La sala judicial
estaba colmada y ruidosa. El presidente del
jurado se abrió paso con dos gritos secos y
potentes: "silencio señores". Se
hizo silencio, pero no era un silencio
completo sino un silencio zumbón, como
alterado por un panal de abejas invisibles
que de pronto invadieron el lugar. Con
disimulo, una señora se miró las piernas en
actitud de ahuyentar a quien posiblemente
podía dejarle su aguijón de recuerdo; otro
señor mayor, muy atildado, movió sus
bigotes de lado a lado mientras se espantaba
la cara con un gesto que pretendía a todas
luces escapar de cualquier posibilidad de
ridículo. Es que en esa sala tan sólo
estaban los jueces, los fiscales, los
abogados de muy distinta estofa, el público,
los guardias, los acusados y los
testigos. No había abejas volando ni ovejas
pastando en los campos de Corrientes.
"No podemos
permitir..." arrancó locuaz un defensor de
los reos con una voz que era una mezcla
absurda de la voz que tendrían
seguramente el coronel Cañones y monseñor
Tortolo.
"Silencio señor
o lo hago desalojar de la sala", tronó
nuevamente el juez.
"La memoria
parcial no sirve...", se desgañitó una mujer
que en verdad no olía a jazmines sino a ese
olorcito inmundo de los calabozos.
La inocencia de
los familiares de los muertos y
desaparecidos le ponía yeso a la rebeldía
del dolor, ese dolor tan lleno de llagas por
los caminos recorridos. No dijeron nada ante
tanta vehemencia, ante tanto odio. Los
jueces y fiscales intercambiaban cuchicheos
sobre la forma de enmendar el juicio y
reencauzar la sesión.
"La memoria
parcial no sirve..." repitió chillonamente
un señor de traje y corbata y portafolios de
cuero marrón, pariente de los reos.
Los reos miraban
con cara de nada y a la vez con ojos de "ya
van a ver, ya van a ver..."
"Son ustedes los
que se condenan..." recordó otra mujer a los
gritos aquella frase bíblica del
apocalípsis, según un arcángel del diablo.
De pronto, el
jefe de la guardia uniformada entró
sobresaltado por el pasillo central del
salón, se acercó a la mesa del jurado y le
pasó un mensaje escrito en un papel arrugado
al presidente, éste lo leyó, cerró el papel,
lo abrió nuevamente, lo volvió a leer, miró
a derecha e izquierda, su rostro enmudecido
parecía un cuadro dantesco pintado por Picasso
y Dalí a cuatro manos. Todos lo miraban en
perfecto silencio.
"Que pasen",
ordenó en medio de lo único colectivo y
común que se produjo en ese lugar: la
incertidumbre.
Fueron entrando
en fila india, nueve muchachas, cinco
muchachos y tres gurises de entre dos y
quince años, a juzgar por la apariencia.
Todos sonreían. Se miraban emocionados y
parecían contentos, quizá por estar juntos,
quizás por tener semejante oportunidad, como
si festejaran veinte años después el gol de
Diego a los ingleses, tanto el mejor de la
historia de los mundiales como el otro, el
pícaro, el gol metido con las manos.
Los reos, sus
abogados y sus parientes eran estatuas de
sal, con el espanto en las cuencas de sus
ojos herrumbrados. Los familiares de esa
muchachada, reían y lloraban al mismo
tiempo, sin euforias, un llanto digno,
silencioso, como sabiendo que había que
contentarse con verlos siquiera un instante,
nada más.
"Identifiquese"
ordenó el juez al muchacho más alto de
todos.
El muchacho alto
dio un paso adelante y respondió:
"Me llamo
Vicente Ayala, pero todos me dicen Cacho"
"¿Para qué han
venido?" preguntó el juez
Y el muchacho
dijo: "para que la memoria sea completa como
se reclama" y abriéndose la camisa mostró
los agujeros de las balas, la carne morada
por los golpes, las llagas azuladas y
violáceas que deja el paso de la picana
eléctrica, la marca de las esposas sobre las
muñecas, el tabique nasal roto y el cuero
cabelludo desprendido a bayonetazos. Los
demás muchachos hicieron lo mismo mientras
que las muchachas, con pudor, mostraron sus
espaldas rasgadas por las mismas bayonetas,
las costillas rotas y expuestas para
siempre, la carne azulada con 220 voltios.
Los chicos seguían observando todo con el
asombro de todos los tiempos juntos.
Calló la sala.
Callaron las abejas. Los muertos se fueron
cantando.
Ahora sí,
empieza la sesión.
Por Jorge Giles,
amigo del "Cacho" Ayala, desaparecido por
razones políticas