Sobreviviente de la Masacre de Napalpí
La provincia del Chaco rindió homenaje a Melitona Enrique
Este
miércoles a las 19,30 en la ciudad de Machagai el gobierno provincial
homenajeó a Melitona Enrique única sobreviviente de la Masacre de Napalpí, al
cumplir 107 años de edad.
Se realizó un gran acto, donde se entregó una vivienda para la agasajada. Más
tarde se realizó un festival.
El acto llevado adelante en la plaza central de la ciudad, contó con la participación del gobernador de la provincia, Jorge Capitanich. Con emotividad, familiares de Melitona siguieron cada instante del homenaje donde luego de las palabras de los funcionarios, se desarrolló un gran festival con la actuación del Coro Toba Chelaalapí y del Septeto Matamoros.
La homenajeada recibió por parte de las autoridades de vivienda y el intendente Héctor Lilio Vega la llave de su nueva casa ubicada en la quinta Cincuenta. Cabe destacar que se escucharon relatos de los escritores Vidal Mario y Pedro Jorge Solans, autores de libros referidos a la masacre.
Fuente:
Chaco
Día x Día
Masacre indígena de Napalpí: 80 años de impunidad
por Darío Aranda
El gobernador chaqueño, Fernando Centeno, ordenó: "Procedan con rigor para con los sublevados". El 19 de julio de 1924, a la mañana, la policía rodeó la Reducción Aborigen de Napalpí, de población toba y mocoví, y durante 45 minutos no dejaron descansar los fusiles. No perdonaron a ancianos, mujeres ni niños. A todos mataron y, como trofeos de guerra, cortaron orejas, testículos y penes, que luego fueron exhibidos como muestra de patriotismo en la localidad cercana de Quitilipi. Los asesinados fueron más de 200 aborígenes que se negaban a seguir siendo explotados, que reclamaban una paga justa para cosechar el algodón de los grandes terratenientes. Para justificar la matanza la versión oficial esgrimió "sublevación indígena". Era el mismo período de las masacres de obreros en la Patagonia, años en los que en el norte argentino solía hablarse de rebeliones indígenas para justificar el asesinato de pobladores originarios que resistían su inclusión definitiva a un mercado de trabajo que exprimía vidas a bajo precio. A 80 años de aquella masacre, no hubo actos oficiales, pero los pobladores originarios recordaron la matanza en cada comunidad.
En 1895 la superficie sembrada de algodón en el Chaco
era de sólo 100 hectáreas. Pero el precio internacional ascendía y los
campos del norte comenzaron a inundarse de capullos blancos donde
trabajaban jornadas eternas miles de hombres de piel oscura. En 1923 los
sembradíos chaqueños de algodón ya alcanzaban las 50.000 hectáreas. Pero
también debían multiplicarse los brazos que recojan el "oro blanco".
El 12 de octubre de 1922, el radical Marcelo T. de Alvear había
reemplazado en la presidencia a Hipólito Yrigoyen y el Territorio
Nacional del Chaco ya se perfilaba como el primer productor nacional de
algodón. Pero en julio de 1924 los pobladores originarios toba y mocoví
de la Reducción Aborigen de Napalpí a 120 kilómetros de Resistencia se
declararon en huelga: denunciaban los maltratos, la explotación de los
terratenientes. Los ingenios de Salta y Jujuy ofrecieron mejor paga.
Hacía allá intentaron ir los pobladores, pero el gobernador Centeno
prohibió a los indígenas abandonar el Chaco. El indio no podía trabajar
su propia tierra, su única alternativa era seguir cosechando como
esclavo, pero igual se resistía. El 18 de julio, y con la excusa de un
supuesto malón indígena, Centeno dio la orden.
A la mañana del 19 de julio, 130 policías y algunos civiles partieron
desde la localidad de Quitilipi hasta Napalpí. Después de 45 minutos de
disparar los Winchester y Máuser a todo lo que se movía, hubo silencio y
humareda de los fusiles. Los heridos -fueran hombres, mujeres o niños-
fueron asesinados a machetazos. El periódico Heraldo del Norte recordó,
a finales de la década del 20, el hecho: "Como a las nueve, y sin que
los inocentes indígenas hicieran un sólo disparo, hicieron repetidas
descargas cerradas y enseguida, en medio del pánico de los indios (más
mujeres y niños que hombres), atacaron. Se produjo entonces la más
cobarde y feroz carnicería, degollando a los heridos sin respetar sexo
ni edad".
El 29 de agosto --cuarenta días después de la matanza--, el ex director
de la Reducción de Napalpí Enrique Lynch Arribálzaga escribió una carta
que fue leída en el Congreso Nacional: "La matanza de indígenas por la
policía del Chaco continúa en Napalpí y sus alrededores; parece que los
criminales se hubieran propuesto eliminar a todos los que se hallaron
presente en la carnicería del 19 de julio, para que no puedan servir de
testigos si viene la Comisión Investigadora de la Cámara de Diputados".
En el libro "Memorias del Gran Chaco", de la historiadora Mercedes
Silva, se confirma el hecho y cuenta que el mocoví Pedro Maidana, uno de
los líderes de la huelga, corrió esa suerte. "Se lo mató en forma
salvaje y se le extirparon los testículos y una oreja para exhibirlos
como trofeo de batalla", asegura.
En el libro "Napalpí, la herida abierta", el periodista Vidal Mario
detalla: "El ataque terminó en una matanza, en la más horrenda masacre
que recuerda la historia de las culturas indígenas en el presente siglo.
Los atacantes sólo cesaron de disparar cuando advirtieron que en los
toldos no quedaba un indio que no estuviera muerto o herido. Los heridos
fueron degollados, algunos colgados. Entre hombres, mujeres y niños
fueron muertos alrededor de doscientos aborígenes y algunos campesinos
blancos que también se habían plegado al movimiento huelguista".
Un reciente microprograma de la Red de Comunicación Indígena destaca:
"Se dispararon más de 5000 tiros y la orgía de sangre incluyó la
extracción de testículos, penes y orejas de los muertos, esos tristes
trofeos fueron exhibidos en la comisaría de Quitilipi. Algunos muertos
fueron enterrados en fosas comunes, otros fueron quemados". En el mismo
audio, el cacique toba Esteban Moreno, contó la historia que es
transmitida de generación en generación. "En las tolderías aparecieron
soldados y un avión que ametrallaba. Los mataron porque se negaban a
cosechar. Nos dimos cuenta que fue una matanza porque sólo murieron
aborígenes, tobas y mocovíes, no hay soldados heridos, no fue lucha, fue
masacre, fue matanza, por eso ahora ese lugar se llama Colonia La
Matanza".
La Reducción de Napalpí -palabra toba que significa lugar de los
muertos- había sido fundada en 1911, en el corazón del Territorio
Nacional del Chaco. Las primeras familias que se instalaron eran de las
etnias Pilagá, Abipón, Toba, Charrúa y Mocoví. El corresponsal del
diario La Razón, Federico Gutiérrez, escribió en julio de 1924: "Muchas
hectáreas de tierra flor están en poder los pobres indios, quitarles
esas tierras es la ilusión que muchos desean en secreto".
A ochenta años de la Masacre de Napalpí, aún nadie fue sancionado, el
crimen permanece impune y las escasas tierras que permanecen en manos
aborígenes les siguen siendo arrebatadas.
-Paradigma del despojo
Napalpí no fue una matanza aislada, sino una práctica recurrente del
poder político y los terratenientes --con la mano de obra policial o
militar-- para privar a los pobladores originarios de su forma ancestral
de vida e introducirlos por la fuerza al sistema de producción. Todos
los historiadores revisionistas coinciden en esa mirada y, en el libro
"La violencia como potencia económica: Chaco 1870-1940", Nicolás Iñigo
Carrera afirma: "Los aborígenes de la zona chaqueña vivían sin la
necesidad de pertenecer al mercado capitalista. La violencia ejercida
hacia ellos, por la vía política con la represión y por la vía económica
tuvo como objetivo eliminar sus formas de producción y convertirlos en
sujetos sometidos al mercado".
"Se comenzó a privar a los indígenas de sus condiciones materiales de
existencia. Se inició así un proceso que los convertía en obreros
obligados a vender su fuerza de trabajo para poder subsistir, premisa
necesaria para la exitencia de capital. Un modo de vivir había sido
destruido", destaca Iñigo Carrera en su libro.
Además de someterlos, el Gobierno quería ampliar los cultivos, dar
tierra a grandes terratenientes y concentrar a los indígenas en
reservas. Siempre la versión oficial, "civilizadora y cristiana",
hablaba de malones o enfrentamientos despiadados. Pero los muertos
siempre eran pobladores originarios. Sobre los imaginarios combates, el
historiador Alberto Luis Noblía remarcó que "las naciones aborígenes
chaqueñas no practicaron el malón, usual en otros pueblos.
Todo lo contrario, los inmigrantes llegados de Europa nunca fueron
perseguidos por los entonces dueños de las tierras. Al contrario, el
colono supo encontrar en el indígena mano de obra barata".
El 21 de julio de 1925 --un año después de la matanza--, el ministro del
Interior, Vicente Gallo, reconocía los deseos de Alvear: "El Poder
Ejecutivo considera que debe encararse definitivamente, como un
testimonio de la cultura de la República, el problema del indio, no sólo
por razones de humanidad y de un orden moral superior, sino también
porque una vez incorporado a la civilización será un auxiliar valioso
para la economía del norte del país".
Fuente: argentina.indymedia.org, 20 de julio de 2004.