¡Apunten contra periodistas!
En los últimos tiempos en Corrientes ser periodista es arriesgarse a ser blanco
de vejaciones de distintos órdenes por parte de quienes detentan algún tipo de
autoridad... El ejemplo más vívido es el recientemente soportado por el
fotoperiodista Fabián Vega de todocorrientes.com, quien sufriera en carne propia
el ser tomado como un delincuente, y transportado en un móvil policial
incomunicado bajo la “sospecha” de serlo, por el sólo hecho de intentar sacar
una fotografía del interior de una oficina de atención al público, como lo es la
sede del Correo Argentino.
Ya sea por descuido profesional, o simplemente por un actitud de confianza en el
que nos movemos habitualmente al desarrollar nuestras actividades periodísticas
entre pares, o hasta si se quiere por cuestiones de seguridad ante un eventual
arrebato en la vía pública (como le ocurrió al colega Walter Casco a media
cuadra de la Jefatura de Policía,) y sabiendo que la cobertura de hechos siempre
es acompañada por gente que nos reconoce en la función, el portar un carnet de
periodista o simplemente un documento de identidad se transforma en una obviedad
cotidiana que ni siquiera lo necesitamos.
Ese fue el error de Fabián Vega, que le costó la pérdida de tiempo por la demora
ocasionada por la Policía al trasladarlo en un patrullero a “averiguar sus
antecedentes”, además de la imagen bochornosa de ser transportado como un vulgar
delincuente, con lo vejatorio que significa para cualquier persona; cuando ese
trámite se hubiera cumplido tranquilamente realizando las consultas del caso al
medio del cual depende, si no alcanzaba con el testimonio de los colegas que lo
acompañábamos en ese momento.
Pero mucho más fuerte fue la pérdida de imagen de la policía al exhibir un
excesivo uso de su poder, cuando a las luces estaba acreditado la calidad de
periodista de Vega, su continuo trabajo de cobertura de hechos policiales y
ciudadanos, además de ser reconocido en el lugar por mí mismo ante los agentes
que se lo llevaban.
Es más, en ningún momento exhibí mis documentaciones y desarrollé mi labor con
total libertad periodística celular en mano dentro y por todo el edificio del
Correo, sin ningún tipo de molestia. Es que un micrófono en mano acreditaba
suficientemente mi función.
Pero mucho más denostable es la actitud de la gerente de Salón del Correo, Norma
Giménez, quien además de no acceder a la requisitoria periodística por los
hechos, nos envió a que hablásemos con el responsable de prensa de la Comisión
Nacional de Telecomunicaciones, que reside en sus oficinas de la Capital Federal
(¿??).
No conforme con desorientarnos más, nos remitió al Jefe de la Oficina de Correos
de Corrientes, Máximo Pittón, en el primer piso del edificio, quien,
curiosamente, se había retirado en plena confusión, sin dar la cara a la prensa,
que por esos momentos ya había inundado el edificio, cámaras y micrófonos en
mano.
Este episodio de hoy es tan solo una muestra de lo que también ocurrió en la
Fiesta Nacional del Chamamé, donde se prohibió a los reporteros gráficos sacar
fotos a las autoridades, y se limitó su labor a un corralito de ángulo imposible
para desarrollar su función. Si las autoridades no querían que les saquen fotos
en un lugar público, bueno hubiera sido que no se expusieran públicamente.
Pero más allá de lo anecdótico y hasta risible, teniendo en cuenta lo absurdo de
la orden, lo que más llama la atención fue la forma en que se ejecutó. Rául
Villalba (Diario El Litoral), Luis Gurdiel (Diario El Libertador), y José
“Pepito” González (Diario Epoca), todos reconocidos profesionales del medio,
debieron enfrentarse a una dura muralla humana (hombres de seguridad vestidos de
negro), puesta para frenar cualquier violación de la insólita orden, a cualquier
precio.
En verdad, la existencia de estas demostraciones, no hace más que reafirmar
nuestro orgullo de ser periodistas de trinchera, rozando con los límites de
quienes ejercen un poder que lo creen eterno, y valorar allí la libertad que se
conquista cada día para llevar la información de los hechos de carácter público
a los hogares.
Los detentadores del poder pasan, pero los periodistas quedamos. En mis casi 23
años de continuo trabajo en la calle (y como el cronista de exteriores con más
antigüedad en la ciudad) me he dado cuenta que lentamente vamos camino a perder
la libertad de decir y hacer aquello que estamos obligados por vocación a
hacerlo, ya no a manos de las presiones psicológicas o económicas de hace algún
tiempo, sino del ejercicio indebido de la fuerza de quienes deberían facilitar
el trabajo periodístico.
Sirva este artículo como un alerta, para que le pongamos un freno a los límites
a la libertad de prensa, y no terminemos lamentando que la fuerza bruta se
imponga sobre una cámara o un micrófono en alto.
Autor: Fredy Miranda
Fuente: TodoNoticias.com