SEIS REPRESORES CONDENADOS EN EL PRIMER JUICIO POR DELITOS DE LESA HUMANIDAD
COMETIDOS EN CAMPO DE MAYO
“Fueron crímenes sistemáticos y a gran escala”

El general Santiago Omar Riveros fue sentenciado a prisión perpetua en una
unidad del Servicio Penitenciario. Cinco subordinados suyos recibieron entre 25
y ocho años. Fue por las torturas y el homicidio de Floreal Avellaneda, de 15
años, y el secuestro de su madre.
Por Diego Martínez
A un tercio de siglo de los crímenes en Campo de Mayo, sede del mayor centro
clandestino de detención y tortura del Ejército durante la última dictadura, el
Tribunal Oral Federal 1 de San Martín condenó ayer a la pena de prisión perpetua
al general retirado Santiago Omar Riveros, ex comandante de Institutos
Militares, de 86 años. La sentencia incluyó condenas a los generales Fernando
Verplaetsen y Jorge Osvaldo García, a los capitanes César Fragni y Raúl Harsich,
y al ex policía Alberto Aneto. Por tratarse de delitos de lesa humanidad
cumplirán su pena en una unidad del Servicio Penitenciario Federal. El Tribunal
consideró que “por la sistematicidad y gran escala” de los delitos cometidos en
la ex Zona IV se trató de “crímenes de lesa humanidad”, como solicitó la
Secretaría de Derechos Humanos de la Nación, y rechazó la calificación de
genocidio reclamada por el querellante de Justicia Ya! y la Liga Argentina por
los Derechos del Hombre.
La primera condena por delitos de lesa humanidad en Campo de Mayo, por donde se
estima que pasaron más de cinco mil secuestrados, fue por un caso emblemático,
probado desde el Juicio a las Juntas en 1985: el homicidio de Floreal
Avellaneda, cuyo cadáver con signos de empalamiento, atado de pies y manos,
apareció en la costa uruguaya en mayo de 1976, previo secuestro y torturas junto
a su madre Iris Pereyra. El joven, de 15 años, militante de la Federación
Juvenil Comunista, fue secuestrado el 15 de abril de 1976, en su casa de Munro,
durante un operativo para capturar a su padre homónimo por su militancia gremial
en la fábrica Tensa. Madre e hijo fueron torturados primero en la comisaría de
Villa Martelli y luego en “El Campito”, en la guarnición militar Campo de Mayo.
Anoche, con los ojos llenos de lágrimas, rodeado de pibes de la FJC y de
H.I.J.O.S., Floreal Avellaneda padre cantó, tras la sentencia: “No hubo errores,
no hubo excesos, son todos asesinos los milicos del proceso”. Horas antes, ante
Página/12, recordó que “los juicios siguen” y consideró “fundamental que todos
los responsables sean condenados”.
La lectura del fallo, a cargo de Lucila Larrandart, Martha Milloc y Héctor
Sagretti, incluyó los considerandos, por lo que duró casi seis horas. Fue
seguida por un centenar de personas, incluidos familiares de Floreal Avellaneda
y también de los imputados, separados por cinco policías. Los acusados
prefirieron no estar en la sala. Por la mañana, durante las “últimas palabras”
de Riveros y García (ver aparte), hubo incluso una docena de militares de civil.
Para garantizar la publicidad del proceso, la jornada fue seguida por diez
cámaras de filmación y otros tantos reporteros gráficos.
El tribunal desbarató uno a uno los planteos de las defensas, a las que
cuestionó varias veces. Calificó como “de humor negro” la actitud del defensor
oficial Carlos Palermo, quien puso en duda que el examen de las huellas
dactilares fuera suficiente para probar una identidad y planteó que debieron
mostrarles las fotos del cadáver de Floreal Avellaneda a sus padres. Larrandart
también llamó la atención sobre objeciones de algunas querellas ante preguntas a
los testigos. “Parecieran no pertenecer a organismos de derechos humanos”, dijo.
El tribunal destacó el valor de la “prueba indiciaria” frente a crímenes
signados por “la clandestinidad y la destrucción planificada de las pruebas”.
A las 20.43, con la bandera argentina a su derecha, la bonaerense a su izquierda
y Jesucristo crucificado sobre su cabeza, la presidenta del tribunal leyó la
condena a “prisión perpetua” a Riveros y la sala estalló en abrazos y aplausos.
Icono del terrorismo de Estado, indultado por Carlos Menem en 1990, Riveros fue
comandante de Institutos Militares entre 1976 y 1978. Su primera condena (en
octubre afrontará su segundo juicio) es como autor de apenas dos privaciones
ilegales de la libertad agravados por la violencia, allanamiento ilegal, robo,
torturas agravadas por tratarse de perseguidos políticos, homicidio agravado y
ocultamiento del cuerpo.
La segunda mayor pena, de 25 años de prisión, fue para Verplaetsen, ex jefe de
inteligencia de Campo de Mayo en 1976. El entonces coronel era interlocutor
habitual del responsable del centro clandestino, teniente coronel Jorge Voso,
alias Ginebrón, que murió impune. Por la “disfunción y trastornos psicogénicos”
invocados por sus defensores, Verplaetsen es el único de los condenados que
“previo examen médico y psicológico” podría beneficiarse con el arresto
domiciliario.
La pena para el general García será de 18 años de cárcel. Con el grado de
coronel, García era en 1976 director de la Escuela de Infantería y jefe del área
militar donde vivía la familia Avellaneda y donde funcionaba la comisaría de
Villa Martelli, primera escala tras las capturas. Fragni y Harsich eran entonces
sus subordinados. Las firmas de ambos figuran en un “acta de detención” labrada
tras los secuestros, recibida años después por un familiar de las víctimas.
Fragni declaró en 1984 haber intervenido en “algunas operaciones de la guerra
contra la subversión”. Ante la ausencia de testigos de las torturas y la
posibilidad de que por el grado y la posición en la estructura militar no
conocieran el plan secreto del Ejército elaborado dos meses antes, el tribunal
los responsabilizó sólo por los secuestros y robos, y los condenó a ocho años de
prisión.
Distinto es el caso de Aneto, jefe de turno de la comisaría la madrugada de los
hechos, reconocido por Iris Pereyra como integrante del grupo de tareas que la
secuestró y luego la torturó, en Villa Martelli y en Campo de Mayo. El tribunal
rechazó por “inverosímil” la coartada del ex policía, quien aseguró recordar que
aquel día mantuvo una larga charla con un detenido, que recibió la visita de su
mujer y que comió un sandwich de milanesa. Citado como testigo, el ex detenido
lo refutó. Aneto fue condenado a la pena de 14 años de prisión.
Con invocaciones a Dios y a la Virgen
Ni arrepentimiento, ni admisión de los crímenes. Sólo reclamos de ser juzgados
por “nuestros jueces naturales”, cuestionamientos al “foráneo concepto de
crímenes de lesa humanidad” e invocaciones a “Dios y la Virgen Inmaculada”, que
ayer en San Martín no lograron despegarse de quienes los invocaron. Las “últimas
palabras” previas a la sentencia, por la mañana, estuvieron a cargo de los
generales Santiago Riveros y Jorge Osvaldo García. Fernando Verplaetsen optó por
el silencio y fue autorizado a dejar la sala. Los otros imputados habían
declarado el viernes.
“Ustedes son jueces de la democracia, no pueden ser jueces de militares, no nos
conocen bien, no saben lo que sufrimos”, dijo. Como ejemplo de la dedicación que
exige convencer a un civil sobre la legitimidad de los métodos castrenses, citó
a su ex abogado Florencio Varela, “que estuvo seis años hasta que pudo
entenderme”. Más tarde admitió a su manera las dificultades para comprender las
reglas del estado de derecho. “Hace 26 años padezco el tormento de recorrer
estrados judiciales y en ninguno reconocí la competencia de los jueces”, dijo.
“Durante cuarenta años de vida militar me dijeron que esos señores de gorra
roja, los generales, eran mis jueces naturales”, agregó. “El Estado nos engañó.
Nos formó para obedecer órdenes y ahora aparecen señores que hablan de órdenes
inmorales. Las órdenes son órdenes, no se analizan, se cumplen”, predicó.
También renegó del “foráneo concepto de crímenes de lesa humanidad”, que “ni
Alfonsín, ni los fiscales del Juicio a las Juntas aplicaron”, y reclamó que se
analizara el contexto de “guerra revolucionaria contra el agresor marxista”.
Agradeció “a mi querida esposa, fiel compañera” y “a mis dos amados hijos”. “Mis
familiares son mis verdaderos jueces naturales”, dijo, contrariando el discurso
previo, aunque están por debajo “del juez superior, en el cielo”. Cerró con “mi
sincero respeto a la familia Avellaneda, por lo que sufren, por lo que han
sufrido y por lo que seguirán sufriendo en su búsqueda de la verdad”.
“Me siento una víctima, un preso político”, arrancó García. Dijo haber
participado de “una guerra declarada por el gobierno constitucional” y
“continuada en todo el país a partir del 24 de marzo de 1976”. El proceso de
justicia está plagado de “sentimientos de venganza y odio, inspirado por la
mentirosa propaganda de ex integrantes de organizaciones terroristas devenidos
en autoridades enquistadas en todos los niveles de gobierno”, afirmó. “Se
intenta reescribir la historia con políticas educativas de tinte gramsciano”,
dijo, y aseguró que “ya hay dos generaciones formadas en la calumnia y la
mentira”. Lamentó la pasividad de los cómplices civiles del terrorismo de
Estado, “entusiastas de las Fuerzas Armadas de entonces”, a quienes “no se les
pide adhesión, pero sí memoria”.
Cerró con un pedido de “reconocimiento a todos los caídos en esta guerra, sin
distinción de ninguna naturaleza, y a quienes aún sufren las consecuencias de
tanta violencia demencial”, y manifestó su deseo de “que la sociedad argentina
pueda interpretar con madurez y objetividad los hechos de la década del ’70”.
“Ruego a Dios nuestro Señor que ilumine las decisiones del tribunal y que la
Virgen Inmaculada nos proteja con vuestro sagrado manto”, concluyó.
Fuente: Página 12
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