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| Horacio y Olimpia Vargas, hermanos de Juan Ramón. |
Imagen: Leandro Teysseire
Horacio Ernesto Vargas tenía apenas 12 años cuando dos de sus cuatro
hermanos, Juan Ramón y Dora Elena, desaparecieron. En el mismo tiempo,
prácticamente en simultáneo, su padre estaba preso y otra de sus hermanas se
encontraba en un centro clandestino de detención junto con su esposo. El cuadro
de pérdidas y persecuciones familiares se completa con la desaparición de Dorita
Noriega, la novia de su hermano Juan Ramón. La joven estaba embarazada. El
diálogo de Página/12 con Horacio Ernesto Vargas hoy, a sus 46 años, es en la
puerta del Tribunal Oral Federal de esta ciudad. Lo acompaña su hermana mayor
Olimpia Vargas, que es la que estuvo detenida junto con su esposo. Los Vargas
esperan justicia por el caso de Juan Ramón Vargas, quien según consta en la
causa fue visto mientras estaba como detenido-desaparecido en el Regimiento de
Infantería 9 de esta ciudad. “Nuestra familia fue perseguida por ser peronista.
Ahora esperamos que en este juicio se sepa la verdad y sean castigados algunos
de los culpables, para que la sociedad correntina empiece a saber quiénes fueron
los responsables de los crímenes ocurridos durante la dictadura militar”, dice
Olimpia Vargas.
“Ellos –por los cinco militares acusados por las violaciones a los derechos
humanos ocurridas en el RI 9– están siendo sometidos a un juicio justo, con
todas las garantías constitucionales. Una garantía que no tuvieron ni mi hermano
Juan Ramón ni mi hermana Dora Elena”, comenta Olimpia. “No te puedo contar mucho
porque nosotros estábamos en Goya, donde vivíamos. A Juan Ramón lo secuestraron
en Corrientes, donde estaba cursando el segundo año de Odontología. Se lo
llevaron a mediados de noviembre de 1976 y después varios ex detenidos lo vieron
con vida en el Regimiento 9 de Infantería”, informa Horacio Vargas.
A Juan Ramón Vargas le decían El Mono y tenía 20 años cuando desapareció. Había
hecho la primaria en Goya y el título secundario lo obtuvo en la escuela
Presbítero Manuel Alberti de Goya. El diploma se lo entregó el entonces obispo
de esa ciudad, monseñor Alberto Devoto, fallecido en julio de 1984. El joven
Vargas, dice su hermana Olimpia, era “muy atlético, medía 1,80 y practicaba
fútbol, rugby, voley. Era morocho, de pelo largo y lacio, que se hacía crespito
en la parte de atrás. Luego se vino a Corrientes a seguir la carrera de
Odontología. Estaba en el segundo año”, cuenta su hermana Olimpia. Vargas fue
militante de la Juventud Peronista y de la Juventud Universitaria Peronista.
“Con el Mono, a quien yo conocía bien, nos encontramos una vez en el Regimiento
9 de Infantería. Lo trajeron al lugar donde yo estaba, cerca de los baños. Los
dos estábamos tabicados y esposados, pero igual pudimos reconocernos y hablar
unas palabras. Me dijo que lo estaban torturando mucho y que los interrogatorios
que le hacían eran muy duros. Por esa razón, me dijo que tenía la certeza de que
lo iban a matar.” El relato se lo hizo a este diario José “Chengo” Almirón, un
ex detenido-desaparecido que dará su testimonio en el juicio por los hechos
ocurridos en el RI-9, en el que están siendo juzgados el capitán retirado Juan
Carlos Demarchi, los coroneles Horacio Losito y Rafael Manuel Barreiro, el
oficial de la misma fuerza Carlos Roberto Piriz y el gendarme Raúl Alfredo
Reynoso.
Florentina Alegre, la madre de los cinco hermanos Vargas, que ahora tiene 80
años y sigue pidiendo justicia, tuvo información, a fines de 1976, sobre la
presencia de Juan Ramón en el RI-9. “Por eso fue a preguntar, pero le niegan que
estuviera allí. La mandan a la Jefatura de Policía, donde también le niegan
todo. De todos modos, había otros prisioneros que lo habían visto”, afirma
Olimpia, quien había sido detenida el 14 de octubre de 1976, un mes antes que su
hermano. Junto con ella se llevaron a su esposo, Osmar Elías Bello. Mientras
Olimpia estuvo presa cuatro años y medio, Osmar completó los cinco. Los dos
estuvieron en un centro clandestino de detención que funcionó en Goya y luego
pasaron por la Alcaidía del Chaco y por cárceles de la Capital Federal.
“Mi mamá pidió hablar con (el general Cristino) Nicolaides, pero nunca la
atendió”, recuerda Olimpia. “Mi madre, junto con mi padre, Crisóstomo Vargas, ya
fallecido, hicieron todas las denuncias posibles, ante la Conadep y ante todos
los organismos de derechos humanos. Mi padre, que también era militante
peronista, estuvo detenido un mes y medio cuando ya tenía 65 años. Cuando nos
detienen a mí y a mi marido, mi papá ya estaba preso. Mi mamá tuvo que salir a
reclamar sola por sus hijos, su yerno, su marido. Ahora sigue su lucha, a los 80
años. Todavía no vino al juicio oral porque está cuidando a una hermana mayor de
ella que está enferma.”
“Nosotros somos cinco hermanos, tres mujeres y dos varones. Los que están
desaparecidos son la tercera y el cuarto”, precisa Horacio Vargas.
“Mi hermana desaparecida se llama Dora Elena. Fue detenida-desaparecida en San
Francisco Solano, en la provincia de Buenos Aires. Ella también era de la
Juventud Peronista. La detuvieron en noviembre de 1977. La nuestra es la
historia de una familia que ha sufrido la represión a partir de 1976,
simplemente por ser todos peronistas”, insiste Olimpia.
En la casa paterna de Goya, donde todavía viven, sufrieron varios allanamientos.
“La represión en Goya fue muy dura, contra la JP y contra las Ligas Agrarias, en
la zona rural. Otros que también fueron perseguidos fueron los profesores del
Instituto Superior José Manuel Estrada. Muchas profesoras del instituto fueron
detenidas por mucho tiempo y las torturaron”, explica Olimpia Vargas.
“Junto con mi hermano Juan Ramón desapareció su novia, Dorita Noriega, quien
estaba embarazada. Dicen que perdió el bebé estando en cautiverio” (en el RI-9),
precisa Olimpia. En el juicio oral que comenzó aquí el martes pasado, se leyeron
terribles relatos sobre la suerte corrida por Dorita Noriega. “Yo no llegué a
conocerla porque estaba presa.” Olimpia hace saber, además, que su hermana
desaparecida, Dora Elena, también estaba embarazada, de tres meses, cuando la
secuestraron en una esquina de San Francisco Solano. “Estaba esperando el
colectivo para ir a trabajar. Allí la ‘levantaron’, como se decía en ese tiempo,
y después no tuvimos ninguna referencia acerca de su paradero. Ella estaba
estudiando Veterinarias en Corrientes capital y se fue porque se enteró que la
andaban buscando. La hicieron desaparecer en Buenos Aires, donde seguía la
carrera.”
Los hermanos Vargas ahora esperan un poco de justicia. “Después de más de
treinta años se empieza a hacer justicia. Nosotros esperamos una condena
ejemplar en un juicio justo y legal, como no lo tuvieron nuestros hermanos y
tampoco los demás detenidos-desaparecidos”.
Fuente:
Página 12