CINCO NUEVOS TESTIMONIOS SOBRE BERGOGLIO EN 1976
Recordando con ira
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Marina Rubino (con su esposo, Pepe
Godino). La teóloga escuchó de labios del obispo Raspanti que Bergoglio
le impidió recibir en su diócesis de Morón a Yorio y Jalics. Días
después los secuestraron. |
El rol del ahora cardenal Bergoglio en la desaparición de sacerdotes y el apoyo
a la represión dictatorial es confirmado por cinco nuevos testimonios. Hablan un
sacerdote y un ex sacerdote, una teóloga, un seglar de una fraternidad laica que
denunció en el Vaticano lo que ocurría en la Argentina en 1976 y un laico que
fue secuestrado junto con dos sacerdotes que no reaparecieron. La iracunda
reacción de Bergoglio, quien atribuye al gobierno el escrutinio de sus actos.
Por Horacio Verbitsky
Cinco nuevos testimonios, ofrecidos en forma espontánea a raíz de la nota “Su
pasado lo condena”, confirman el rol del ahora cardenal Jorge Bergoglio en la
represión del gobierno militar sobre las filas de la Iglesia Católica que hoy
preside, incluyendo la desaparición de sacerdotes. Quienes hablan son una
teóloga que durante décadas enseñó catequesis en colegios del obispado de Morón,
el ex superior de una Fraternidad sacerdotal que fue diezmada por las
desapariciones forzadas, un seglar de la misma Fraternidad que denunció los
casos al Vaticano, un sacerdote y un laico que fueron secuestrados y torturados.
Teóloga con minifalda
Dos meses después del golpe militar de 1976 el obispo de Morón, Miguel Raspanti,
intentó proteger a los sacerdotes Orlando Yorio y Francisco Jalics porque temía
que fueran secuestrados, pero Bergoglio se opuso. Así lo indica la ex profesora
de catequesis en colegios de la diócesis de Morón, Marina Rubino, quien en esa
época estudiaba teología en el Colegio Máximo de San Miguel, donde vivía
Bergoglio. Por esa circunstancia conocía a ambos. Además había sido alumna de
Yorio y Jalics y sabía del riesgo que corrían. Marina decidió dar su testimonio
luego de leer la nota sobre el libro de descargo de Bergoglio.
Marina Rubino vive en Morón desde siempre. En el Colegio del Sagrado Corazón de
Castelar daba catequesis a los chicos y formaba a los padres, que le parecía lo
más importante. “Una vez por mes nos reuníamos con ellos. Era un trabajo
hermoso. Esta experiencia duró quince años”. También dio cursos de iniciación
bíblica “en todos los lugares no turísticos de la Argentina. Teníamos una
publicación, con comentarios a los textos de los domingos, queríamos que las
comunidades tuvieran elementos para pensar”. Desde que se jubiló da clases de
telar, en centros culturales, sociedades de fomento o casas.
No quiso ingresar al seminario de Villa Devoto porque no le interesaba la
formación tomista, sino la Biblia. En 1972 comenzó a estudiar Teología en la
Universidad del Salvador. La carrera se cursaba en el Colegio Máximo de San
Miguel. En primer año tuvo como profesor a Francisco Jalics y en segundo a
Orlando Yorio. Mientras estudiaba, coordinaba la catequesis en el colegio
Sagrado Corazón de Castelar, donde también estaba la religiosa francesa Léonie
Duquet. “Eran tiempos difíciles. Por hacer en el colegio una opción por los
pobres tomándonos en serio el Concilio Vaticano II y la reunión del CELAM en
Medellín perdimos la mitad del alumnado. Pero mantuvimos esa opción y seguimos
formando personas más abiertas a la realidad y al compromiso con los más
necesitados sosteniendo que la fe tiene que fortalecer estas actitudes y no las
contrarias.” El obispo era Miguel Raspanti, quien entonces tenía 68 años y había
sido ordenado en 1957, en los últimos años del reinado de Pío XII. Era un hombre
bien intencionado que hizo todos los esfuerzos por adaptarse a los cambios del
Concilio, en el que participó. Después del cordobazo de 1969 repudió las
estructuras injustas del capitalismo e instó al compromiso con “la liberación de
nuestros hermanos necesitados”. Pero el problema más grave que pudo identificar
en Morón fue el aumento de los impuestos al pequeño comerciante y el propietario
de la clase media. “Muchas veces hubo que discutir y sostener estas opciones en
el obispado y monseñor Raspanti solía terminar las entrevistas diciéndonos que
si creíamos que había que hacer tal o cual cosa, si estábamos convencidos, él
nos apoyaba”, recuerda Marina. Sus palabras son seguidas con atención por su
esposo, Pepe Godino, un ex cura de Santa María, Córdoba, que integró el
Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo.
Marina cursaba teología en San Miguel de 8.30 a 12.30. No le habían dado la beca
porque era mujer, pero como era la coordinadora de catequesis en un colegio del
obispado, Raspanti intercedió y obtuvo que una entidad alemana se hiciera cargo
del costo de sus estudios. Tampoco le quisieron dar el título cuando se recibió,
en 1977. El director del teologado, José Luis Lazzarini, le dijo que había un
problema, que no se habían dado cuenta de que era mujer. Marina partió en busca
de quien la había recibido al ingresar, el jesuita Víctor Marangoni:
–Cuando me viste por primera vez, ¿te diste cuenta o no de que era mujer?
–Sí, claro, ¿por qué? –respondió azorado el vicerrector ante esa tromba en
minifalda.
–Porque Lazzarini no me quiere dar el título.
Marangoni se encargó de reparar ese absurdo. Marina tiene su título pero nunca
se realizó la entrega oficial.
La desprotección
Un mediodía, al salir de sus cursos, “lo encuentro a monseñor Raspanti parado en
el hall de entrada, solo. No sé por qué lo tenían allí esperando. Estaba muy
silencioso, le pregunté si esperaba a alguien y me dijo que sí, que al padre
provincial Bergoglio. Tenía el rostro demudado, pálido, creí que estaba
descompuesto. Lo saludé, le pregunté si se sentía bien, y lo invité a pasar a un
saloncito de los que había junto al hall”.
–No, no me siento mal, pero estoy muy preocupado –le respondió Raspanti.
Marina dice que tiene una memoria fotográfica de aquel día. Habla con voz calma
pero se advierte el apasionamiento en sus ojos grandes y expresivos. Pepe la
mira con ternura.
“Me impresionó verlo solo a Raspanti, que siempre iba con su secretario”, dice.
Marina sabía que sus profesores Jalics y Yorio y un tercer jesuita que trabajaba
con ella en el colegio de Castelar, Luis Dourron, habían pedido pasar a la
diócesis de Morón. Yorio, Jalics, Dourron y Enrique Rastellini, que también era
jesuita, vivían en comunidad desde 1970, primero en Ituzaingó y luego en el
Barrio Rivadavia, junto a la Gran Villa del Bajo Flores, con conocimiento y
aprobación de los sucesivos provinciales de la Compañía de Jesús, Ricardo Dick
O’Farrell y Bergoglio. “Le dije que Orlando y Francisco habían sido profesores
míos y que Luis trabajaba con nosotros en la diócesis, que eran intachables, que
no dudara en recibirlos. Todos estábamos pendientes de que pudieran venir a
Morón. Ninguno de los que conocíamos la situación nos oponíamos. Raspanti me
dijo que de eso venía a hablar con Bergoglio. A Luis ya lo había recibido, pero
necesitaba una carta en la que Bergoglio autorizara el pase de Yorio y Jalics.”
Marina entendió que era una simple formalidad, pero Raspanti le aclaró que la
situación era más complicada. “Con las malas referencias que Bergoglio le había
mandado él no podía recibirlos en la diócesis. Estaba muy angustiado porque en
ese momento Orlando y Francisco no dependían de ninguna autoridad eclesiástica
y, me dijo:
–No puedo dejar a dos sacerdotes en esa situación ni puedo recibirlos con el
informe que me mandó. Vengo a pedirle que simplemente los autorice y que retire
ese informe que decía cosas muy graves.
Cualquiera que ayudara a pensar era guerrillero, comenta Marina. Acompañó a su
obispo hasta que Bergoglio lo recibió y luego se fue. Al salir vio que tampoco
estaba en el estacionamiento el auto de Raspanti. “Debe haber venido en
colectivo, para que nadie lo siguiera. Quería que la cosa quedara entre ellos
dos. Estaba haciendo lo imposible por darles resguardo.”
La teóloga agrega que le impresionó la angustia de Raspanti, “que si bien no
podía ser calificado de obispo progresista, siempre nos defendió, defendió a los
curas cuestionados de la diócesis, se llevaba a dormir a la casa episcopal a los
que corrían más riesgo y nunca nos prohibió hacer o decir algo que
consideráramos fruto de nuestro compromiso cristiano. Como buen salesiano se
portaba como una gallina clueca con sus curas y sus laicos, cobijaba, cuidaba
aunque no estuviera de acuerdo. Eran puntos de vista distintos, pero él sabía
escuchar y aceptaba muchas cosas”. Uno de esos curas es Luis Piguillem, quien
había sido amenazado. Regresaba en bicicleta cuando se topó con un cordón
policial que impedía el paso. Insistió en que quería pasar, porque su casa
estaba en el barrio y un policía le dijo:
–Vas a tener que esperar porque estamos haciendo un operativo en la casa del
cura.
Piguillem dio vuelta con su bicicleta y se alejó sin mirar hacia atrás. De allí
fue al obispado de Morón, donde Raspanti le dio refugio. Los militares dijeron
que se había escondido bajo las polleras del obispo. Pero no se atrevieron a
buscarlo allí.
–¿Raspanti era consciente del riesgo que corrían Yorio y Jalics?
–Sí. Dijo que tenía miedo de que desaparecieran. No pueden quedar dos sacerdotes
en el aire, sin un responsable jerárquico. Pocos días después supimos que se los
habían llevado.
De Córdoba a Cleveland
Otro testimonio recogido a raíz de la publicación del domingo es el del
sacerdote Alejandro Dausa, quien el martes 3 de agosto de 1976 fue secuestrado
en Córdoba, cuando era seminarista de la Orden de los Misioneros de Nuestra
Señora de La Salette. Luego de seis meses en los que fue torturado por la
policía cordobesa en el Departamento de Inteligencia D2 pudo viajar a Estados
Unidos, adonde ya había llegado el responsable del seminario, el sacerdote
estadounidense James Weeks, por quien se interesó el gobierno de su país. Este
año se realizará en Córdoba el juicio por aquel episodio, cuyo principal
responsable es el general Luciano Menéndez. Ahora Dausa vive en Bolivia y cuenta
que tanto Yorio como Jalics le dijeron que Bergoglio los había entregado.
Al llegar a Estados Unidos supo por organismos de derechos humanos que Jalics se
encontraba en Cleveland, en casa de una hermana. Dausa y los otros seminaristas,
que estaban iniciando el noviciado, lo invitaron a dirigir dos retiros
espirituales. Ambos se realizaron en 1977, uno en Altamont (estado de Nueva
York) y otro en Ipswich (Massachusetts). Recuerda Dausa: “Como es natural,
conversamos sobre los secuestros respectivos, detalles, características,
antecedentes, señales previas, personas involucradas, etc. En esas
conversaciones nos indicó que los había entregado o denunciado Bergoglio”.
En la década siguiente, Dausa trabajaba como cura en Bolivia y participaba de
los retiros anuales de La Salette en Argentina. En uno de ellos los
organizadores invitaron a Orlando Yorio, que para esa época trabajaba en
Quilmes. “El retiro fue en Carlos Paz, Córdoba, y también en ese caso
conversamos sobre la experiencia del secuestro. Orlando indicó lo mismo que
Jalics sobre la responsabilidad de Bergoglio.”
Los asuncionistas
Yorio y Jalics fueron secuestrados el 23 de mayo de 1976 y conducidos a la ESMA,
donde los interrogó un especialista en asuntos eclesiásticos que conocía la obra
teológica de Yorio. En uno de los interrogatorios le preguntó por los
seminaristas asuncionistas Carlos Antonio Di Pietro y Raúl Eduardo Rodríguez.
Ambos eran compañeros de Marina Rubino en el Teologado de San Miguel y
desarrollaban trabajo social en el barrio popular La Manuelita, de San Miguel,
donde vivían y atendían la capilla Jesús Obrero. De allí fueron secuestrados
diez días después que los dos jesuitas, el 4 de junio de 1976, y llevados a la
misma casa operativa que Yorio y Jalics. A media mañana Di Pietro llamó por
teléfono al superior asuncionista Roberto Favre y le preguntó por el sacerdote
Jorge Adur, que vivía con ellos en La Manuelita.
–Recibimos un telegrama para él y se lo tenemos que entregar –dijo.
De ese modo, consiguió que la Orden se pusiera en movimiento. El superior
Roberto Favre presentó un recurso de hábeas corpus, que no obtuvo respuesta.
Adur logró salir del país, con ayuda del nuncio Pio Laghi, y se exilió en
Francia. Volvió en forma clandestina en 1980, convertido en capellán del
autodenominado “Ejército Montonero” y fue detenido-desaparecido en el trayecto a
Brasil, donde procuraba entrevistarse con el papa Juan Pablo II. El mismo camino
del exilio siguió uno de los detenidos en la razzia del barrio La Manuelita, el
entonces estudiante de medicina y hoy médico Lorenzo Riquelme. Cuando recuperó
su libertad la Fraternidad de los Hermanitos del Evangelio le dio hospitalidad
en su casa porteña de la calle Malabia. En comunicaciones desde Francia con
quien era entonces el superior de los Hermanitos del Evangelio, Patrick Rice,
Riquelme dijo que quien lo denunció fue un jesuita del Colegio de San Miguel,
quien era a la vez capellán del Ejército. Está convencido de que ese sacerdote
presenció las torturas que le aplicaron, cree que en Campo de Mayo.
El ablande
También como consecuencia de la nota del domingo aceptó narrar su conocimiento
del caso un fundador de la Fraternidad seglar de los Hermanitos del Evangelio
Charles de Foucauld, Roberto Scordato. Entre fines de octubre y principios de
noviembre de 1976, Scordato se reunió en Roma con el cardenal Eduardo Pironio,
quien era prefecto de la Congregación vaticana para los religiosos, y le
comunicó el nombre y apellido de un sacerdote de la comunidad jesuita de San
Miguel que participaba en las sesiones de tortura en Campo de Mayo con el rol de
“ablandar espiritualmente” a los detenidos. Scordato le pidió que lo
transmitiera al superior general Pedro Arrupe pero ignora el resultado de su
gestión, si tuvo alguno. Consultado para esta nota Rice, quien también fue
secuestrado y torturado ese año, dijo que eso no hubiera sido posible sin la
aprobación del padre provincial. Rice y Scordato creen que ese jesuita se
apellidaba González pero a 34 años de distancia no lo recuerdan con certeza.
Iracundia
Como cada vez que su pasado lo alcanza, Bergoglio atribuye la divulgación de sus
actos al gobierno nacional. Esta semana reaccionó con furia, durante la homilía
que pronunció en una misa para estudiantes. En lo que su vocero describió como
“un mensaje al poder político”, dijo que “no tenemos derecho a cambiarle la
identidad y la orientación a la Patria”, sino “proyectarla hacia el futuro en
una utopía que sea continuidad con lo que nos fue dado”, que los chicos no
tienen otro horizonte que comprar un papelito de merca en la esquina de la
escuela y que los dirigentes procuran trepar, abultar la caja y promover a los
amigos. Con este ánimo iracundo inaugurará mañana en San Miguel la primera
asamblea plenaria del Episcopado de 2010.
Fuente: Página 12
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