El debate en marcha

Las consecuencias deseables de la reconstrucción de la memoria histórica

No todos están a la altura de las circunstancias, no todos utilizan recursos destinados a respetar al otro aún retándolo a debatir, a intercambiar ideas desde el lugar donde se ubica el que está convencido de que su opinión es  solo su "verdad relativa". Importante es la "verdad" en la que uno cree, y como tal digna de ser defendida de chicanas y groseras deformaciones semánticas malintencionadas. Pero nada más que eso es nuestra opinión, en términos de entender objetivamente un proceso histórico en el que hay mucha, muchísima tela aún por cortar, y la confrontación con la opinión del otro no solo es necesaria, sino imprescindible.
Por eso es siempre preferible la peor de las chicanas, que la indeferencia. La victoria del "no te metás" es el triunfo de los inquisidores. Es por todo ello que creemos importante reproducir dos notas inteligentes (publicadas en el diario "El Libertador"), con mas o menos aportes a la reconstrucción de la memoria histórica, según como se miren, pero sesudas y pasionales -de esto no hay dudas- y dignas de ser reproducidas para el análisis del lector, a quien no subestimaremos "reforzando" la que más nos identifique o descalificando la que más alejada esté de nuestra "verdad relativa", pretendiendo tan solo por parte de esta redacción, estimular la formación, la consolidación o (esperemos) el enriquecimiento de la opinión del lector. No creemos (es una obviedad decirlo en este punto) en la sabiduría de los tres monos.

Disquisiciones sobre inquisiciones

Arnaud Amaury era un caballero muy católico que vivió en el siglo XIII. Aquellos eran días agitados: para el papado, el catarismo -una rama cristiana disidente que floreció en el Languedoc- era una cuestión a aniquilar a como diera lugar, y por ello llamó a una cruzada. Béziers era uno de los epicentros de esta herejía, y para convertir a sus habitantes y tornarlos al redil de la piadosa iglesia romana, el papa echó mano al recurso al que siempre, variando los estilos y las tácticas, recurre la piadosa iglesia romana: condenarlos a la destrucción total. La tarea le fue encomendada al entusiasta Arnaud Amaury, a quien en medio del furor del saqueo y la degollina, uno de sus subordinados preguntó a quienes les sería otorgado el perdón. Monsieur Amaury respondió sin dudar: "Matadlos a todos, el cielo reconocerá a los suyos" (no por nada era legado del máximo representante de Dios en la tierra, el infalible pontífice católico). Aquel día de julio de 1209 fueron pasados a cuchillo los varios miles de habitantes de la ciudad, que seguramente habrán cruzado al otro mundo preguntándose si verdaderamente Dios les pediría credenciales en la puerta de su reino.
La aparatosa digresión anterior busca atraer la atención hacia la frase que se hizo legendaria (hasta Metallica la usó para titular uno de sus discos, Kill 'em all) y cuyo espíritu pareció inspirar a los responsables de la matanza descomunal perpetrada por los gobiernos militares que rigieron los destinos de la Argentina durante siete años, desde el '76 hasta el '83. La intención de destrucción purificadora irreflexiva movió a ambos, al cruzado francés y a los cruzados con escudos celestes y blancos prendidos a sus uniformes, a erigirse en jueces y verdugos motivados por la idea de la aniquilación sin contemplaciones; algo así como "hagámoslos saltar a todos que entre estos, algún cátaro/ zurdo debe haber". Y si no hay, alguna vez habrán conocido a uno (en tren de citar sentencias memorables, recuerdo la del general Ibérico Saint Jean, gobernador de Buenos Aires en 1977: "Primero mataremos a todos los subversivos, luego mataremos a sus colaboradores, después a sus simpatizantes, enseguida a los que permanecen indiferentes y finalmente mataremos a los tímidos").
Ahí se remarca el carácter indiscriminado de los asesinatos.
Cuando leí la respuesta de Alejandro Petroff publicada en el diario EL LIBERTADOR (domingo 10 de febrero) a un lector, Gonzalo Obregón Centeno, que a su vez respondía a un artículo suyo, no digo que me escandalicé o que se me erizó el vello de la nuca -porque son recursos literarios berretas y en tren de ser sinceros sólo se escandalizan las señoras viejas y los militares en pantuflas cuando ven pibes con pelos largos tomando vino-, pero algo sentí. Algo feíto, como de historia repetida.
El caso es que Petroff, entre otras cosas, gira elípticamente alrededor de la teoría de los dos demonios, despotrica contra los reclamos de justicia de las víctimas, resta importancia a los crímenes cometidos por los militares contra personas que, según su visión, en algo malo estaban metidos (… no seamos tan ingenuos de creer que los Galimbertis, los Firmenich, los Arrostito y otros eran bebés de pecho, que sólo querían la romántica revolución para un país. Después de todo, si adoraban al Che, compartían la teoría del foco insurreccional, esto es la guerra de guerrillas. Que hayan sido indultados o hayan fallecido o se hayan reciclado no les lava la sangre de las manos, ni devuelve las vidas que segaron ni la plata que obtuvieron mediante secuestros) y dictamina, con un curioso espíritu místico-exorcista que "… un demonio pequeño sigue siendo un demonio…". Lo más bajo de todo este asunto es que Petroff vuelve una y otra vez a todos los paradigmas que la Dictadura nos supo legar (algo habrán hecho, no te metás, fue una guerra sucia, etcétera, etcétera), pero sin aludir directamente a ellos, como excusándose para no quedar como un reaccionario a la Cecilia Pando. La nota dice, entre líneas, que pedir justicia está bien, pero que ellos no se la merecen, porque fueron terroristas que atentaron contra la patria, y que embanderarse en el lado de los que piden que no se olvide es pertenecer a una masa facciosa digitada por poderes que buscan la desestabilización a cualquier precio. Pero no toma partido directamente, de frente, sino que lo hace de manera solapada, dando un paso y retrocediendo dos, justificándose a cada momento, conmiserándose por los caídos de ambos lados para no dejar dudas sobre el humanismo que profesa el autor.
Eso hace todo un poco más ruin. Pedir perdón a familiares de desaparecidos suena hipócrita, a guiño sarcástico de alguien que mira desde una tribuna la pérdida ajena.
Pero algo hay de cierto en el texto de Petroff: los caídos no eran bebés de pecho. Algo hicieron. Negar eso sería restarle entidad a los ideales que impelieron a la lucha -no sólo armada- a varios miembros de las generaciones que confluyeron en los setenta. Lo que hicieron fue permanecer al costado de un régimen criminal que se llevó la vida de inocentes (Dagmar Hagelin, los sacerdotes palotinos, las monjas francesas), que se apropió de bebés nacidos en los centros de tortura, que se alzó con botines arrebatados como delincuentes comunes, tan lejos de la nobleza y la abnegación que pareciera ver Petroff en los verdugos, que hundió a muchos, demasiados chicos, en una guerra suicida, la de Malvinas. Algo hicieron, en verdad: estar concientizados política y socialmente. Con respecto al burdo ejemplo ilustrativo al que Petroff acude (¿cómo una bomba puesta por "milicos" es criminal y otra puesta por guerrilleros no lo es? ¿Acaso las dos no buscan matar?), hay una diferencia básica: el Estado -en esa época en manos de los militares-, no debe andar poniendo bombas; de hacerlo, se constituye en un Estado terrorista, y contra eso se debe alzar la población, aun mediante la guerra de guerrillas, método de resistencia tan legítimo como cualquier otro (estrategias de la semántica represiva: la oposición armada se encuadra dentro del "terrorismo", mientras que los métodos coercitivos motorizados por el poder son "antisubversivos"). Es de esa semántica que se apropian, tal vez imbuidos por el afán apropiador castrense de aquellos setenta, los que hacen de la defensa de lo indefendible profesión de fe, en cuyas filas se infiere que milita el filoso escriba que hasta se permite quiebres retóricos cancheros para demostrar que no es tan facho (Gonzalo: avanti con tus ideales…), que es un tipo con onda que palmea en la espalda a alguien que podría ser su alumno.
Para concluir, quiero dejar sentado, quizás pecando de alguna vanidad que me mueve a pensar que mis reflexiones pueden pasar a la posteridad o influir en alguien, que creo en la Justicia, pero no tanto en la ley, esa institucionalización muchas veces digitada de una idea abstracta de orden destinada a mantener el statu quo (verbigracia, leyes de Punto Final y Obediencia Debida), en la Justicia esa que hacemos todos, en la Justicia basada en el repudio y la execración de los criminales por parte de las víctimas, la consistente en demostrar desprecio, asco e inflexibilidad ante los que abusaron de un poder ilegítimo.
Porque, con completa razón, el autor de la filípica anti castigo observa que no vivimos dentro de un tribunal, y para suplir ese desarraigo de los terrenos judiciales es que debemos guardar la memoria de todo aquello que nos devastó, sin premiar, con la impunidad que pregona Petroff soto voce, a tanto pervertido asesino que nos tocó en suerte.

Nicolás Toledo

Yo, el facho
 
-"Quien controle el presente, controla el pasado. Quien controla el pasado, controla el futuro…".
George Orwell

-"No olvides que no es el hombre que te envilece o golpea aquel que te insulta, sino tu propio juicio de que este hombre te insulta. Por lo tanto, cuando alguien te irrita, ten por seguro que es tu propia opinión la que te ha irritado. Y comprométete a no dejarte llevar por las impresiones externas, dada que una vez que ganes tiempo y postergues tu reacción, podrán más fácil llegar a ser el amo de ti mismo".
Epicteto

 


Cuánto gre gre, para decir Gregorio! Al final, tanta jactancia intelectualoide para, apenas, etiquetarme de "facho" (e "hipócrita"). Ése sí que es un recurso berreta, amén de intolerante, para descalificar. Como si hubiese sido proferido por alguna señora vieja, aunque serlo no sea ningún demérito para quien esto escribe. Sí para don Nicolás Toledo que parece asociar la vejez con el deterioro de los ideales o el conservadurismo que tanto deplora y termina aflorando en su carta.
Así las cosas, señor Nicolás, podría concluir que responderle es gastar pólvora en un chimango, para colmo con veleidades de escritor (y delirios de trascendencia) que, como mucho, podría aspirar a bloggers (de hecho ya practica publicando antes que en este diario -donde se produjo la polémica sobre la que opina- su nota en un portal de poca monta). Pero lo haré para demostrar que en cuestiones argumentativas no refuta quien quiere, sino quien puede. Y a usted, se nota, no le da el pinet, por más petulancia que intente desplegar.
Comencemos por decir que el lector hace gala de una extraordinaria capacidad de leer entrelíneas. Acaso desarrollada luego de descubrir que así se termina más rápido el diario. Lo dicho surge, erróneamente claro, porque me adjudica frases que no usé, como el "algo habrán hecho", que para su información no fue una idea legada por la Dictadura, sino parida por la siempre ciclotímica sociedad argentina, que aplaudía los golpes y luego se desentendía. Mirar para otro lado es mejor que asumir la responsabilidad (véase Menem). El dichoso colaboracionismo, que como mínimo, practicó Kirchner mientras amasaba fortuna en Santa Cruz y la Dictadura hacía de las suyas.
Sigamos luego por la parte más jugosa y "aparatosa", que sirve para azorarnos de la ingenuidad de cierta gente. O de su oligofrénica visión del mundo. Nótese que don Toledo es partidario de la anarquía rayana con la justicia por mano propia, y por eso quizá empatiza con la guerrilla. "Creo en la Justicia, pero no tanto en la ley, esa institucionalización muchas veces digitada de una idea abstracta de orden destinada a mantener el statu quo (…), en la Justicia esa que hacemos todos, en la Justicia basada en el repudio y la execración de los criminales por parte de las víctimas, la consistente en demostrar desprecio, asco e inflexibilidad ante los que abusaron de un poder ilegítimo".
Bien: sólo los estúpidos creen que la ley es estúpida. Y Montesquieu se estará retorciendo en su tumba de saber que en Corrientes, donde rige el sistema republicano, hay quienes creen en una "justicia que hacemos todos", basada en el "repudio" a los criminales. ¿Será eso consecuencia de la mera pose mediática de defensa de los DDHH adoptada por el pingüinismo? Total, hay mucho pseudoperiodista creyendo que al adoptar el progresismo gana en aceptación de la opinión pública. Y qué condena tan dura es mostrarle asco a un criminal sin ningún tipo de frenos morales, ¿no? ¿Acaso Nicolás habrá sido uno de los que escupió y agredió al doctor Millán en la entrada de Cámara Nacional de Corrientes, mientras ex legisladores se reían a carcajadas? Es tan romántico y "concientizado política socialmente" don Nicolás que, no lo dudo, optaría por la lucha armada para luchar contra ese eje del mal que se es capitalismo, ¡que rige ahora con más virulencia que en el 78!
Pero a Toledo le encantan las historias de inquisiciones, de modo que no debe sorprendernos. Lo que no debe saber, seguro, es de aquel maravilloso pronunciamiento en el seno de la Convención Constituyente de 1853, corolario de un proceso inigualable de democracia y patriotismo: "Si nos inclinamos ante la ley, evitaremos arrodillarnos ante los tiranos".
Pero volvamos a esa aparente nimiedad de catalogar de "facho" a la persona que piensa diferente. Es muy del ideario de izquierda espetar, a boca de jarro, ese término -también sirve "reaccionario"- a quienes, como ellos, no encajan en el arquetipo del progresista. Etiquetar a las personas viene desde el fondo de los tiempos y no sirvieron precisamente para algo bueno. Tampoco lo practicaban los defensores de la libertad.
Y ese sujeto estandarizado de la izquierda argentina, si es que existe esto, le va como anillo al dedo a don Toledo. Porque no hace más que repetir frases hechas y argumentos remanidos que nunca fueron puestos en práctica, ni siquiera ahora, que a la angaú, gobierna la centroizquierda. Distinto sería si, como enseña la ontología del lenguaje, se comprometiera a fundar su juicio, a partir de acciones que hemos observado en el pasado. Ahí se le pondrá difícil porque vemos que ha incursionado en historias de una sola parte de la biblioteca.
"El fundamento de los juicios tiene que ver con la forma en que el pasado es traído al presente cuando se emiten juicios. Somos generadores incesantes de juicios. Los hacemos todo el tiempo sobre prácticamente todo lo que observamos. Según Nietzche, uno de los rasgos distintivos de los seres humanos es que son animales que enjuician", escribe Rafael Echeverría, filósofo y sociólogo chileno.
Y agrega algo que a don Toledo lo espantará: "Debido a su fuerte relación con el pasado, los juicios, por naturaleza, suelen ser sumamente conservadores. (…) Estamos suponiendo que el pasado es un buen consejero del futuro. Estamos suponiendo que, porque algo sucedió una y otra vez en el pasado, podría volver a pasar en el futuro. Sin embargo, todos sabemos que el pasado es sólo uno de los factores que deben considerarse cuando nos ocupamos del futuro. Cualquier cosa que haya ocurrido en el pasado no necesariamente tiene que suceder en el futuro".
Esto quiere decir que aunque presuma de ser tan "progre", Toledo no tiene conciencia de que vivimos otra Argentina, muy diferente a la de hace 30 años, y no porque se esté enjuiciando a los ex dictadores solamente. No es motivo de esta nota enumerárselos tampoco ni explicarle que el monstruo se muerde la cola, puesto que al echarme a la hoguera por pensar distinto es tan facho como yo. Ocurre que el ser humano puede participar activamente, a través de sus acciones, en hacer que el futuro sea diferente (aunque algunos elijan anclarse al pasado). Para ello cuenta con el aprendizaje y la innovación. Es tan obvio que me cuesta escribirlo: ¿no se percató Toledo que 25 años de democracia ya extinguieron toda posibilidad de que se repita esa historia que le parece tan ¿"feíta"? Hay que escribir para la gente, don Toledo, y no para uno mismo (eso explica sus delirios de grandeza). Hay que saber auscultar a la comunidad en la que vivimos. Emblematizar a Cecilia Pando (la esposa de un militar separado de la fuerza que escribe cartas a los diarios y participa de actos minoritarios) como el cuco de la derecha muestra su palmario desconocimiento de la realidad del país.
Pero fíjense como todo encaja. "El juicio, sostenemos, tiene una doble cara. Es como el dios Jano. Una cara mira hacia el mundo, la otra mira hacia el ser que somos. Los juicios hablan de quienes los emiten", añade Echeverría.
Y desnuda de esta manera, a las personas que, como Toledo, se caracterizan por vivir de juicios ajenos, que no es otra cosa que la condición de la inautenticidad. Vivir en ella sólo busca satisfacer a todos, en este caso replicando el discurso único de los que controlan el presente y quieren controlar el pasado. Pereza intelectual y cobardía moral, se llama eso. Raro para alguien tan joven (Ingenieros miraría con pena esta blandura de molusco para adaptarse a las circunstancias). Y aunque suene "canchero" y "místico", lo insto: avanti con su blog, Toledo, y que Dios lo ayude.

Por ALEJANDRO PETROFF - De la Redacción de EL LIBERTADOR


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