TRES OBISPOS EN UNA TRUCULENTA CAUSA JUDICIAL
Novela gótica
Por Horacio Verbitsky
Una novela
gótica que involucra a tres miembros del Episcopado católico se desarrolla en
una de las diócesis industriales más castigadas por la represión dictatorial. El
primer obispo, que acompañaba a los trabajadores perseguidos, fue asesinado en
1977 simulando un accidente de ruta. El segundo no responde las preguntas
judiciales sobre la exhumación irregular de los restos del anterior, lo cual
alimenta la sospecha de que pudo producirse un reemplazo para frustrar la
investigación. El tercero fue indagado y se ha pedido su procesamiento por falso
testimonio, que podría extenderse a encubrimiento del crimen. También había
desaparecido el expediente judicial por la muerte del primer obispo. Tremendas
presiones se ejercen sobre el fiscal subrogante que pidió la reapertura de la
causa, descubrió la exhumación irregular del cuerpo, redactó las preguntas que
el segundo obispo no contesta, encontró el expediente en el escritorio de un
enemigo manifiesto del obispo muerto y pidió el procesamiento del tercer
eclesiástico, quien durante la dictadura fue uno de los enlaces oficiales de la
Conferencia Episcopal con la Junta Militar. El comportamiento de la jerarquía
católica y las complicidades judiciales ante la persecución a quienes desde sus
filas denunciaban los crímenes de la dictadura y seguían los lineamientos de la
encíclica Populorum Progressio y de los documentos episcopales de Medellín y de
San Miguel son el telón de fondo de esta historia truculenta.
El cadáver desaparece
El obispo de San Nicolás, Carlos Horacio Ponce de León, murió el 11 de julio de
1977 en una colisión carretera. Veinte años después se inauguró una ermita en el
lugar de su muerte, con asistencia de una delegación de las Madres de Plaza de
Mayo (Línea Fundadora) y una misa en la catedral que tuvo gran repercusión. Al
mes siguiente, el cadáver desapareció de la Catedral. El fiscal federal Juan
Patricio Murray impulsa la reapertura de la causa desde hace cuatro años. Una de
las diligencias que solicitó fue la exhumación de los restos y la realización de
un peritaje antropológico forense para determinar si las lesiones en su
esqueleto resultaban compatibles con traumas producidos por un choque en la ruta
y cuáles fueron las causas de su muerte. Pero antes de que el juez Carlos
Villafuerte Ruzo respondiera, por diversos testimonios e informes Murray supo
que los restos de Ponce de León habían sido extraídos de su tumba de la Catedral
“de donde estuvo fuera una cantidad de días no determinados”, se supone que en
el cementerio local y en una funeraria. El cadáver fue manipulado “con el
justificativo de la necesidad del cambio de la caja metálica y de su ataúd” pero
ni en la Municipalidad, ni en el Obispado ni en la cochería se encontró
documentación alguna. Por eso, antes de cualquier peritaje es preciso certificar
mediante un análisis de ADN que los restos de Ponce no fueron sustituidos.
Educando a Franca
Al mismo tiempo desapareció del archivo de los tribunales locales el expediente
por el homicidio de Ponce de León. Un día de 2004, Murray tocó la puerta del
despacho del defensor oficial Héctor H. Hernández, e ingresó sin esperar
respuesta.
–Acá estamos matando un obispo –bromeó el prosecretario administrativo de la
Defensoría, Luis Ré (un viejo funcionario judicial, hijo de un militar).
Murray se acercó y vio sobre el escritorio de Hernández un viejo expediente,
abierto en una página con fotos de dos vehículos después de un choque. De pie
junto a Hernández, la empleada Franca Padullo observaba las fotos. Muy molesto
con la situación, Hernández explicó:
–Franquita tenía la versión transmitida por sus padres de que al obispo Ponce de
León lo habían asesinado en la época del Proceso, y yo le estaba mostrando el
expediente para que verificara que había sido un accidente, que no era posible
que personas honorables como un juez, su secretario, un fiscal, un abogado
defensor, tres jueces de Cámara, un secretario y un fiscal de Cámara se hayan
puesto de acuerdo para hacer aparecer como accidente un atentado.
El ADN
Murray se retiró sin hacer comentarios. Pocos días después el expediente volvió
al archivo. Hernández es hermano de un sacerdote y autor de una interminable
biografía del asesinado ex presidente de la organización integrista Ciudad
Católica, Carlos Sacheri. En vida de Ponce de León fue uno de los organizadores
de las legiones que lo denunciaron como subversivo y comunista y llegó a
provocar un escándalo en la Catedral, leyendo en forma ostensible un libro
durante la homilía. Es habitual colaborador del diario Norte en el que sin
mencionar su involucramiento niega que el obispo haya sido asesinado.
Ante las “dudas razonables acerca de la identidad” de los restos, el fiscal
pidió que se consultara al Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) y al
Cuerpo Médico Forense de la Corte Suprema de Justicia qué análisis de ADN se
deberían realizar para establecer en forma fehaciente si pertenecen o no a Ponce
de León. El Cuerpo Médico Forense no respondió a la solicitud y en el oficio al
EAAF el juez omitió consignar qué era lo que le solicitaba. Como la prueba
solicitada es de vital importancia el fiscal pidió la suspensión del peritaje de
autopsia hasta que no se estableciera la identidad de los restos. Pero el juez
Villafuerte suspendió la exhumación de los restos.
También dispuso tomar declaración testimonial al actual Arzobispo de Paraná,
Mario L. B. Maulión, quien era obispo de San Nicolás cuando se retiraron de la
catedral los restos de Ponce de León. Las preguntas fueron enviadas en mayo y
seis meses después Maulión no las contestó. Murray pidió que el Correo Argentino
respondiera si la carta certificada fue recibida en el Arzobispado de Paraná y,
en caso afirmativo se intimara a Maulión a responder en el término perentorio de
cinco días hábiles. Pero el juez se limitó a inquirir al secretario del
Arzobispado de Paraná si había recibido el oficio por pieza certificada. Como
era de esperar, la respuesta fue negativa. Villafuerte envió un nuevo oficio con
las preguntas y no fijó plazo alguno para la respuesta. Murray también pidió que
se citara a declarar como testigo al autor de esta nota, cosa que el juez
rechazó, aduciendo que con la documentación incorporada a la causa basta para
acreditar “la inteligencia ilegal” que los servicios hacían sobre Ponce de León
y su diócesis.
Falso testimonio
A la muerte de Ponce de León el Vaticano designó como administrador apostólico
de San Nicolás al entonces obispo de San Isidro Oscar Justo Laguna. Villafuerte
Ruzo lo llamó primero como testigo. El popular obispo de la televisión invocó su
condición de “alto dignatario de la Iglesia” para acogerse al privilegio de
contestar por escrito, pese a la oposición del fiscal Juan Patricio Murray.
Laguna envió sus respuestas tres semanas después de recibir las preguntas. Dijo
haber sido administrador apostólico de San Nicolás entre julio y diciembre del
año posterior a la muerte de Ponce de León, 1978. Murray lo denunció por falso
testimonio, porque su desempeño fue entre esos meses pero de 1977. El juez
entendió que se trató de un inocente error material, que no afectaba la
investigación y lo sobreseyó. Pero Murray apeló y la Cámara Federal de Rosario,
por voto unánime de sus miembros, le dio la razón y sugirió al juez que
recibiera más testimonios y realizara careos. Para el camarista Fernando Barbará
la muerte del obispo conmocionó a la zona, por su similitud con la del obispo de
La Rioja, Enrique Angelelli, un año antes, de manera que “cuesta pensar” que sea
posible la confusión... (la biografía oficial del ex nuncio Pío Laghi, en cuya
redacción Laguna se atribuye una parte decisiva, acusa de “extremismos” a Ponce
de León y Angelelli). Laguna declaró que recuerda ese año porque estaba en San
Nicolás cuando murió Pablo VI. Barbará señala que si las fechas mencionadas
hubieran sido las reales, Laguna también habría estado en San Nicolás en ocasión
de la muerte de Juan Pablo I y la elección de Juan Pablo II y que la muerte y
elección de dos papas son difíciles de olvidar o confundir por un obispo. El
“hipotético falseamiento deliberado” de las fechas “podría no haber constituido
un fin en sí mismo sino la excusa para callar una verdad conocida”, sobre otros
aspectos de la investigación. El juez José Guillermo Toledo adhirió a este voto
pero agregó que como Laguna pudo haber tenido alguna responsabilidad por hechos
posteriores vinculados al homicidio, debían excluirse aquellas declaraciones
sobre hechos propios que pudieran resultar en una responsabilidad penal porque
“la falta es cometida por la necesidad de salvarse o protegerse a sí mismo”.
Ahora el fiscal insistió en que Laguna fuera procesado por falso testimonio.
Según el artículo 275 del Código Penal, la pena por ese delito es de hasta
cuatro años de prisión e inhabilitación absoluta por hasta ocho años.
No sabe, no contesta
En su pedido de procesamiento Murray dice que Laguna incurrió en una serie de
falsedades e intentó justificarlas con la transposición en el tiempo. No sólo
invocó su presunto arribo a la diócesis un año después de los hechos. También
dijo que le había llamado la atención que el Vaticano tardara tanto en cubrir el
cargo, cuando en realidad su designación se produjo en tiempo record. Los
sacerdotes nicoleños que declararon en la causa atribuyeron esa premura a una
decisión del nuncio Pío Laghi para adelantarse al propio presbiterio antes de
que designara a un administrador diocesano, como había dispuesto Ponce de León.
La modificación de la fecha de su desempeño le permitió alegar que nunca nadie
le habló de otra cosa que de un accidente debido a la niebla ni de las amenazas
que recibía Ponce de León, tal como está acreditado en la causa. Con el mismo
pretexto dijo que no le mencionaron los portafolios que llevaba el obispo en el
auto chocado, ni supo nada de su correspondencia epistolar que desapareció del
Obispado, ni de su testamento, abierto según Laguna un año antes de su llegada.
Sin explicar la razón, no contestó si había dado instrucciones y a quién para
que el Obispado reclamara por daños y perjuicios a los propietarios, el
conductor o la aseguradora de la Camioneta Ford F-100 que se le cruzara en la
marcha a la Renoleta del Obispado que manejaba Ponce de León y que quedó
destruida. Tampoco dio mayores referencias sobre Víctor Oscar Martínez, quien
acompañaba al obispo en el momento de la colisión y luego estuvo secuestrado en
la Prefectura local.
Una persona lúcida
“Quienes profesamos la fe en la Santa Iglesia Católica Apostólica de Roma, y
somos televidentes de sus micros emitidos todos los martes por Crónica TV,
apreciamos sus conocimientos sobre temas espirituales y temporales, y la lucidez
mental con que se expresa y manifiesta”, dice el fiscal. Por eso no es posible
suponer que la transposición de fechas fuera accidental. Por el contrario “tuvo
la intencionalidad de omitir o callar la verdad sobre otros puntos sobre los
cuales se lo estaba interrogando”. Tanto “el hecho falso afirmado como aquellos
callados que indudablemente tuvo que conocer Laguna, guardan relación con los
hechos de la causa en que se investiga la muerte del Obispo Ponce de León”.
También desaparecieron las Cartas Pastorales emitidas por Ponce de León después
de febrero de 1975, fecha que para el fiscal “no carece de importancia”. En esos
días, dice, comenzó la experiencia piloto de terrorismo de Estado en toda la
zona norte de la provincia de Buenos Aires y sur de la provincia de Santa Fe
“para reprimir las huelgas de los obreros metalúrgicos de la vecina ciudad de
Villa Constitución”. Citando distintos testimonios de la causa el fiscal
recuerda que muchos de los obreros de las plantas de Acindar y Metcon vivían en
San Nicolás y eran feligreses de Ponce de León, quien “tuvo un protagonismo
destacado en defensa de los detenidos, de los desaparecidos y de los perseguidos
en general por parte de las fuerzas represivas”. En su portafolio llevaba
documentación sobre “desapariciones y asesinatos durante el terrorismo de
Estado”.
La comisión de enlace
En un tramo central de su dictamen, Murray sostiene que Laguna “no era una
persona ajena a la temática. Integraba –por designación del Episcopado y según
sus propios dichos– la comisión de enlace con las autoridades militares, la que
tenía como función (según lo por él declarado) hacer reclamos por los
desaparecidos y por los derechos humanos violados... Cuando llegó a San Nicolás,
el jefe del Area Militar le reclamó por actitudes “que seguían teniendo
sacerdotes que habían actuado codo a codo con Monseñor Ponce de León”. La
correspondencia incorporada a la causa da cuenta del trato constante entre
Laguna y el jefe de la represión en la zona, el hoy procesado coronel Manuel
Fernando Saint Amant. En una carta a Laguna, Saint Amant se refiere a “la
tirantez de relaciones que existe entre este batallón y la anterior conducción
diocesana”, habla en forma despectiva de “los curas progresistas que usted
conoce” y los tilda de “escollos” que se hace necesario remover “como ya se lo
señalara en su oportunidad”. Uno de los presbíteros de entonces, José Káraman,
declaró que ante el pedido de los sacerdotes Laguna se negó a salir en defensa
de unos muchachos que habían sido detenidos, salvándose de “que un cura lo
cagara a trompadas. Yo fui testigo. Y lamento haber intervenido para sacar al
cura”. Según el procurador fiscal, la desaparición de las cartas pastorales, la
correspondencia epistolar y la documentación sobre personas desaparecidas y
asesinadas por el terrorismo de Estado “tiene un vínculo estrecho posible con
las causas de la muerte del obispo y puede hacer a hechos ocurridos con
posterioridad a la misma para encubrir un presunto homicidio producto de un
atentado”. Murray sólo acusó a Laguna por falso testimonio (artículo 275 del
Código Procesal), pero esta referencia a un posible encubrimiento extiende el
campo de sospecha al delito que el artículo 277 del mismo código castiga con
prisión de hasta tres años, a quien después de la ejecución del delito ayudare a
alguien a eludir las investigaciones de la autoridad o a procurar la
desaparición, ocultamiento o alteración de los rastros, pruebas o instrumentos
del delito.
Fuente: Página 12