EL MALEVO FERREYRA SE PEGÓ UN TIRO CUANDO ESTABAN A PUNTO DE DETENERLO POR UNA
CAUSA DE LA REPRESIÓN
Un final a toda sangre para la televisión

El ex policía tucumano, condenado por violencia y gatillo fácil, brindaba un
curioso reportaje mientras la Gendarmería rodeaba su casa. Al terminar, sacó un
arma y se disparó ante la cámara. Estaba acusado por una muerte y una violación
durante la dictadura.
Por Pedro Lipcovich
“He tratado de obrar con la mayor coherencia”, dijo Mario Ferreyra mientras, con
absoluta serenidad, se disponía a matar a un hombre que, en este caso, era él
mismo. “Bienvenidos –les había dicho a los periodistas de Crónica TV–, porque
van a trasmitir algo que es real.” Segundos después, se disparó un tiro en la
sien; la sangre empapó a uno de sus siete hijos, que lo abrazaba ya muerto,
mientras los ojos en blanco del ex comisario empezaban a multiplicarse en las
pantallas de la televisión.
Todo sucedió sobre el tanque de agua del techo de su casa, adonde una comisión
de Gendarmería había llegado para detenerlo, acusado de participar en la
detención ilegal de un hombre y en la violación de una mujer durante la última
dictadura militar. El Malevo había saltado a la fama en 1993, cuando escapó de
la sala donde un tribunal acababa de condenarlo por el asesinato de tres hombres
en 1991, cuando comandaba la Brigada de Investigaciones de Tucumán. Luego de 79
días fugado en el monte, fue detenido. Pero sólo pasó cuatro años y medio preso:
en 1998, gracias a dos reducciones de pena dispuestas por el entonces gobernador
Antonio Bussi, recuperó la libertad. En 2006 fue nuevamente detenido por
lesiones, amenazas de muerte y tenencia de armas, pero otra vez lo dejaron
libre. El 11 de noviembre pasado, nuevamente un juez había dispuesto su captura,
por primera vez en relación con la represión ilegal que había comandado Bussi.
El 11 de noviembre pasado, el juez federal subrogante Nº 1 de Tucumán, Daniel
Bejas, libró orden de detención contra Ferreyra y contra el ex comisario
Francisco “Pancho” Orce, en la “megacausa” que investiga la existencia de un
centro clandestino de detención en el ex arsenal Miguel de Azcuénaga, durante la
última dictadura militar. La investigación se refiere a unas 80 víctimas de un
total de mil, que se estima pasaron por ese centro durante la intervención
militar de Bussi, en Tucumán. Ferreyra y Orce están acusados de haber
participado en la privación ilegítima de la libertad de Carlos Osores y en la
violación de Graciela Osores, su hermana.
La medida tomada por Bejas había sido recomendada por los jueces Ernesto Wayar,
Graciela Fernández Vecino y Marina Cossio de Mercau en su fallo del 17 de
septiembre pasado, que confirmó el procesamiento de Bussi, Luciano Benjamín
Menéndez, Alberto Cattáneo y Mario Alberto Zimmermann por delitos de lesa
humanidad cometidos en el ex Arsenal; en el caso de Bussi, se le imputó la
autoría material del homicidio de Luis Eduardo Falú (hermano de Ricardo Falú, ex
diputado nacional y ministro de la gobernación de Ramón Ortega).
Ayer, antes de suicidarse, Ferreyra sostuvo que “persiste la actitud de
querernos detener. Si no hay decisión suprema, esto no va a tener fin. La
policía –afirmó– tiene que adaptarse a cualquier tipo de gobierno, y somos
nosotros los que tenemos que pagar las consecuencias”. El jueves pasado, la
Justicia había dispuesto medidas de protección para los jueces Bejas y Alicia
Noli y para la asesora en derechos humanos Laura Figueroa, quienes habían sido
amenazados por Ferreyra.
Antes de 1991, como jefe y caudillo de la Brigada de Investigaciones –sombrero
Panamá, camisas negras, patillas inmensas–, había protagonizado varios
amotinamientos policiales durante el gobierno de Ramón Ortega. El 10 de octubre
de ese año, al mando de ocho efectivos, persiguió a tres hombres; no vaciló en
salir de su jurisdicción, en la provincia de Salta, los capturó y, en Laguna de
los Robles, los mató a tiros. Después pretendió que había sido un
enfrentamiento, pero el 14 de diciembre de 1993, la Sala I de la Cámara Penal
tucumana los condenó, a los nueve, a cadena perpetua por homicidio. Cuando
terminó de leerse el fallo, el Malevo, esgrimiendo una granada de mano que nadie
le había impedido portar, se alzó y, contemplado por los agentes de custodia,
escapó con cinco de sus hombres. Estos se entregaron poco después, pero Ferreyra
huyó al monte. Lo acompañaba María de los Angeles Núñez, de 19 años, que estaba
embarazada de él. Pasaron 79 días hasta que una patrulla lo rodeó y lo capturó
cerca del pueblito de Zorro Muerto, en Santiago del Estero.
Sin embargo, Antonio Domingo Bussi, gobernador de Tucumán, en septiembre de 1996
le redujo la condena a 20 años, y en diciembre de 1997 se la achicó otro diez
por ciento. La buena conducta en la cárcel, obviamente acreditada por el
Servicio Penitenciario provincial, le permitió obtener la libertad condicional
el 16 de septiembre de 1998. Dos días después ya tenía trabajo como “supervisor
de cobranzas” en una empresa cuyo dueño era Jorge Soria, ex integrante de la
Brigada de Investigaciones. El sábado 20 fue homenajeado con un asado por 300
personas –muchas llevaban sombreros como el del Malevo–, en el que participó
Enrique Artigas, secretario de Salud del gobierno de Bussi.
En 2003, corrió riesgo de perder la libertad condicional por trabajar en una
empresa de seguridad privada, pero nada sucedió. En 2006, una vecina lo
denunció, a él y a María de los Angeles Núñez, por pegarle hasta causarle
lesiones y amenazarla de muerte. Cuando, por orden del fiscal, fue allanada su
vivienda, se encontraron armas de fuego y proyectiles –todas conductas
prohibidas en una persona bajo libertad condicional– y se ordenó su detención.
Después de dos semanas, el 10 de mayo, se entregó. Pero el 3 de junio la jueza
Emma de Nucci le restituyó la libertad condicional, bajo una caución de 5000
pesos. En noviembre de 2007, el propietario de una granja en la localidad de
Mista lo acusó de haber ingresado en sus tierras con maquinaria pesada y, junto
con varios cómplices, haber cosechado por su cuenta 20 hectáreas de terreno,
llevándose 25 toneladas de cereal por valor de 12.500 pesos. Ferreyra declaró
ante una fiscalía, y tampoco esa vez le fue retirada la libertad condicional.
Subnotas:
El video de la polémica
“Van a transmitir algo real”, aseguró el Malevo Ferreyra a la periodista y al
camarógrafo de Crónica TV. Por “algo real” se refería al momento en que tomó un
arma de fuego y se disparó un tiro en la sien. Y no se equivocó. Las cámaras no
dejaron de registrar la imagen del cuerpo sangrando sin cesar, así como tampoco
la cronista dejó de relatar lo que sucedía a cada instante, dando nacimiento a
un video que el canal de noticias porteño ya considera un “documento histórico”
y que promete generar un debate sobre la ética en la profesión periodística.
En las primeras horas de la tarde de ayer, Ferreyra dejó ingresar a su casa a un
equipo de Crónica TV para que le hicieran una entrevista. Se encontraba
atrincherado en lo alto de una torre donde está ubicado el tanque de agua de la
vivienda, cercada por miembros de Gendarmería.
El eje de la entrevista fue la posible reacción del ex comisario frente a la
avanzada de los gendarmes. La cronista le formulaba preguntas como “¿Usted cree
que ellos pueden llegar a ingresar a la fuerza, generando un verdadero caos?”,
“¿está armado y dispuesto a lo que sea?”, “¿de sacarlo, lo sacarían muerto?”, y
hasta la consulta sobre si había solicitado la extremaunción.
“Esto no tiene fin si no hay una acción suprema”, respondió en un momento, en
alusión a los juicios por la represión. La “acción suprema” fue tomar un arma,
llevarla a la sien y efectuar el disparo. Luego vendría el griterío de la
familia y los insultos a los gendarmes, todo prolijamente filmado y repetido
reiteradamente por el canal.
La saga de las muertes
Tucumán fue la cuna del terrorismo de Estado. Fue el general Adel Vilas quien
instauró allí en 1975 la tortura como método e instaló el primer centro
clandestino en Famaillá. En 1985 el nombre del Malevo Ferreyra integró la lista
de represores que elaboró la Comisión Bicameral Investigadora de las Violaciones
de Derechos Humanos provincial. Pero durante 33 años nadie le pidió
explicaciones. La reapertura de las causas en 2003 se tradujo allí en dosis
homeopáticas de justicia. En cinco años la lista de procesados no llega a diez:
todos altos mandos militares. La parálisis derivó el mes pasado en una
recomendación de la Cámara Federal al juez Daniel Bejas para que citara a
indagatoria a secuestradores y asesinos. Mientras Su Señoría analizaba la orden,
Ferreyra habló en los medios, amenazó a sus acusadores y luego de alegar contra
el proceso de justicia se dio el lujo de matarse ante cámara. Tal como ocurrió
con el prefecto Héctor Febres y los coroneles César Anadón y Paul Navone, por
decisiones de jueces federales un represor vuelva a burlarse de la Justicia y de
toda la sociedad.
Un clásico de la mano dura
Por Luis Bruschtein
El Malevo Ferreyra había fundado una corriente política que se llamaba
“Horizonte Norteño”, Honor, al que calificaba de partido “itinerante”, o sea,
apoyaba al que le parecía mejor, aunque siempre apoyó al mismo: el de su viejo
jefe durante la dictadura y ex gobernador Antonio Domingo Bussi. Parecía el
personaje cantado de una novela negra mediocre, el del malo que tiene cosas
buenas, el lugar común del pistolero valiente que al final, en la realidad, se
achica hasta el drama mezquino del personaje violento, acostumbrado al ejercicio
impune del poder de vida y muerte sobre los demás, que no puede concebir que la
justicia es igual para todos, incluso para él.
En 1986 fue absuelto por la muerte del “Prode” Correa. En 1988 fue acusado
nuevamente por el crimen de un jefe de los “Gardelitos”. El cadáver del hampón,
que estaba en la morgue policial, fue rociado con ácido y se perdieron todas las
pruebas. El comando Atila, un grupo clandestino formado por efectivos
policiales, había acudido en su ayuda.
En 1991 secuestró a tres ladrones en Salta, los llevó a Tucumán, donde los tuvo
encerrados un día entero y después los fusiló en Laguna de los Robles. Fue
condenado a cadena perpetua en 1993, pero en 1996 Bussi, entonces gobernador, le
bajó la pena y pudo salir en libertad en 1998. “Es un hombre de la ley y el
orden –dijo en ese momento Bussi, que seguramente se ha excedido, pero que
revela en su encarcelación una conducta ejemplar–.” Volvió a estar preso y se
las arregló para salir nuevamente.
El Malevo había hecho escuela durante la dictadura. Había aprendido junto a
Bussi que quien tiene el poder, tiene todo. Había visto cómo se despersonalizaba
a los prisioneros, cómo se los torturaba y cómo se los asesinaba. El que tiene
el poder es más que las personas comunes. Es el ángulo primitivo sobre el que se
basa la mano dura, el espíritu glorioso de los linchamientos.
Antes de fundar Honor, en 1999 tenía el partido “Fidelidad y Honestidad
Republicana”, que era un sublema del partido bussista “Fuerza Republicana”, que
llevó como candidata a diputada a su mujer, María de los Angeles Ferreyra.
En el ’93, cuando era juzgado por el triple asesinato, el comisario se fugó con
ayuda de sus secuaces y se ocultó en un rancho de Pacará Pintado, en las afueras
de la ciudad de Tucumán. Una vecina se quejó de que los caballos del prófugo
invadían sus terrenos y se enredó a gritos y puteadas con la esposa del Malevo.
La represalia no tardó en llegar. El Malevo juntó 30 hombres, balearon la casa
de los vecinos, golpearon a toda la familia y los amenazaron de muerte.
Para algunos tucumanos, el Malevo era el héroe de la lucha contra la
inseguridad. Un paladín de la ley, como dijo Bussi. La brutalidad como símbolo
del orden y el progreso. Un hombre violento y descontrolado empujando el
progreso. Una imagen que se propone todos los días en todo el país. El progreso
de la mano de la brutalidad. También era la idea básica de la dictadura, de
todas las dictaduras. No es tan casual que en este caso se entrelacen en la
mismo figura.
Porque el pedido de mano dura encarna inexorablemente en esos personajes que
actúan el lado oscuro de quienes la reclaman. Ellos hacen secretamente lo que
les repugna a quienes lo aclaman. Y quienes después se horrorizan cuando la
salvajada se hace pública. El Malevo fue el protagonista oscuro de ese pacto,
igual que sus víctimas. Un pacto que está latente cada vez que “ciudadanos
intachables” piden mano dura. Porque alguien tiene que hacer lo que ellos piden
(lo que al mismo tiempo ellos no pueden o desprecian hacer porque son ciudadanos
intachables). Es el reclamo para que alguien peor que los delincuentes actúe en
sus nombres. Una forma de delegar la brutalidad y la violencia que está en ellos
mismos. Por eso, el Malevo estaba convencido de que actuaba en nombre de los que
piden mano dura. Y no se equivocaba. Era un producto de ese reclamo.
Fuente: Página 12