"La Perla fue una Máquina de la Muerte"
por Mariano Saravia
Hay
una foto que no va a recorrer las redacciones y que no van a poder ver miles de
argentinos: la de Menéndez y sus secuaces esposados. Es que en cualquier juicio
común, cuando el acusado de cualquier delito común se levanta del banquillo es
inmediatamente esposado por la policía, a veces con un circo que recuerda las
películas. Y entonces cabe preguntarse, ¿por qué a una persona, acusada de
delitos mucho peores, como los de lesa humanidad, no lo esposan? Se supone que
es mucho más peligroso alguien que ya torturó y asesinó, que alguien que robó
una cartera o un auto.
No es un detalle, es muy importante el valor simbólico. Y esa foto no está.
Todos los días llegan a la sala de audiencias y se van con las manos libres.
Como también será muy importante, si como todos esperamos, son condenados a
penas ejemplares, que vayan a cárceles comunes y no a su casita. Pero a eso me
voy a referir al final de esta nota.
El jueves 5 de junio llegan los ocho acusados, con las manos libres, aunque las
manchas de sangre no se le vayan después de 30 años. Se sientan en orden, como
su condición elitista y clasista lo determina: en la extrema derecha el general
Luciano Benjamín Menéndez, luego el coronel Hermes Rodríguez, y el capitán Jorge
Ezequiel Acosta. Después vienen los “sunchos” (suboficiales): Luis Manzanelli,
Carlos Alberto Vega, Carlos Alberto Díaz y Oreste Padován. Y al último, Ricardo
Lardone, que era civil adscripto al Ejército. Y que por una descompostura se
retira de la sala promediando la mañana. También se van Menéndez Rodríguez y
Vega.
Pero antes de que se vayan los dos enfermos (Vega y Lardone) y el que dice ser
responsable pero en realidad es un cobarde que no se anima a escuchar los
relatos de sus propias atrocidades (Menéndez), el testigo Piero Di Monte se les
acerca, se para frente a ellos, los mira a los ojos, los va reconociendo uno a
uno y concluye con un “Mis amigos”.
Inmediatamente salta como leche hervida el abogado defensor Jorge Alberto
Agüero: “Que quede constancia que les dijo mis amigos”. Ante la estrechez de
entendederas, el mismo testigo le tiene que explicar a Agüero que era una
ironía.
Pero esas reacciones del abogado de la defensa se repiten durante todo el día,
con un histrionismo rayano con lo grotesco, queriendo aparentar ser muy malo,
pero consiguiendo sólo dar pena y, en ciertas ocasiones, que el presidente del
tribunal le llame la atención. Me hace acordar a los ridículos carteles en los
que salía como candidato inexistente a diputado haciéndose llamar “el mesías” y
con una itaka en la mano. Menéndez jamás se permitiría posar ridículamente con
una itaka en la mano. El acusado era de acción y no de cacareo.
Y esas acciones concretas van saliendo a la luz durante toda la mañana, cuando
Di Monte cuenta con sentimiento pero también con claridad lo que era aquella
“máquina de muerte”, como describió al campo de concentración La Perla.
El testigo era un delegado gremial de la empresa láctea Sancor y estaba ligado
al Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT) cuando en setiembre de 1976
es secuestrado y llevado a La Perla, donde luego se encuentra con su mujer
embarazada de su primera hija. Cuenta cómo los dos fueron torturados
salvajemente, con la picana principalmente, y cómo era el “pacto de sangre” por
el cual Menéndez exigía a sus subordinados militares, gendarmes y civiles que
mataran para garantizar su complicidad.
El testigo cuenta muchas cosas de La Perla, entre ellas que compartió momentos
con los estudiantes del colegio Manuel Belgrano. Uno de ellos estaba seguro de
que lo soltarían y le había dicho a Di Monte que iría a ver a su familia. Pero
un día se dio cuenta de que lo iban a “trasladar” y se le acercó para decirle
que sabía que lo iban a fusilar. “¿Sabés una cosa? Nunca hice el amor”, le dijo
en ese adiós.
“Parece nada, pero el amor es el símbolo de la vida. No se lo dejaron hacer, lo
truncaron antes”, dijo Di Monte.
Cerca del mediodía se pasa a un cuarto intermedio. La tensión es mucha y los
ojos de todos están vidriosos. Los suspiros largos intentan cambiar el aire. La
pausa se hace muy larga, hasta bien pasadas las tres de la tarde. Y para colmo,
queda todavía toda la actuación de Agüero, que empieza anunciando su intención
de que su defendido Acosta, alias “el Rulo”, declare.
El sindicado de haber sido en aquellos años el patrón de La Perla comienza su
catarata de descargos: “El Batallón de Inteligencia 601 había infiltrado a
agentes en distintas organizaciones terroristas. En una oportunidad el coronel
Bolacini me llamó y me dio la orden de rescatar a un agente que estaba en
peligro de ser descubierto por la organización. Se fraguó un secuestro de ese
agente en su casa, haciendo toda una especie de circo. Ese agente era el señor
Piero Di Monte”. Acosta agregó que por aquella razón la esposa de Di Monte había
sido puesta en libertad inmediatamente y que él terminó trabajando en el
Destacamento de Inteligencia. Al redondear su denuncia, Acosta afirmó que, a
fines de 1976, Di Monte… El señor Piero Di Monte era un agente secreto del
Batallón de Inteligencia infiltrado en la zona de Córdoba”.
Uno de los abogados querellantes, Claudio Orosz, rápido de reacción recuerda que
esa es una estrategia de poca monta de Agüero y sobre todo recuerda que el
propio Menéndez negó estos argumentos cuando declaró frente al Consejo Supremo
de las Fuerzas Armadas.
Cuando llega nuevamente a la sala Di Monte, informado sobre las acusaciones de
Acosta, dice: “Yo pensaba que la defensa se podía mover de otra forma, pero está
claro cuál es el problema: ellos cometieron errores, ¿y sabe cuál fue el error?
Nosotros quedamos vivos. Somos los únicos que podemos denunciar realmente lo que
pasó. Nosotros somos fruto del error de ellos…El problema es que teníamos que
estar todos muertos y se equivocaron; lo siento por ellos… tendrían que habernos
matado. Yo les agradezco esos errores”.
Di Monte viajó especialmente desde Italia, donde vive con su familia hace años,
para contar cómo funcionaba la que llama “maquinaria de muerte”, cómo Manzanelli
y Acosta “eran como dioses”, porque decidías sobre la vida y la muerte de los
que estaban en La Perla.
El relato es esclarecido pero al mismo tiempo emocionante y emocionado, habla de
casos particulares pero también hace análisis profundos y generales, políticos y
filosóficos. Cuenta cómo torturaron y mataron a un médico de apellido Fernández
Zamar y a su compañera Mariluz. Mientras tanto, de los imputados que quedan en
la sala, Acosta es el único que lo mira, con las piernas cruzadas. Manzanelli
con gesto adusto mira al frente, Díaz (HB, por hincha bolas) escribe y escribe,
¿quién sabe qué y para qué?, y Padován mira al suelo.
En eso Di Monte dice que Manzanelli “era un cuadro, muy preparado
ideológicamente”, y el imputado levanta la vista y lo mira de reojo, con la
muerte en los ojos.
Cuenta cómo lo torturaron hasta la muerte a Luis Honores y a un chico de
apellido Soria. Y en eso interviene la abogada oficial de los acusados, Mercedes
Crespi: “¿Dígame, Di Monte, usted participaba de peñas o campeonatos de truco?”.
El testigo la mira incrédulo ante lo que está escuchando. Toda la sala,
incluidos los jueces, miran atónitos, ¿peña?. Todos pensamos lo mismo: “O esta
mujer bate récords de ingenuidad mezclada con ignorancia, o de cinismo, otra no
hay”.
“Hubo momentos en que se nos permitió cantar. ¿Pero usted sabe lo que era cantar
ahí El mensú o Gracias a la vida, con los ojos vendados y abrazado a su
compañera?”.
“Un día, solo un día de la vida/ que pasa por tu ser con voz de siglos/ un día
que se viste de infinito”, empieza El mensú, de Ramón Ayala.
“No, no eran peñas”, le tiene que explicar Di Monte a la abogada Crespi.
El Show del Mesías
Y llega el show de Agüero, con sus ataques permanentes al testigo, con la
estrategia repetida de embarrar la cancha: “¿Usted delató a compañeros”? Ante la
reacción general del testigo y de los abogados querellantes, el presidente del
tribunal, Jaime Díaz Gavier, le pide que modifique la pregunta. “Bueno, ¿usted
entregó a compañeros?”, reformula Agüero. Y es peor aún la reacción, esta vez
también del público presente en la sala. Díaz Gavier le vuelve a decir que no
use términos agraviantes o con connotaciones valorativas, pero por más que
Agüero piensa y piensa, no le salen los sinónimos. Su intelecto y su estabilidad
emocional están al límite. Sigue atacando, que es la única defensa posible.
Hasta que Di Monte lo corta en seco: “Este interrogatorio es igual al que sufría
bajo torturas”. Y se acaba, luego de idas y vueltas con reconsideraciones y
oposiciones, los jueces hacen callar a Agüero.
“Me costó un huevo llegar hasta aquí y este hombre quiere destruirme en mis
valores”, le esputa Di Monte.
Orosz le agradece: “Usted ha hablado por tantos que no pueden porque no están,
gracias compañero”. Y otra vez la reacción visceral de Agüero: “Que se aperciba
al abogado por hacer consideraciones políticas”. El tribunal no le hace caso una
vez más.
Quizá el mejor ejemplo sea aquello del fiscal Julio César Strassera, el del
juicio a las juntas en 1985: “Señores jueces, quiero utilizar una frase que
pertenece ya a todo el pueblo argentino: nunca más”. ¿Qué hubiera dicho Agüero
si hubiera estado ahí?
Con ese clima se va cerrando la quinta jornada de testimonios, con la sala
compungida por los relatos espeluznantes de Di Monte y con un Agüero humillado
por sus fracasos reiterados, tan humillado que innecesariamente llega a contar
que muchos de sus clientes le están revocando el mandato. Dicho en criollo, no
quieren ser defendidos por Agüero, ni siquiera los militares y policías acusados
de los delitos más aberrantes.
El nudo en la garganta perdura, se va cerrando de a poco la segunda semana de
este juicio, histórico, el más importante desde aquel a las juntas.
Fuente: El Diario del Juicio