, es sometido a un extenso e inentendible interrogatorio del Abogado de Losito y Piriz, el Dr. Gesino, que mas parecía una revictimización que las preguntas de un simple abogado. Preguntaba y repreguntaba sobre cuestiones sobre las que ya había declarado. Insólito. Incluso le pidió que hiciera un croquis de la casa donde fue detenido. Miño no solo hizo el croquis, todo lo preciso que su destreza manual le permitía, sino que además contestó cada una de las preguntas sin fisuras.

Los amigos de Losito

Humberto Collino y Ricardo Colombo, precedieron la declaración de Miño y sostienen que Losito estuvo en Comodoro Rivadavia desde febrero de 1977. El primero declara muy brevemente, el segundo sin embargo se demora más y antepone a cada frase la palabra "creería" o "supongo". Términos que le pueden servir para no incurrir en falso testimonio, pero que poco ayudan a su "amigo" debido al carácter excesivamente dubitativo del mismo.
Esté último refirió que estuvo destinado en el Regimiento de Libres y es interrogado incisivamente por el Dr. Vigay, letrado de la Comisión de Derechos Humanos de Corrientes, quien pregunta si participó de operativos en Paso de Los Libres, lugar de donde es oriundo Vigay, y si conoce a el "Pata" Acosta, un estudiante libreño víctima de la dictadura. A todo respondió que no, visiblemente nervioso.

El asistente del jefe

Luego de Humberto Collino y Ricardo Colombo y antes que declare Miño contó su experiencia el ex-colimba Miguel Ángel Ríos, asistente del Jefe de la Compañía "A" quien reconoce de entrada la existencia de un lugar de detención dentro del RI9, pero parece esforzarse en conferirle un carácter lícito, tal es así que refiere que estaba custodiado por un hombre vestido de verde en la puerta (del lado de afuera), siendo el único testimonio, incluyendo todos los de la defensa y los de la querella, que ubica a un guardia fuera de la cuadra y no adentro como lo reconocen los propios suboficiales de jornadas anteriores.
Ríos sostiene algo muy importante y que perjudica no solo a Barreiro sino a los que declararon que éste hizo un curso de Comandos desde los primeros días de septiembre hasta mediados de noviembre. Dice que nunca dejó de verlo a Barreiro en la diana, desde que ingresó en abril del 76 hasta que terminó la colimba precisamente en noviembre de 1976, Barreiro siempre estaba allí, al igual que De Marchi, quien sostiene que desde agosto ya no iba al RI9 porque se había retirado.  Refiere además que había soldados santiagueños, en consonancia con lo relatado por las víctimas.
Empiezan a aparecer profundas causales de falso testimonio entre los testigos de la defensa, sobre todo los que han sido más audaces en sus declaraciones, pero seguramente esto se dará recién cuando se valore las testimoniales, lo cierto es que alguien miente entre los testigos de los imputados y los que no lo hacen parecen ser testigos de la querella porque complican cada vez más a los represores.

El colimba de 33 años

Le toca el turno a Miño, cuya declaración aparece en primer término en esta crónica, y luego viene Francisco Malfussi, de vocación "colimba".
Cuenta consternado que no supera la revisión médica del servicio militar obligatorio por problemas mentales o dentales, no se escucha muy bien. Aunque más tarde aclara que recibió muchos tratamientos odontológicos, de lo que puede uno estar casi seguro que se refería a problemas dentales efectivamente. No se cruzó de brazos y consiguió hacer la colimba, aunque recién a los 33 años, ya que la denegación del cuerpo médico del Ejército había constituido un deshonor para él, "un baldón", dijo.
Campechano, casi humorista, contesta muchos preguntas con un "si pue", incluso aquellas donde no parece estar muy seguro. Lo interesante de este testimonio es que señala que De Marchi fue convocado nuevamente al servicio activo por el "conflicto con Chile", razón de más para suponer que fue retenido también en el servicio activo para el conflicto que dio la excusa al Golpe de Estado: "la lucha contra la subversión".

El testigo estrella

Sin dudas, mas allá del conmovedor relato de Miño, el testimonio que más sorprendió fue el de Eduardo Bestar. Colimba en el "76 al igual que Ríos y al igual que él, reconoce que hubo un lugar de detención custodiado por soldados santiagueños, y no solo eso, cuenta que los sobornaba para que le acerquen a un primo que estaba detenido en el Centro Clandestino de Detención (CCD) lo que éste le pedía, tras enterarse que tenía afuera de la cuadra un benefactor: espirales para los mosquitos y cuestiones nimias pero importantes en ese contexto deshumanizado, como maquinitas de afeitar. También veía a Barreiro en la diana en todo momento pese a que éste decía haber ido a un curso de Comandos.
"No querían que nos acerquemos al CCD porque los detenidos eran correntinos y podíamos reconocerlos" dijo.
Ante la pregunta concreta de porqué no debían acercarse a los detenidos respondió "porque eran enemigos nuestros, así nos decían los oficiales" señaló. Sorprendida ante tantas revelaciones que complicaban a los imputados la Dra. Badaró, integrante del tribunal le preguntó lo que muchos en la sala querían saber ¿quien lo trajo como testigo? No sé, a mi me entregó una citación la policía dijo, yo a todos les dije que iba a declarar y a decir la verdad, tanto a la gente de DDHH como a un Comisario que vino a hablarme, "espero haber cumplido con todos" dijo el testigo de "la defensa".


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