LA VIOLACIÓN COMO MATIZ DE GENERO DEL TERRORISMO DE ESTADO
Memoria del desprecio
Uno de los casos que fundamentan la denuncia penal y el juicio político contra el camarista Luis Miret es la privación ilegítima de la libertad, tormentos y violación de Luz Faingold, entonces de 16 años. Luego de un doloroso proceso personal y familiar, relata aquellos episodios. “Miret nos despreciaba como si él fuera nazi y nosotros judíos, con un odio como nunca más vi en mi vida”. Hoy no alberga sentimientos de venganza, sino de justicia.

Miret jura en 1976 rodeado por la plana mayor del gobierno
golpista en Mendoza.
Por Horacio Verbitsky
Aún hoy, a 35 años de la pesadilla, es una mujer joven, porque entonces era
apenas una niña. La pequeña productora agropecuaria Luz Amanda Faingold Casenave
cosecha uva y aceitunas en una finca de 17 hectáreas. Su esposo murió en un
accidente de auto hace nueve años. Con él tuvo tres hijos, que recién hace un
mes conocieron por una nota de este diario lo que había padecido su mamá. El
entonces juez Luis Francisco Miret la mantuvo detenida durante tres semanas, una
de ellas incomunicada, en calabozos policiales en los que fue torturada y
violada a sus 16 años. La conmoción familiar fue enorme al saber que luego de su
secuestro en Guaymallén había sido violada en el D2 policial, donde Miret la
alojó pese a su edad. “Al principio me costó darme cuenta por qué se incluyó mi
nombre en la nota. Pero luego entendí que tenía que saberse toda la verdad”. A
raíz de la publicación “me puse a pensar en los delitos que se cometieron en
relación a otras chicas, lo había olvidado. No había vuelto a hablar de este
tema” agrega. La violación era el matiz específico de género en las torturas que
sufrían todos quienes pasaban por allí. Sus padres conocían los hechos, pero no
sus hermanos, bastante menores que ella, ni sus hijos. “Hoy gracias a la
difusión del caso estamos más unidos, estamos mejor porque aceptamos nuestra
historia, la persecución que sufrimos. Cuando salió la nota se habló de mí y vi
que tenía que hablar yo”. Luego de varias semanas muy dolorosas, el núcleo
familiar emergió fortalecido. La semana pasada Luz Faingold se constituyó como
querellante en la causa penal contra Miret y contra el también camarista Otilio
Romano, quien entonces era fiscal, y contó su historia al fiscal de derechos
humanos Omar Palermo. La causa se inició por denuncia de los ex presos políticos
Fernando Rule y David Blanco, y comprende hechos contenidos en los expedientes
Mochi, Luna, Rabanal y Menéndez por la participación primaria de Miret y Romano
en crímenes contra la humanidad, incumplimiento de deberes de funcionario
público, participación en torturas y apremios ilegales y en abuso sexual
agravado. La pauta reiterada era no investigar a miembros de fuerzas de
seguridad denunciados por torturas, violaciones y robos y en cambio tomar como
válidas las declaraciones de los detenidos contra sí mismos obtenidas bajo
tortura. Al mismo tiempo, el Consejo de la Magistratura prosigue la instrucción
del caso contra Miret y Romano, cuyo juicio político por estos hechos
solicitaron los organismos defensores de los derechos humanos de Mendoza, con la
adhesión posterior del gobierno de Celso Jaque.
Faingold aclara que se ha cruzado en la calle con Miret “y no me ha interesado
vengarme. Sí me interesa que se haga justicia, por los demás. He hecho un
trabajo personal para no albergar ni transmitir a mi entorno sentimientos de
odio sino esperanza en la justicia, que algún día llegaría. Todo mi esfuerzo ha
sido pensando en aportar un grano de arena para que nuestra sociedad comprenda
que respetar los derechos humanos es la tarea más importante. Algún día las
cosas van a cambiar. Me siento sana, no tengo odio, sino estaría enferma. Se
sigue viviendo el gorilismo argentino, pero Mendoza está cambiando”.
Luz fue detenida en la noche del 28 al 29 de agosto de 1975 cuando acompañaba a
su novio Eduardo Glogowsky. “Me encapucharon, me pegaron, hubo abusos y un
simulacro de fusilamiento. Me trasladaron a la D2, yo no sabía entonces qué
lugar era”. Eduardo militaba en el partido Política Obrera, Luz no tenía
militancia propia. Miret ordenó la entrega de Luz a sus padres, como
correspondía, pero media hora después revocó la decisión (el garantismo no le
duró ni una foja: ambas decisiones constan en la que lleva el número 138 del
expediente Mochi). “Me tuvieron siete días en el D2, fui torturada y violada, me
gritaban y abrían la puerta constantemente. No nos daban de comer, ni agua, ni
nos dejaban ir al baño”. Una noche la llevaron a un hogar de menores para
“guardar un viso de normalidad”, y de allí la condujeron a declarar. “Tanto en
la D2 como ante Miret sentí muchísimo miedo. Esperaba que con el juez pudiera
hablar y me encontré con alguien que era igual a los milicos. Prudencio Mochi
tiene razón cuando dice que recuerda a Miret como un milico más. Nos despreciaba
como si él fuera nazi y nosotros judíos, con un desprecio y un trato de odio
increíble, como nunca más vi en mi vida. Tenía desprecio por las personas que
éramos. No podía mirar a otro lado más que a su cara de odio. Era muy chica
entonces, venía de una clase media alta, y nunca había sufrido así tanta falta
de respeto, ni volví a sufrirlo en mi vida”. Un peritaje del Cuerpo Médico
Forense indicó que “necesita urgente tratamiento psiquiátrico y presenta
depresión, angustia y vulnerable a vivencias psicotraumáticas”, pero Miret no
hizo caso. “Tampoco tuve abogado defensor. Volví a aterrorizarme, como en el D2.
Mi madre golpeaba y gritaba invocando la Constitución, hasta que logró entrar y
presenciar mi declaración. Fue la primera vez que la vi en una semana de
incomunicación. Pero Miret la hizo callar”. El juez le preguntó por un recorte
de diario pegado a una hoja de su carpeta de clases sobre el acople en órbita de
una nave espacial estadounidense Apollo con una Soyuz soviética. “No lo podía
creer. Le dije la verdad, que era la tarea del profesor de matemáticas y
astronomía. Nunca olvidé su cara y su odio, nunca volví a sentirme tan
aterrorizada”. Miret le negó la excarcelación y la retuvo otras dos semanas en
el hogar de menores, hasta que la Cámara de Apelaciones la puso bajo la custodia
de sus padres. Pero tuvo que huir después de dos nuevos allanamientos en su
casa, ya en 1976. El primero, a las 5 de la mañana. “Amenazaron a mi hermano, lo
pusieron contra la pared, mataron al perro. Yo me escapé por los techos hasta la
casa de un vecino. Cuando ocurrió el segundo allanamiento ya no estaba en mi
casa. Me salvé porque alguien le dijo a mi madre que me sacara del país. Mi
padre insistía para que me quedara, no podía entender que persiguieran a alguien
inocente”. Miret y el juez federal Gabriel Guzzo solicitaron su extradición al
Uruguay, que no la concedió pero la intimó a dejar su territorio en 24 horas.
Pasó tres meses en Río de Janeiro como refugiada del ACNUR hasta que Francia le
concedió la visa y se asiló en París. Diez meses después del triunfo de Alfonsín
volvió al país, a pesar de que tenía todavía orden de captura. “Yo sabía que no
había hecho nada. Me presenté al juzgado federal y al tiempo cerraron la causa”.
Luz insiste en que se publique “algo positivo, no una cuestión de venganza
personal. Estoy por el respeto a la dignidad humana, a los niños, a las mujeres,
a la Tierra, hoy que justamente es el Día de la Tierra”. Por eso eligió la foto
que ilustra la tapa de este diario, “con el Cordón del Plata al fondo y cerca
del cauce del Río Blanco. Está buena porque refleja cuánto quiero a Mendoza,
aunque sea tan conservadora”.
La suspensión
El miércoles 21 la Comisión de Interpretación y Reglamentos de la Universidad
Nacional de Cuyo propuso por unanimidad la suspensión preventiva como profesor
de Miret, denunciado por la Comisión de Estudiantes por los Derechos Humanos y
la Ética y por el Observatorio de Derechos Humanos de Mendoza. El miércoles ese
dictamen será tratado por el pleno del Consejo Superior de la Universidad, que
elevará su recomendación al rector Arturo Somoza, quien ya dejó saber que a fin
de año no renovará el contrato de Miret. Pero los estudiantes reclaman que sea
sancionado ya mismo.
Marchas militares
Dada la gravedad de las denuncias “esta comisión propone al Consejo Superior que
aconseje al señor rector que disponga suspender preventivamente mediante
resolución fundada y otorgarle vista en los plazos legales al doctor Luis Miret
a los efectos de que pueda ejercer plenamente su derecho de defensa”, dice la
resolución universitaria aprobada el miércoles de esta semana. Durante la sesión
la comisión estudiantil proyectó imágenes obtenidas en archivos y bibliotecas,
donde se ve a Miret cuando juró su cargo de juez federal, en 1976, junto a la
plana mayor del gobierno provincial de facto. “A medida que las fotos aparecían
los colores de la cara del decano de la Facultad de Derecho, Ismael Farrando, y
del vicedecano Eduardo Emili tornaban de un gris parduzco a un rojo cada vez más
furioso. Como correlato, vimos las caras de los otros consejeros superiores que
con mucho interés, a medida que avanzaba nuestro relato, comenzaron a mostrar
indignación contra Miret y afirmación por lo que pedíamos”, cuenta uno de los
estudiantes. Como si no hubieran transcurrido tres décadas la Facultad de
Derecho le entregó a Miret el texto de la acusación dos semanas antes de la
sesión y los nombres de los miembros de la Comisión de Estudiantes y el registro
de audio del Consejo Directivo de la facultad de Derecho ante el que la
expusieron. El adjunto de la cátedra de Miret, José Rodríguez, asiste a todas
las actividades que se realizan para denunciar el caso y toma nota de lo que
dice cada uno. Hace tres años, Rodríguez organizó junto a la ahora disuelta
agrupación estudiantil Derecho al Cambio la presentación en el hall central de
la facultad de la banda del Liceo Militar General Espejo, que tocó marchas
militares. Las autoridades de la facultad se cuadraron como en una formación
militar.
Campeón del garantismo
Miret dijo al diario mendocino El Sol que era el “campeón del garantismo” y que
no fue “juez del proceso, sino juez de carrera que actuó durante el proceso”.
Bajo el gobierno constitucional de 19731976, Miret sólo fue defensor oficial, si
bien tuvo algunas causas como juez subrogante. Recién en junio de 1976 fue
designado juez. Muchos como él juraron por las actas y estatutos golpistas,
porque en caso contrario hubieran perdido el cargo y corrido riesgo de
secuestro. Pero algunos, como el actual juez de la Corte Suprema Raúl Zaffaroni,
nunca aplicaron esos textos infralegales y, por el contrario, investigaron
torturas, ordenaron libertades y concedieron opciones para salir del país. Miret
y Romano no sólo los juraron, además los aplicaron con entusiasmo y se
pronunciaron por la inconstitucionalidad de las normas que se les oponían. En el
reportaje, Miret dijo que no recordaba haber visto detenidos con marcas de
torturas ni haberse enterado de la existencia de desaparecidos. Sostuvo que
todos los detenidos decían haber sido torturados “para desvirtuar la indagatoria
policial”. Cuando se les permitía tomar indagatoria, los policías estaban
“tentados en hacer cualquier apremio, como mínimo, un submarino, que no deja
marcas, o colgarlos de las piernas por una noche y, entonces, al día siguiente,
algunos cantan”, dijo con preciso conocimiento de la jerga canera. Esos
apremios, “podían ser o no ciertos”, agregó. En los cuatro expedientes constan
no sólo las denuncias de torturas de un gran número de detenidos, sino también
los peritajes médicos que las confirman. Miret también dijo que los decretos de
María Estela Martínez de Perón e Italo Luder, que ordenaban aniquilar la
subversión eran secretos, por lo que recién los conoció en 1985 durante el
juicio a los ex Comandantes. Tampoco eso es cierto. Los decretos 2770, 2771 y
2772/75 por los que Luder extendió a todo el país la orden que Isabel había
circunscripto a Tucumán, fueron públicos, como consta en el Boletín Oficial del
4 de noviembre de 1975. Sobre la desaparición del profesor Mauricio López, Miret
pensó que “se había escondido”. En una significativa admisión de su idea sobre
la legalidad agregó que cuando le dijeron que “gente encapuchada” se lo llevó en
un camión del Ejército pensó que “lo habrán detenido”. Respecto de la
apropiación de los hijos de detenidos desaparecidos, Miret explicó que hoy es
considerada un delito contra los derechos humanos, “pero en 1976 o 1977, si nos
decían que los hijos de los aprehendidos eran dados en adopción, no nos causaba
el sentimiento que hoy causa”.
Defensa propia
También negó haberse excusado por amistad íntima con el general Juan Pablo Saa
durante el juicio de 1987. Sin embargo, la foja 88 del expediente 49283, Romero,
Daniel, contiene la excusación presentada por Miret, quien consideró que no
tenía objetividad para juzgar “a mi amigo el general Juan Saa”. Invocó para ello
el artículo 75, inciso 12 del Código de Procedimientos en lo Criminal que regía
entonces, y que no alude a amistad sino a “amistad íntima”. Saa fue procesado
pero Carlos Menem lo indultó. Pese a su amistad íntima, Miret se negó a
excusarse cuando se realizaron los juicios por la verdad en 2001 y tomó la
declaración de Saa en forma complaciente. Luego de sucesivas apelaciones la
Corte Suprema de Justicia decidió que debía apartarse porque como él mismo había
admitido no era un juez imparcial, pero ante la nulidad de las leyes de punto
final y obediencia debida los juicios por la verdad se interrumpieron.
Romano y Miret engañaron a la opinión pública y a la Federación de Colegios de
Abogados (FACA), que expresó “preocupación por la indebida intromisión por parte
del Ejecutivo Nacional a la necesaria independencia del Poder Judicial, al
solicitar la promoción de juicio político a integrantes de la Cámara Federal de
Apelaciones de Mendoza”. Ni Romano ni Miret fueron denunciados por el Poder
Ejecutivo Nacional, sino por las víctimas y sus defensores. El Colegio de
Abogados de Mendoza pretendió que se los acusaba por haber aplicado
jurisprudencia de la Cámara de Casación Penal cuando decidieron dejar en
libertad a todos los represores detenidos en Mendoza. Tampoco es así: el
denominado plenario Díaz Bessone de la Cámara de Casación es del 30 de octubre
de 2008, pero la Cámara mendocina comenzó a disponer esas libertades el 23 de
mayo y continuó el 13 y el 18 de setiembre. A esa fecha sólo quedaban tres
detenidos. La Cámara de Casación tampoco dijo que había que dejar a todos en
libertad sino evaluar la situación procesal, en caso de riesgo de fuga u
obstaculización del proceso. La deliberada decisión de trabar y dilatar para que
no se llegue a un juicio oral es una estrategia defensista de Miret y Romano, ya
que en tal debate testimoniarían quienes los acusan. En el reportaje a El Sol,
Miret mencionó el caso de su ex compañero en la Cámara Federal, Carlos Pereyra
González. Durante el juicio oral en San Luis quedó en evidencia la complicidad
de Pereyra González con el terrorismo de Estado cuando era secretario de
juzgado. A raíz de ello debió renunciar y ahora puede ser juzgado. La
responsabilidad de Romano como fiscal y de Miret como juez es mucho mayor que la
de un secretario, de modo que ya sabían lo que les esperaba de llegarse al
juicio.
Hay que aguantar
Otilio Romano dijo al militante diario La Nación, que lo publicó en su tapa, que
las acusaciones por su actuación y la de Miret durante la dictadura eran para
presionarlos por la ley de medios, cuando la cronología demuestra que los
organismos de derechos humanos entregaron al Consejo de la Magistratura la
denuncia el 22 de marzo y la Cámara recibió la apelación por la ley audiovisual
una semana después. Pero además, en el año 2003, cuando nadie pensaba en
modificar la ley de radiodifusión de la dictadura, el periodista Rodrigo
Sepúlveda presentó su tesis de graduación a la licenciatura en Comunicación
Social en la Universidad Nacional de Cuyo, que incluye testimonios filmados en
2000, cuando Kirchner sólo era gobernador de Santa Cruz. Juan Carlos Yanzón y
Hugo Tomini cuentan allí que los policías del D2 les bajaron la venda con la que
los mantenían sin vista para que hablaran con el juez.
–¿Cómo está? –preguntó Miret.
–Dolorido –respondió Hugo Tomini.
–Hay que aguantar –fue el único comentario del juez.
Cuando denunciaron las torturas de que habían sido víctimas y las violaciones a
las mujeres, Miret respondió con un gesto de indiferencia. Algunos meses
después, Tomini consiguió que le dieran la opción para salir del país. Su padre
fue a ver a Miret para que llenara los formalismos necesarios. “Si el presidente
Videla no tiene nada contra su hijo, yo tampoco”, dijo. “Era un soldado de su
general. No se ponía en juez, era uno más del escalafón”, describe Tomini. En el
trabajo de Sepúlveda también se recoge el testimonio de Jaime Torrens, a quien
Miret le dijo que lo iba a condenar porque “más allá de las pruebas que tenga,
usted es mi enemigo”.
(Entrevista: Ana F. Adelardi)
Fuente: Página 12
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