TENSIÓN EN TUCUMÁN DURANTE EL VELATORIO DEL EX REPRESOR Y EX POLICÍA SUICIDADO
La última amenaza del Malevo

Su viuda juró “matar” por venganza, mientras ex policías decían que fue un buen hombre. Intimidaciones.



Por Carlos Rodríguez

”Lo hizo para perpetuarse, para quedar en la historia. En Tucumán, a partir de la figura de (Antonio Domingo) Bussi y de la dictadura, mucha gente tiene incorporado el discurso de la mano dura, de la ley y el orden. Y en ese marco, para muchos, el Malevo Ferreyra no era un asesino, era un justiciero.” El periodista, de un diario alternativo de Tucumán, definió el perfil del policía tucumano Mario “El Malevo” Ferreyra y analizó el porqué de su cinematográfico suicidio, el viernes, frente a las cámaras de Crónica TV, imágenes cuya difusión fue prohibida por una jueza porteña, por pedido del presidente del Comité Federal de Radiodifusión (Comfer), Juan Gabriel Mariotto (ver nota aparte). “Fue fanfarrón y prepotente hasta el último minuto de su vida. Se mató para no sufrir la humillación de una nueva condena por asesino.” Otro periodista, de un medio importante de la provincia, coincidió en la visión de un “suicidio premeditado, para convertirse en un mito para sus seguidores”. Los dos periodistas pidieron reserva del nombre, por razones de seguridad, mientras que los abogados de Derechos Humanos de Tucumán también se llamaron a silencio, por ahora. “El clima en la ciudad está muy denso, es mejor esperar”, comentó una dirigente local ante la consulta de PáginaI12. La decisión fue tomada luego de una reunión que se hizo ayer por la tarde.
Para alimentar el mito, anoche los familiares del Malevo Ferreyra seguían velando sus restos a cajón abierto, preservando los elementos que lo hicieron famoso. Su imagen era la misma que levantaba desprecio en muchos y que, al parecer, genera devoción en otros tantos: lucía su típico sombrero de paja y su camisa negra de siempre, lo que disimulaba la mortaja que cubría parte del cuerpo.
El sepelio fue demorado para hoy a las 11, en el cementerio de la localidad de Los Pereyra, Cruz Alta, al este de San Miguel de Tucumán, donde había nacido hace 63 años. Los allegados confirmaron que Ferreyra será enterrado con su sombrero característico. El velatorio comenzó ayer, antes del mediodía, y ayer por la tarde se esperaba la llegada de otros familiares, su madre y un hermano, que viven en Buenos Aires, y un hijo que reside en los Estados Unidos.
La vigilia, que anoche se hacía a la luz de las velas, era amenizada por sus ex compañeros de armas llevar, policías y algunos ex militares o paramilitares. “Era un tipo que siempre iba de frente, que se jugaba por la sociedad. No era un asesino como dicen los de los derechos humanos”, expresó en voz alta un ex policía, como para que lo escucharan los periodistas y fotógrafos de los medios locales que fueron hasta la finca de San Andrés, donde vive la familia Ferreyra, a cubrir el velatorio. “Cuando entrábamos con él en algunos barrios peligrosos, los delincuentes nos respetaban, porque él se sabía hacer respetar”. Para imponer tanto “respeto” cometía atropellos, torturas y asesinatos, de los que fue acusado a lo largo de toda su vida.
Por un triple crimen, cometido en 1991, cuando se desempeñaba como jefe de la Brigada de Investigaciones, fue condenado en 1993 a la pena de prisión perpetua, pero en septiembre de 1996, por un decreto del entonces gobernador Antonio Domingo Bussi, le redujeron la condena a 20 años y un año después a 18. Desde septiembre de 1998 comenzó a gozar de salidas transitorias para ir a trabajar y en 2002 obtuvo la libertad condicional. A pesar de tantos beneficios, ayer, sus ex compañeros, seguían expresando sus críticas “a la persecución del gobierno nacional y provincial, que llevó a la muerte al mejor policía que tenía la provincia”. Comentarios de este tipo se repetían a cada minuto.
María, la esposa de Ferreyra, estaba ayer acompañada por cuatro de sus hijos. En medio del llanto, juró venganza: “Me voy a encargar de hacer justicia. Si tengo que matar al hijo o al nieto lo voy a hacer”, aseguró la viuda ante un grupo de allegados y ante los medios de prensa locales.
No precisó a quien se dirigía, aunque muchos pensaron en el juez federal subrogante Daniel Bejas, que investiga los crímenes cometidos durante la dictadura militar en el ex arsenal Miguel de Azcuénaga, y que fue quien pidió, el 11 de noviembre, la detención del Malevo.
La abogada María Arraigada, que representa a los familiares de Ferreyra, culpó a la Gendarmería por el suicidio de su cliente. “No me dejaron trabajar. Nos dieron diez minutos para que entráramos a disuadirlo, pero cuando caminábamos hacia la tranquera para hablar con él, irrumpieron los gendarmes y entre gritos, escuchamos el disparo”.
Los familiares tuvieron ayer un entredicho con los policías, en actividad, que habían hecho un cerco en torno de la casa donde se hace el velatorio. “Déjennos elaborar el duelo, pongan una guardia mínima”, le manifestó uno de los hijos del Malevo al jefe del operativo. Una bandera roja había sido colgada en lo alto del tanque de agua al que se subió Ferreyra para resistir la detención. En ese lugar se suicidó ante las cámaras de Crónica Televisión. Todavía se observaban los restos de sangre que había dejado el policía, en su gesto final.
Ayer, durante todo el día, fue incesante el paso de amigos, vecinos y parientes que le dieron el último adiós, en la vivienda que está en la calle Del Cielo, en el barrio San Andrés. “No tengo nada que ver. Que investiguen, que vayan a los lugares, que busquen. Si miento, que me fusilen”, había dicho Ferreyra negando su participación en los crímenes ocurridos durante la dictadura militar.
Laura Figueroa es la abogada que lleva la causa en representación de la parte querellante. Ayer, por la tarde, participó de una reunión con dirigentes de varios organismos de derechos humanos. Resolvieron llamarse a silencio, por ahora, dado que existe en la provincia “una gran tensión y no queremos alimentar reacciones de ningún tipo”, le dijo a este diario una dirigente provincial. “El clima está muy tenso y todos saben que la gente que rodea al Malevo es gente de acción. La situación es complicada porque incluso, antes de morir, Ferreyra había amenazado a quienes lo estaban acusando.”

Subnotas

Propias palabras

Las frases del Malevo Ferreyra lo pintan de cuerpo entero:
- “Yo pensaba en ser del Ejército, por eso a los 11 o 12 años ya sabía mucho de la historia de los próceres de la Argentina, de los caudillos. Era como leer novelas”.
- “En un tiroteo nadie puede medir ni sincronizar nada; todo es instinto, como si desapareciera la persona”.
- “Yo digo que las luchas no se ganan con flores. Siempre tienen que costar algo”.
- “Mi ídolo en Argentina fue Perón; en la parte democrática, Kennedy, y como militar, Franco”.
- “Yo no me arrepiento de nada de todo lo que hice”

Prohibido por el Comfer

El titular del Comfer, Gabriel Mariotto, aseguró ayer que está “muy contento” por la decisión que tomó la jueza en lo civil 84, Martha de Gómez Alsina, quien dispuso la medida cautelar de prohibir a Crónica TV la emisión de imágenes relacionadas con el suicidio del comisario Mario “Malevo” Ferreyra. “Se trata de una medida muy interesante para analizar y que sentará jurisprudencia para la defensa de la infancia y la sociedad”, dijo Mariotto en declaraciones periodísticas. Mariotto dijo que la medida “se ajustó a derecho, reconociendo poderes constitucionales como el derecho a la niñez. Estoy satisfecho con la labor de la justicia y de los medios que no se colgaron a emitir esas imágenes”. La medida cautelar había sido solicitada a la jueza por el propio titular del Comfer. De todos modos, Mariotto adelantó que el ente oficial “va a proseguir con el trámite administrativo (para impedir la difusión de las imágenes), pero debíamos proteger los derechos de los niños y por eso hicimos la presentación ante la justicia”. Sobre las imágenes difundidas en vivo, anticipó que “si se infringieron artículos de la ley, la falta grave tiene distintas sanciones, desde la suspensión de publicidad a la quita de la señal”.

Bussi, Tuerto y un Malevo

Mario Ferreyra fue, junto con el general Antonio Bussi y el comisario Roberto Heriberto Albornoz, alias “El Tuerto”, miembro de una trilogía que impuso el terror en Tucumán. Aunque su actividad, en la dictadura, fue siempre entre los grupos “operativos” y menos expuesta que en los últimos veinte años, se sabe que trabajó a las órdenes de Albornoz, quien fue subjefe de la Policía de Tucumán. Por su actuación, Albornoz fue acusado, en su momento, en 44 casos de tortura y privación ilegal de la libertad. Cuando supo de las acusaciones en su contra, Ferreyra negó los cargos. “Me acusan porque ellos necesitan presos, y a mí saben dónde encontrarme.” Hizo responsables de su situación a la camarista federal Alicia Noli y a la abogada de Derechos Humanos Laura Figueroa. “Cobran 250 mil pesos por cada preso por los desaparecidos”, le aseguró al diario La Gaceta.

Contratapa

Putos y malevos

Por Sandra Russo

El Malevo Ferreyra terminó siendo un pobre infeliz sobreadaptado. Un falso titán que jugó sucio porque sus superiores se lo mandaban. Un esforzado cadete que hizo los trámites que le pedían. Matar a éste, matar a aquél. “La policía tiene que adaptarse a cualquier tipo de gobierno y somos nosotros los que tenemos que pagar las consecuencias”, dijo mientras su sobreadaptación se dirigía a Crónica TV, y estaba a punto de ofrecerse en un sacrificio sádico de dimensiones notables, toda vez que ahora hay que cuidarse de la espantosa visión del “documento histórico”, esto es: su éxtasis, agonía y muerte.
Tienen eso los malevos, y no lo tienen los putos, que son los antagonistas que les tocan. Tan infeliz fue Ferreyra, que no murió como un valiente, sino como un cholulo. La lectura de la realidad que hacía el ex policía quedó marcada por las palabras ya transcriptas. El se adaptó a lo que había que adaptarse, en la provincia que gobernaba Bussi. Y se adaptó mejor que nadie. Su fama de malevo llegó acompañada de sus primeros crímenes flagrantes. No hacía lo que había que hacer. Era un malevo. Iba más allá. No buscaba detener. Buscaba exterminar. Y a su alrededor, en esa provincia que después lo votó a Bussi, la gente hablaba del Malevo Ferreyra con admiración, como si ir más allá de un límite cualquiera fuera una virtud muy masculina. Lo estoy viendo en una foto: mira a cámara recio, como un galán de Pasión de Gavilanes. Cruza los brazos con la camisa negra arremangada en los codos. Un solo botón desabrochado. Las patillas canosas le envuelven la cara como un collar surrealista, los bigotes tupidos sugieren testosterona, las bolsas en los ojos le dan experiencia, y el sombrero Panamá lo caracteriza. Es un disfraz del malevo rural que acecha en un Lejano Oeste autóctono, en un más allá o un antes de la ley, salpicado con una pizca de falangista.
Tienen eso los malevos y no lo tienen los putos, decía al comienzo del párrafo anterior, porque los putos, en ese imaginario tosco del que nacen nuestros estereotipos, son gallinas. Mariquitas. Me acuerdo del estereotipo de puto que hacía Fabián Gianola: “Ay, salí”, podría haber sido su frase de cabecera, espantado por una avispa, una cucaracha o una mujer. Un puto es un hombre al que le falta algo. Lo que al malevo le sobra: falo. Estas interpretaciones ridículas a todas luces y evidentemente caprichosas son las que laten y concretamente latieron en las últimas décadas bajo infinidad de crímenes aberrantes. Quiero decir: una noción de hombría.
Me acuerdo de Billy Elliot, la película británica basada en la novela de J. A. Cronin, en la que en una familia de mineros en huelga en la que acaba de morir la madre, un chico de diez años debe cultivar en secreto su pasión por la danza, porque su padre y sus hermanos querían que fuera boxeador. Otro caso de putos y malevos. Malevos eran los boxeadores que además soportaban la mina y que iban a la huelga, mientras un bailarín no podía ser otra cosa que un puto. Ni boxeador ni minero ni huelguista. Nada honorable, nada de hombre. Hay una larga tradición de atributos masculinos repartidos así, con una cáscara de hipocresía naturalizada, según la cual un hombre debe sobrellevar cierta cuota de violencia para autoafirmarse. De esta fuente de agua podrida salen matones a sueldo, maridos golpeadores, patovicas, sádicos, explotadores, violadores, en fin, toda la gama de hombres violentos ha saltado la cerca, ¿pero qué cerca? ¿Quién pone límite a aquél cuya fascinación proviene de traspasar los límites?
Estas reflexiones vienen a cuento de las palabras de Ferreyra antes de matarse ante Crónica TV. En esa adaptación denunciada sin conciencia. Precisamente, la denuncia consistió en sacarse el disfraz de esa manera: Ferreyra fue un hombre sin conciencia, un cuerpo y una mente tomados por un rol. Pero no fueron sólo “los gobiernos” a los que se adaptó el ex comisario, sino también a ese borde en el que la palabra “malevo” resuena con eco de macho en los confines del pensamiento colectivo. A esa mirada social aprobatoria de la mano dura, del disparo a quemarropa, de la emboscada fuera de la ley. Lo mismo encarnaron Patti, Rico, Seineldín. Malevos que una parte de esta sociedad admira, reclama, libidiniza. Fue tan sobreadaptado el hombre, que hasta se privó de ser dueño de su muerte. La entregó, como entregó su honor, al representante de algún poder, de un superior. Quizá porque era tucumano, y en Tucumán esa dosis de mirada aprobatoria sobre la ilegalidad parece resistirse más a cambiar de eje. Lo vimos en el juicio contra Bussi, quizás el malevo más arrobador que tuvo esa sociedad.
“‘El fin justifica los medios’ es una frase que representa al maquiavelismo y quiere significar que gobernantes y otros poderes han de estar por encima de la Etica y la Moral dominantes para conseguir sus objetivos o lograr llevar a cabo sus planes.” Textual de Wikipedia. Y bastante sencillo de enlazar con el pobre Malevo Ferreyra, y que por nuestra historia estamos obligados a rechazar siempre, en cualquier circunstancia, ante cualquier dilema. Sin ir más lejos, el de la seguridad.

Fuente: Página 12

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