MARTÍN RODRÍGUEZ, CAPITÁN DEL EJERCITO, DECLARO Y FUE PRESO
De torturador a profesor
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Martín Rodríguez fue localizado por una investigación
de Pablo Llonto.
Imagen: Rolando Andrade
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“Su nombre de guerra era Toro, pertenecía a uno de los grupos de tareas más
temidos”, contó hace años el ex sargento Víctor Ibáñez. El capitán se había
reciclado como docente de la Universidad Católica de Salta. Quedó detenido en
Marcos Paz.
Por Diego Martínez
Hace treinta años, como capitán del Ejército, Martín Rodríguez interrogaba a
secuestrados en Campo de Mayo. Tras el retiro se recibió de licenciado en
Ciencia Política en la Universidad Kennedy y se radicó en Salta. Fue entrenador
de rugby del Jockey Club y dirigió la carrera de Relaciones Internacionales en
la Universidad Católica, que encabeza el arzobispo Mario Antonio Cargnello. Una
investigación de Pablo Llonto, abogado de los hijos del ex diputado Diego Muniz
Barreto, permitió identificarlo. Ayer, con 63 años y media vida impune, se
presentó bolsito en mano en el juzgado de San Martín, a cargo de Juan Manuel
Yalj. Dos horas después salió con esposas, que mostró con odio ante el fotógrafo
de Página/12, y ya pasó su primera noche en el penal de Marcos Paz.
“Su nombre de guerra era Toro, pertenecía a uno de los grupos de tareas más
temidos”, contó el ex sargento Víctor Ibáñez años atrás. “Terminó procesado por
un asunto de robos de autos. Entre sesión y sesión de tortura les hacía firmar a
los prisioneros un formulario de transferencia para quedarse con los vehículos”,
recordó el ex guardia de El Campito.
La segunda pieza la aportó Juan José Fernández, secuestrado junto a Muniz
Barreto en febrero de 1977. Ambos pasaron por las manos de Luis Patti y luego
fueron trasladados a El Campito. El 6 de marzo, adormecidos, fueron arrojados al
fondo de un arroyo en el interior de un Fiat 128. Fernández sobrevivió y, antes
de exiliarse, declaró ante un escribano. Dejó constancia de un diálogo
telefónico que escuchó en cautiverio:
–Habla el capitán Rodríguez, comuníqueme con el coronel Sambrano –grabó en su
mente.
Luego el capitán transmitió información arrancada bajo torturas. Con esos datos,
Llonto preguntó al Ejército cuántos capitanes Rodríguez había en Campo de Mayo
en 1977. Respuesta: uno. Citado a declarar, Ibáñez no dudó al ver la foto del
represor. “Era el más salvaje”, agregó.
Ayer a las once, con barba crecida, remera y saco gris, Rodríguez se presentó
ante el juez. Ante la ausencia del fiscal Jorge Sica, declaró sólo ante Yalj y
su secretario. Tres horas después salió esposado. “No vas a tener perdón”, le
gritó Juana Muniz Barreto, que perdió a su padre cuando tenía quince años.
Rodríguez se subió al patrullero y, a diferencia de Luis Patti, que se cubría
las esposas, mostró las suyas para la foto.
“El corazón me latía fuerte –contó luego Juana–. Ahora siento paz: la
satisfacción de haber logrado algo por lo que venimos batallando hace tiempo, la
tranquilidad de saber que ya no está entre nosotros como un profesor respetable.
Siento haber cumplido con mi deber de hija. Pensé todo el tiempo en mi papá, en
lo feliz y agradecida de haberlo tenido quince años, en el orgullo que siento
por su valentía, y estoy segura de que él estaría orgulloso de su hija”,
confesó. “También pensé en mis hijos: éste es el mejor legado que puedo
dejarles”, concluyó. Llonto se mostró satisfecho “porque en un mes, después de
años de investigación, cayeron dos de los torturadores más salvajes de Campo de
Mayo”. El otro es Carlos Somoza, alias Gordo, ex interrogador del Batallón 601.
Rodríguez nació el 14 de marzo de 1946 en Posadas, Misiones. Cuando se produjo
el golpe de Estado era teniente primero. En diciembre de 1976 ascendió a
capitán, grado que anteponía a su apellido y que permitió identificarlo. En 1976
y 1977 alternó destinos entre la Escuela de Servicios General Lemos y el Comando
de Institutos Militares. Sus calificaciones a fines de 1977 demuestran que tenía
un óptimo concepto por parte de sus superiores. “Un brillante oficial que
prestigia al instituto”, escribió el coronel Eugenio Guañabens Perelló, que
ahora afronta su primer juicio por crímenes de lesa humanidad.
El decano de la Facultad de Derecho de la UCA salteña, Armando Isasmendi, se
enteró de la detención por Página/12 y dijo ignorar la citación judicial.
“Sabíamos que estaba por declarar y estábamos a la expectativa de ver qué
sucedía”, admitió segundos después Martín Andrés Rodríguez, homónimo y director
de la carrera de Relaciones Internacionales.
–¿Lo sorprende la noticia?
–Y... sí, uno sabe que son militares de esa época, pero dice “son profesores”,
mejor no meterse en esos temas.
–¿Muchos militares como profesores?
–Sí, la UCA tiene relación con Ejército y Gendarmería. También por el perfil de
las materias: geopolítica, estrategia.
Un ex alumno consultado por Página/12 recordó a Rodríguez como “una persona
querida, muy correcto”. “No era un defensor de los derechos humanos pero tenía
posiciones racionales –recordó–. Muchas veces comentaba cosas de la dictadura
pero nunca hablaba de su propio rol. Sólo decía que debía actuar la Justicia.”
Fuente: Página 12
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