UN CABLE DESCLASIFICADO DE LA CIA INDICA QUE EJECUTO AL ARZOBISPO ROMERO UN
MILITAR ARGENTINO ENVIADO POR VIOLA
Matar a un monseñor

A treinta años del asesinato del célebre religioso salvadoreño,
el crimen no se esclareció, pero la pista más firme apunta a un represor del
Batallón 601 llamado o apodado Emilio Antonio Mendoza. Pero nunca fue
investigada por la Justicia.
Por Santiago O’Donnell
Este mes se cumplen treinta años del asesinato del arzobispo salvadoreño Oscar
Arnulfo Romero, icono universal de la defensa de los derechos humanos. El crimen
aún no se esclareció, pero la pista más firme dice que lo mató un argentino, un
represor de la dictadura llamado Emilio Antonio Mendoza.
Su nombre figura en un documento de la CIA, desclasificado por el gobierno de
Clinton en 1993, junto a otros 12.000 documentos que se refieren a El Salvador
producidos por la CIA, la embajada, el Departamento de Estado, el Departamento
de Defensa y otras agencias federales, en respuesta a un pedido del Congreso que
acababa de cerrar una investigación sobre abusos de derechos humanos en ese
país. El documento sobre “Mendoza” fue revelado por el periodista salvadoreño
Ricardo Valencia en el 2006 en una investigación periodística del diario El Día
de ese país.
El cable dice taxativamente, sin apelar a los verbos condicionales, que “el
oficial militar argentino Emilio Antonio Mendoza, fue enviado en 1980 a Honduras
junto a otros argentinos por el general Viola” y que Mendoza “admitió de hecho
haberle disparado a Romero”, y pide a la Agencia que recabe más información
sobre el sujeto.
Puede ser un bolazo. El documento desclasificado está lleno de tachaduras de los
censores de la Agencia y no precisa la fuente original de la información, no
dice cómo el agente se enteró. Duane Claridge, un jefe de la CIA que supervisaba
la inteligencia de la región en esos años, le dijo a Valencia que se trata de
información cruda, que no había sido procesada por los analistas en Washington.
Pero no negó su existencia. El diplomático estadounidense Robert White, que
asumió la embajada pocas semanas después del asesinato, reconoció en la misma
investigación periodística que estaba al tanto de la existencia del cable,
aunque su impresión era que no se había producido “un hallazgo”.
No habría que descartarlo. El cable lo manda el “agente legal” de la embajada en
San Salvador, o sea un hombre de la compañía. Los agentes de la CIA podrán ser
unos mentirosos para el resto del mundo, pero tratan de pasarle buena
información a sus supervisores. Aunque sea para ganarse el bonus de fin de año.
Además, está probado que al momento del crimen el autor intelectual, Roberto
D’Aubisson, recibía instrucción de militares argentinos que habían sido enviados
a El Salvador por el entonces jefe del Ejército argentino, que era Viola. Y
según muestran otros cables desclasificados por el gobierno estadounidense, cada
vez que se entrevistaba con funcionarios de los gobiernos de Carter y Reagan,
Viola demostraba una obsesión por el conflicto centroamericano.
Cuando apareció el documento de la CIA la causa judicial por el asesinato de
Romero estaba cerrada y sellada por una ley de amnistía. Por eso “Emilio Antonio
Mendoza” nunca fue investigado por la Justicia salvadoreña.
En la Argentina mucho se ha escrito e investigado sobre la participación de
represores argentinos en el conflicto centroamericano. Pero por distintas
razones muy poco se sabe sobre el funcionamiento de las estructuras de
Inteligencia que la Marina y el Ejército montaron en la región. Se conocen los
nombres de al menos un marino, Carlos Dürich, y un miembro de Ejército, Alfredo
Zarattini, que estaban en El Salvador alrededor de marzo de 1980, en contacto
directo con quienes ordenaron y planificaron el asesinato. Pero la existencia de
Mendoza –si ése es su verdadero apellido– sigue siendo un misterio.
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Monseñor Romero sabía que lo iban a matar y sabía desde dónde vendría la bala.
Murió el 24 de marzo de 1980 de un solo disparo al corazón mientras daba misa en
la capilla de un hospital para enfermos de cáncer. Era entonces el líder más
popular del país y también un pacifista molesto en un país al borde de la guerra
civil. Sus homilías, que se transmitían por radio, llegaban a todos los rincones
del país.
Lo habían nombrado arzobispo en 1977 con el apoyo de los sectores más
conservadores de la Iglesia. Pero la muerte de un sacerdote de base muy amigo,
asesinado por paramilitares junto a dos campesinos, lo llevó a denunciar cada
vez con más fuerzas las matanzas de los grupos paramilitares que se sucedían a
diario. También lo llevó a profundizar su opción por los pobres a partir de los
textos del II Concilio y el Congreso de Medellín.
Quince días antes del asesinato encontraron 72 candelas de dinamita bajo el
altar mayor de la iglesia del Sagrado Corazón de Jesús de San Salvador,
activados por reloj para estallar mientras él daba misa. “Podrán matarme pero no
podrán callar la verdad”, les contestó en la siguiente homilía.
El día antes de morir dio un sermón sobre la muerte. “A los soldados les digo
que los campesinos son su gente y que tengan en cuenta el mandamiento No
Matarás. Ninguna orden está por encima de la ley de Dios. En nombre de Dios, en
nombre de este sufrido pueblo, les pido, les ruego, que paren con la represión”,
predicó. En El Salvador, en esos días, se mataba por mucho menos.
Al día siguiente del asesinato una bomba estalló en la catedral y
francotiradores abrieron fuego contra la multitud que participaba de la
procesión, con un saldo de seis muertos y decenas de heridos.
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Al principio, la investigación judicial fue una farsa. Tres días después de
asumir el caso el juez salió ileso de un atentado, lo balearon en la puerta de
su casa. Desde entonces no demostró ningún interés por acercarse a la verdad.
Tardó nueve días en mandar peritos a la escena del crimen, cuando ya no quedaban
evidencias ni testigos. Nunca encontró nada.
La causa se reabrió en 1986 con otro juez durante el gobierno del demócrata
cristiano Napoleón Duarte. Fue gracias a un hecho, digamos, fortuito. Tres meses
después del asesinato, el ejército salvadoreño había allanado una finca donde el
entonces mayor Roberto D’Aubisson conspiraba con un grupo de civiles y militares
para derrocar a la junta militar que entonces gobernaba. D’Aubisson era el jefe
de los escuadrones de la muerte y más tarde sería fundador del partido de ultra
derecha Arena, que gobernó el país durante buena parte de los últimos treinta
años.
Entre los presentes estaba también el capitán de la fuerza aérea Alvaro Saravia.
Los conspiradores fueron liberados poco tiempo después, pero en el allanamiento,
los militares secuestraron y presentaron a la Justicia varios documentos, entre
ellos la agenda de Saravia. En esa agenda figuraban registros de compras de
armamentos y entre ellos las de dos rifles calibre 22 compatibles con los
fragmentos de proyectil encontrados en el cuerpo de Romero.
También figuraban los datos del chofer personal de Saravia, Antonio Garay, un
miembro de la Guardia Nacional. Garay declaró que estuvo presente cuando
D’Aubisson ordenó la muerte de Romero y le encargó a Saravia que contrate a un
francotirador delante de varios testigos que consintieron la decisión, a quienes
Garay también nombró. Dijo que él condujo al francotirador hasta la escena del
crimen, que su pasajero era “un hombre barbudo y bien parecido” a quien no
conocía, que estacionó su auto frente a la capilla y que vio cómo el pasajero
salía del auto y apoyaba la mira de un rifle sobre la rueda trasera. Dijo que
después escuchó un disparo y que el barbudo se subió otra vez al auto y que él
lo llevó a un lugar seguro. Se cansaron de mostrarle fotos de barbudos bien
parecidos, pero Garay no pudo identificar a su pasajero.
El juez incorporó el expediente del allanamiento a la causa del asesinato de
Romero y en base a los datos de la agenda y el testimonio de Garay imputó a
D’Aubisson como autor intelectual y a Saravia como autor operativo. Pero no
acusó a nadie por la autoría material.
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D’Aubisson nunca fue procesado porque tenía fueros de diputado y murió de cáncer
antes de que pudieran quitárselos. Saravia se había mudado a Modesto,
California, donde contrató un abogado caro para pelear la extradición. En 1987
la Corte Suprema salvadoreña le dio la razón a Saravia y retiró el pedido de
captura cursado a las autoridades estadounidenses. Según el Center for Justice
and Accountability (CJA), una ONG estadounidense que sigue el caso desde hace
varios años con el apoyo de la archidiócesis de San Salvador, el presidente de
la Corte que retiró el pedido de extradición había sido el abogado de D’Aubisson
durante el primer juicio. El caso Romero fue incluido en el informe de la
Comisión de la Verdad publicado en 1993 y semanas después Saravia fue incluido
en una ley de amnistía aprobaba por el Congreso salvadoreño.
Saravia vivió tranquilo por un tiempo. En 1996 la Comisión Interamericana de
Derechos Humanos (CIDH) ordenó reabrir la investigación y resarcir a los deudos
del arzobispo por la responsabilidad que le cupo al Estado salvadoreño en el
asesinato. El gobierno tardó tres años en contestar y cuando lo hizo dijo que no
reabriría el caso porque los responsables estaban cubiertos por la ley de
amnistía.
En noviembre del 2004 una corte civil de California citó a Saravia a declarar
sobre el asesinato en una causa abierta por el CJA en nombre de los familiares
de Romero. El capitán nunca se presentó y la corte lo condenó en ausencia a
pagar diez millones de dólares.
Desde entonces Saravia se encuentra prófugo pero da la impresión que la Justicia
estadounidense no lo busca demasiado. En una entrevista con el Miami Herald
desde la clandestinidad en el 2006, Saravia se negó a hablar del caso, salvo
para decir que él no había sido el francotirador. Ofreció negociar su testimonio
con las autoridades de su país y amenazó: “Si yo hablo, El Salvador tiembla”. No
dejó más precisiones.
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“D’Aubisson era el principal nexo entre la dictadura salvadoreña y los
represores argentinos”, dice al teléfono desde Maine el politólogo de Colby
College, Ariel Armony, autor de Argentina, Estados Unidos y Cruzada
Anticomunista en América Central 1977-1984 (UNQ, 1999), el libro de referencia
sobre el tema.
“Los salvadoreños admiraban a los argentinos. No necesitaban que les enseñen a
ser violentos, porque su historia está plagada de violencia. Lo que aprendían
era cómo usar esa violencia de manera más efectiva. En Guatemala tiraban
campesinos al mar desde aviones y helicópteros, algo nunca visto hasta la
llegada de los argentinos.”
El propio D’Aubisson reconoció haber sido instruido por militares argentinos en
El Salvador en una entrevista de 1983 con Laurie Becklund del Los Angeles Times:
“Ellos (los argentinos) estuvieron acá un corto tiempo pero ese tiempo fue muy
útil. Transmitieron sus experiencias e informaron a nuestra gente para
sugerirles que actúen de esta forma o de esta otra forma usando este sistema,
cómo conseguir información y cómo analizarla”.
Según el testimonio secreto del represor Leandro “Lenny” Sánchez Riesse, ante un
subcomité del Congreso de Estados Unidos, a partir de 1979 desembarcó en
Centroamérica un “Grupo de Tareas Exterior (GTE)” del Batallón 601, la
estructura de inteligencia del Ejército, al mando del coronel José Osvaldo
“Balita” Riviero. Armony obtuvo una transcripción de ese testimonio a través de
la ley de información pública. Otras investigaciones académicas y periodísticas
aportaron más nombres y más pruebas de la presencia de represores argentinos en
la región.
“Cuando ocurrió el asesinato de Romero el GTE se encontraba en su apogeo, ya que
recién meses después, en 1981, en las últimas semanas del gobierno de James
Carter, el gobierno estadounidense aprobó la primera operación encubierta de la
CIA contra los sandinistas. Hasta entonces el trabajo sucio lo hacían los
argentinos”, dice Armony.
Los cables desclasificados en 1993 indican que para la CIA los militares
argentinos eran útiles, pero también difíciles de manejar. “Están dispuestos a
todo. Sólo hace falta que les digamos lo que tienen que hacer”, dice uno. “En un
buen día son parcos y malhumorados, en un mal día actúan por cuenta propia en
contra de la política de nuestro gobierno”, dice otro.
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El año pasado la ex guerrilla del Frente Farabundo Martí para la Liberación
Nacional ganó por primera vez las elecciones presidenciales en El Salvador. En
el discurso del día del triunfo, el flamante presidente Mauricio Funes proclamó
que seguiría el ideario de monseñor Romero. En el día de la asunción, horas
antes de la ceremonia, Funes visitó la tumba del arzobispo en la catedral de San
Salvador. La semana pasada repitió la visita con Lula.
Por eso, cuentan en El Salvador, el aniversario treinta de la muerte de Romero
será como ningún otro, con importantes actos y ceremonias oficiales. Dicen que
un gigantesco mural del arzobispo está siendo pintado en la entrada del
aeropuerto internacional para recibir con su imagen a los visitantes que llegan
al país.
En noviembre del año pasado la embajadora ante la OEA del gobierno de Funes
anunció la reapertura de la causa por el asesinato de Romero en respuesta al
pedido de la CIDH de 1986.
Mientras tanto, en la Argentina, la Secretaría de Derechos Humanos del
Ministerio de Defensa no ha recibido aún pedido alguno de información sobre el
supuesto asesino Emilio Antonio Mendoza, dijo la directora de la secretaría,
Ileana Arduino. La funcionaria aclaró que sí ha recibido otros pedidos de otros
gobiernos sobre otros represores.
El tal Mendoza no figura con ese nombre en los archivos de la Conadep, ni en los
del CELS, ni en los del Cemida, constató el periodista salvadoreño Valencia en
el 2006. Este cronista pudo comprobar que tampoco hay datos sobre “Mendoza” en
las distintas dependencias del gobierno que se ocupan del tema, ni en los
listados de personal civil de Inteligencia del Batallón 601, recientemente
desclasificados por decreto del gobierno de Cristina Kirchner, ni en la base de
datos que publicó la revista Veintitrés con el personal que actuó en el 601
durante la dictadura. Allí figura un José Emilio Mendoza con categoría de
“dactilógrafo”, pero este diario pudo averiguar que durante la dictadura estuvo
destinado en Formosa.
No es fácil investigar la actividad de espías en el exterior en ningún país. El
decreto firmado por Cristina Kirchner excluye actividades en el extranjero y la
guerra de las Malvinas. Además, la colaboración desde Centroamérica ha sido
exigua o nula. “Nosotros le escribimos muchas veces al gobierno sandinista
preguntando por la actuación de militares argentinos en la época de la dictadura
pero los nicaragüenses nunca nos dieron información y a veces ni siquiera nos
contestaron”, precisa una fuente del gobierno.
Este mes se cumplen treinta años del asesinato de monseñor Romero, icono
universal de la defensa de los derechos , y su asesino anda suelto. En este
momento podría estar tomando una piña colada en Miami. O comiendo una pupusa de
chicharrón en San Salvador. O, por qué no, caminando tranquilo por las
callecitas de Buenos Aires.
Fuente: Página 12