HOY SE INICIA EL JUICIO ORAL POR EL ASESINATO DEL NEGRITO AVELLANEDA OCURRIDO EN
1976
“Un comienzo de justicia para los 30 mil”

En esta entrevista, los padres de Floreal Avellaneda recuerdan a su hijo,
cuentan cómo fue el secuestro perpetrado por una patota del Ejército y cómo
afrontaron la tragedia familiar. “Queremos que (el represor) Riveros sea
condenado y vaya a una cárcel común”, dicen.
Por Adriana Meyer
“Era el hijo más dulce, un chico rebelde pero con causa”, dice Iris Etelvina
Pereyra de Avellaneda sobre su hijo Floreal, secuestrado junto con ella en 1976,
arrojado al Río de la Plata tras sufrir torturas que lo destrozaron. Aquella
madrugada del 15 de abril, cuando la patota del Ejército irrumpió en su casa de
Munro, a patadas y balazos, buscaban a su marido, el dirigente comunista Floreal
Avellaneda. Pero como advirtieron que había escapado por una ventana, decidieron
llevársela a ella y a su hijo mayor. A sus 70, Iris tiene la mirada y la voz
intensas, y cuenta la historia que repitió muchas veces, la tragedia familiar
que luego de 33 años llega hoy a juicio oral, con el general Santiago Omar
Riveros y otros cuatro represores como acusados.
Al Negrito, como lo llaman, lo escuchó por última vez tras una sesión en que
ambos fueron torturados. Su cadáver apareció en las costas uruguayas un mes
después, con signos de haber sido empalado. Ella comenzaba su periplo por
centros clandestinos y cárceles, hasta que dos años más tarde salió en libertad
y se reencontró con su marido, que había estado clandestino y escondido por sus
compañeros. Floreal vendió su auto y se compraron una casa en Villa Tesei, donde
Iris decoró la cocina con botellas pintadas y azulejos grises con florcitas.
“Cocinamos juntos, él es Petrona y yo Juanita”, cuenta con una sonrisa mientras
el perro de enfrente insiste en ladrar “porque es muy llorón”. Iris terminó
séptimo grado y dice orgullosa que ahora hizo un curso de computación y navega
en Internet. “Tengo mi terapia, tejo mucho y ando en bicicleta. A los seis años
empecé a tejer, pero con ramitas de paraíso, hasta que mi mamá nos compró las
primeras agujas”, dice. “También tenemos barras, nos juntamos con matrimonios
grandes a cantar y guitarrear.”
–¿Pudieron reconstruir sus vidas después del ataque y el secuestro?
–Tanto reconstruimos nuestra vida que tuvimos otro hijo, Marcos Rodrigo, que
ahora tiene 29 años y ya nos dio dos nietos. (Mira a Floreal) Su primera
amargura fue cuando perdió a su mamá, luego la pérdida de nuestro primer hijo,
cuando tenía tres meses. Y después lo del Negrito, hay que ver que eso nos
impactó (le tiembla la voz).
–¿Cómo se sostuvieron todos estos años?
–Apoyándonos el uno con el otro, con la familia, los hijos, los nietos nos
ayudan, y los camaradas que andan detrás nuestro, que no es poco.
–¿Cómo era su vida al momento del secuestro?
–Era una militante muy callejera, teníamos una responsabilidad grande porque
éramos la célula madre del Partido Comunista de la zona, hacíamos finanzas,
piquetes. Trabajábamos que era una maravilla.
–Floreal, ¿usted trabajaba en una fábrica?
–Sí, en General Motors, Wobron y Tensa. Fui matricero. En Tensa, que era una de
las más importantes de zona norte, tuvimos una serie de conflictos. Me afilié en
1943 a la Juventud Comunista, nací afiliado (Iris se ríe), mi familia tenía una
trayectoria de lucha, mi madre Florinda Filgueiras de Avellaneda fue parte del
Socorro Rojo y cofundadora de la Liga Argentina por los Derechos del Hombre, en
1937. Se ocupaban de los presos políticos de Uriburu. Después del golpe, mi
padre estuvo detenido 36 meses. En la huelga metalúrgica del ’54 toda la familia
fue presa. En la cárcel organizamos cursos, obras de teatro, jugábamos al
ajedrez y al dominó.
–¿Cómo era la situación en la fábrica en 1976?
–En Tensa había un núcleo de sindicalistas combativos, y como los burócratas no
podían dominarnos metieron a la policía con matones armados y quedamos de
rehenes de la empresa. Pero cuando salimos paramos la fábrica 20 días. Había del
PRT, del PST, de Vanguardia Comunista, del Partido Comunista, de la JTP. Pero lo
extraordinario es que trabajamos juntos, con compañerismo a pesar de las
diferencias ideológicas.
–¿Por qué cree que lo fue a buscar el Ejército?
–Tenía una historia sindical, pero posiblemente fue lo que pasó en Tensa.
–Iris, ¿cómo vivió ese momento?
–En 1974 ellos fueron despedidos y yo había conseguido trabajo en una empresa en
San Martín, de soldadora. Entraron a las 2 de la mañana, pateando puertas,
baleando. Floreal pudo zafar porque la hermana le dijo “andate que son de las
Tres A”.
Floreal: –Tiraban sobre la puerta de entrada, mi hermana vivía adelante y
nosotros atrás, como en un dúplex. Llegué a saltar por una ventana a la casa de
la vecina y uno del grupo con ropa de fajina me vio y empezó a disparar. Le dije
al Negrito, que quería venir conmigo, “tirate al piso”, porque estaban a los
balazos. De ahí salté a lo de mi hermana y vi que los tenían a todos contra la
pared, con armas largas. Fui saltando por los techos, pasé toda la manzana,
hasta que llegué a la casa de un conocido.
Iris: –Abrí la puerta, fueron arriba y vieron que al lado de la cama había una
media sola, miraron, y se dieron cuenta de que éste se escapó por ahí. Unos
estaban a favor de llevarlo al Negrito, otros decían que no. Pero al final nos
sacaron a los dos, nos vendaron, nos encapucharon y nos llevaron a la comisaría
de Villa Martelli. Estábamos en ropa de dormir, me hicieron poner un vaquero y
una camperita, el Negrito tenía un pantalón de gimnasia azul y una remera
blanca. El que entró en casa, ese tal Rolo (Aneto, uno de los imputados que va a
juicio), lo hizo a cara descubierta, así que después lo reconocimos. Al Negrito
le dieron como en la guerra, y aunque ponían la música a todo lo que da yo
sentía sus gritos y él seguro los míos. Me picanearon bajo los brazos, boca,
pechos y los genitales. Fue tremendo porque te mojan y te ponen una almohada
para que no grites, pero la desesperación es terrible, pensás “tierra tragame”.
Me preguntaban por mi marido, tenés que saber dónde está, me decían. Después de
la tortura, que estuve cerca del Negrito, me dijo “mami, decí que papi se
escapó”.
–¿Ahí en la comisaría pudo juntarse con el Negrito?
–Estaba atada a una canilla, vendada y encapuchada. El tosía, no lo pude ver ni
tocar, sólo escucharlo, estábamos cerca... (se disculpa por la emoción que
interrumpe sus palabras). Parece que lo viví ayer. Empecé a gritar de
desesperación y me pusieron un trapo sucio en la boca. Fue el último contacto
con mi hijo. En Campo de Mayo siguió la tortura interminable. Nunca negué que
era del Partido Comunista, pero estoy tan feliz de que no delaté a nadie. Una
sola vez me preguntaron por mis compañeras, en realidad querían a Floreal porque
se les había escapado. Si hubiéramos adivinado lo que vino después, nos
habríamos escapado todos.
–¿Cuánto tiempo estuvo en Campo de Mayo?
–Unos quince días, con tortura continua. Me hicieron un simulacro de
fusilamiento, me gatillaron y me dijeron que pidiera tres deseos. Y yo ¿qué iba
a pedir? Pedí por el Negrito, y entonces me dijeron de mal modo “no preguntes
más porque ya lo reventamos”. Después me tiraron en un colchón, mientras me
decían “con los comunistas no se puede”, como que no habían podido quebrarme,
pienso. Se quedaron con las ganas conmigo.
–¿Qué pasó luego?
–Uno que le decían “la Parca” o “Ginebrón” me pegó un latigazo en la pierna, nos
subieron a un celular a Olmos. Cuando pregunté por qué estaba en la cárcel me
dijeron que estaba acusada de “comunista montonera”. Una médica me curó los
ojos, que no veía nada por las vendas. En noviembre me trasladaron a Devoto. Ahí
la tortura era psicológica, no nos dejaban leer ni tejer, nos arruinaban la
comida que la Liga nos llevaba. Salí en libertad en julio de 1978. Durante ese
tiempo había mandado cartas a todos lados preguntando por el Negrito, nadie me
contestó. Cuando llegamos a Coordinación Federal, unos milicos me preguntaron
por qué estaba ahí, les dije que por comunista, y me respondieron si no me daba
vergüenza. Les contesté que claro que no, que lo que más me dolía era que me
habían matado a mi hijo. Y el tipo se enfureció y dijo “y ésa es la educación
que le diste”, y le dije “es la misma que recibí yo cuando me afilié al
partido”. “Querés un consejo, desafiliate”, me dijo. Y le respondí que ya era
grandecita para que me diera consejos. Entonces me llevó a una celda, con un
pellizcón en el brazo y me tiró al piso. El colchón que había ahí era sangre
viva, así que me pasé la noche parada pegada a la mirilla. No me daban la
libertad porque decían que yo les había robado, cuando fue al revés, además de
secuestrarnos nos habían robado todo.
–¿Cómo encontraron al Negrito?
Floreal: –El 15 de mayo, justo el día que él cumplía años, salió en el diario
Crónica que aparecieron ocho cadáveres en el Río de la Plata, y uno tenía un
tatuaje que decía F y A, igual al que me había hecho yo y el Negrito tenía uno
igual. El cadáver había aparecido en las costas de Uruguay, destrozado en la
zona anal porque lo habían torturado, se ve que falleció por empalamiento. Esas
bestias... (se seca unas lágrimas) Nuestro abogado Julio Viaggio pidió las
huellas dactiloscópicas y las fotografías del cuerpo, estaba atado con sogas. El
cuerpo ya estaba identificado, por eso fueron procesados varios militares en el
Juicio a las Juntas, donde declaró Iris. Cuando ella salió en libertad empezamos
los trámites para extraditar los restos. Pero en el cementerio del Norte nos
dijeron que no estaba más. El cadáver desapareció, hay una querella que pasó por
tres jueces y no avanza. El 16 de junio de 1979 hubo un operativo militar en el
cementerio, eso es muy sospechoso. Los militares uruguayos nos deben una
respuesta, actuaron por el Plan Cóndor.
–¿Cómo era Floreal?
–Me confiaba todo, estudiaba en la secundaria y quería ser mecánico naval. Desde
los 13 años estaba afiliado a la Federación Juvenil Comunista. Un militar lo
apadrinó y entró en la ESMA, pero no tenía aptitudes militares y le dieron de
baja porque se agarró a piñas con su superior. Protestó porque a los chicos que
entraban no les preguntaban si sabían nadar. Tenía medallas de natación. En esa
época tenía una novia, María, con la que se había ido de viaje a Misiones.
–El juicio tardó 33 años en llegar. ¿Cómo se sienten?
Iris: –Estamos bien, había que desembuchar todo esto. Es un comienzo de justicia
para los 30 mil desaparecidos.
Floreal: –Pensaba que el Negrito era uno de los más chicos, pero cuando
estuvimos en el Monumento a las Víctimas del Terrorismo de Estado me di cuenta
que hay víctimas de 13, de 14 años. Este es el primer juicio que se le hace al
Comando de Institutos Militares. Tenemos una vecina que había desaparecido,
María Rosa Moro, la llevaron de FATE. Su cuerpo apareció en Troubille, en
Uruguay, junto con el del Negrito.
Iris: –Esto es casi un caso juzgado, tantos años hace que estamos en esta lucha,
ellos saben perfectamente qué hicieron con el Negrito y con nosotros. Nos
querían hacer desaparecer a toda una generación que quería el bien de su país, y
nosotros éramos parte de eso, mientras ellos querían imponer el sistema
neoliberal. Los que seguimos con vida tenemos el compromiso de seguir luchando.
–¿Qué esperan del juicio?
Floreal: –Que Riveros sea condenado y que vaya a una cárcel común.
Fuente: Página 12
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