Disquisiciones sobre inquisiciones
Arnaud Amaury era un caballero muy católico que vivió
en el siglo XIII. Aquellos eran días agitados: para el papado, el
catarismo -una rama cristiana disidente que floreció en el Languedoc-
era una cuestión a aniquilar a como diera lugar, y por ello llamó a una
cruzada. Béziers era uno de los epicentros de esta herejía, y para
convertir a sus habitantes y tornarlos al redil de la piadosa iglesia
romana, el papa echó mano al recurso al que siempre, variando los
estilos y las tácticas, recurre la piadosa iglesia romana: condenarlos a
la destrucción total. La tarea le fue encomendada al entusiasta Arnaud
Amaury, a quien en medio del furor del saqueo y la degollina, uno de sus
subordinados preguntó a quienes les sería otorgado el perdón. Monsieur
Amaury respondió sin dudar: "Matadlos a todos, el cielo reconocerá a los
suyos" (no por nada era legado del máximo representante de Dios en la
tierra, el infalible pontífice católico). Aquel día de julio de 1209
fueron pasados a cuchillo los varios miles de habitantes de la ciudad,
que seguramente habrán cruzado al otro mundo preguntándose si
verdaderamente Dios les pediría credenciales en la puerta de su reino.
La aparatosa digresión anterior busca atraer la atención hacia la frase
que se hizo legendaria (hasta Metallica la usó para titular uno de sus
discos, Kill 'em all) y cuyo espíritu pareció inspirar a los
responsables de la matanza descomunal perpetrada por los gobiernos
militares que rigieron los destinos de la Argentina durante siete años,
desde el '76 hasta el '83. La intención de destrucción purificadora
irreflexiva movió a ambos, al cruzado francés y a los cruzados con
escudos celestes y blancos prendidos a sus uniformes, a erigirse en
jueces y verdugos motivados por la idea de la aniquilación sin
contemplaciones; algo así como "hagámoslos saltar a todos que entre
estos, algún cátaro/ zurdo debe haber". Y si no hay, alguna vez habrán
conocido a uno (en tren de citar sentencias memorables, recuerdo la del
general Ibérico Saint Jean, gobernador de Buenos Aires en 1977: "Primero
mataremos a todos los subversivos, luego mataremos a sus colaboradores,
después a sus simpatizantes, enseguida a los que permanecen indiferentes
y finalmente mataremos a los tímidos").
Ahí se remarca el carácter indiscriminado de los asesinatos.
Cuando leí la respuesta de Alejandro Petroff publicada en el diario EL
LIBERTADOR (domingo 10 de febrero) a un lector, Gonzalo Obregón Centeno,
que a su vez respondía a un artículo suyo, no digo que me escandalicé o
que se me erizó el vello de la nuca -porque son recursos literarios
berretas y en tren de ser sinceros sólo se escandalizan las señoras
viejas y los militares en pantuflas cuando ven pibes con pelos largos
tomando vino-, pero algo sentí. Algo feíto, como de historia repetida.
El caso es que Petroff, entre otras cosas, gira elípticamente alrededor
de la teoría de los dos demonios, despotrica contra los reclamos de
justicia de las víctimas, resta importancia a los crímenes cometidos por
los militares contra personas que, según su visión, en algo malo estaban
metidos (… no seamos tan ingenuos de creer que los Galimbertis, los
Firmenich, los Arrostito y otros eran bebés de pecho, que sólo querían
la romántica revolución para un país. Después de todo, si adoraban al
Che, compartían la teoría del foco insurreccional, esto es la guerra de
guerrillas. Que hayan sido indultados o hayan fallecido o se hayan
reciclado no les lava la sangre de las manos, ni devuelve las vidas que
segaron ni la plata que obtuvieron mediante secuestros) y dictamina, con
un curioso espíritu místico-exorcista que "… un demonio pequeño sigue
siendo un demonio…". Lo más bajo de todo este asunto es que Petroff
vuelve una y otra vez a todos los paradigmas que la Dictadura nos supo
legar (algo habrán hecho, no te metás, fue una guerra sucia, etcétera,
etcétera), pero sin aludir directamente a ellos, como excusándose para
no quedar como un reaccionario a la Cecilia Pando. La nota dice, entre
líneas, que pedir justicia está bien, pero que ellos no se la merecen,
porque fueron terroristas que atentaron contra la patria, y que
embanderarse en el lado de los que piden que no se olvide es pertenecer
a una masa facciosa digitada por poderes que buscan la desestabilización
a cualquier precio. Pero no toma partido directamente, de frente, sino
que lo hace de manera solapada, dando un paso y retrocediendo dos,
justificándose a cada momento, conmiserándose por los caídos de ambos
lados para no dejar dudas sobre el humanismo que profesa el autor.
Eso hace todo un poco más ruin. Pedir perdón a familiares de
desaparecidos suena hipócrita, a guiño sarcástico de alguien que mira
desde una tribuna la pérdida ajena.
Pero algo hay de cierto en el texto de Petroff: los caídos no eran bebés
de pecho. Algo hicieron. Negar eso sería restarle entidad a los ideales
que impelieron a la lucha -no sólo armada- a varios miembros de las
generaciones que confluyeron en los setenta. Lo que hicieron fue
permanecer al costado de un régimen criminal que se llevó la vida de
inocentes (Dagmar Hagelin, los sacerdotes palotinos, las monjas
francesas), que se apropió de bebés nacidos en los centros de tortura,
que se alzó con botines arrebatados como delincuentes comunes, tan lejos
de la nobleza y la abnegación que pareciera ver Petroff en los verdugos,
que hundió a muchos, demasiados chicos, en una guerra suicida, la de
Malvinas. Algo hicieron, en verdad: estar concientizados política y
socialmente. Con respecto al burdo ejemplo ilustrativo al que Petroff
acude (¿cómo una bomba puesta por "milicos" es criminal y otra puesta
por guerrilleros no lo es? ¿Acaso las dos no buscan matar?), hay una
diferencia básica: el Estado -en esa época en manos de los militares-,
no debe andar poniendo bombas; de hacerlo, se constituye en un Estado
terrorista, y contra eso se debe alzar la población, aun mediante la
guerra de guerrillas, método de resistencia tan legítimo como cualquier
otro (estrategias de la semántica represiva: la oposición armada se
encuadra dentro del "terrorismo", mientras que los métodos coercitivos
motorizados por el poder son "antisubversivos"). Es de esa semántica que
se apropian, tal vez imbuidos por el afán apropiador castrense de
aquellos setenta, los que hacen de la defensa de lo indefendible
profesión de fe, en cuyas filas se infiere que milita el filoso escriba
que hasta se permite quiebres retóricos cancheros para demostrar que no
es tan facho (Gonzalo: avanti con tus ideales…), que es un tipo con onda
que palmea en la espalda a alguien que podría ser su alumno.
Para concluir, quiero dejar sentado, quizás pecando de alguna vanidad
que me mueve a pensar que mis reflexiones pueden pasar a la posteridad o
influir en alguien, que creo en la Justicia, pero no tanto en la ley,
esa institucionalización muchas veces digitada de una idea abstracta de
orden destinada a mantener el statu quo (verbigracia, leyes de Punto
Final y Obediencia Debida), en la Justicia esa que hacemos todos, en la
Justicia basada en el repudio y la execración de los criminales por
parte de las víctimas, la consistente en demostrar desprecio, asco e
inflexibilidad ante los que abusaron de un poder ilegítimo.
Porque, con completa razón, el autor de la filípica anti castigo observa
que no vivimos dentro de un tribunal, y para suplir ese desarraigo de
los terrenos judiciales es que debemos guardar la memoria de todo
aquello que nos devastó, sin premiar, con la impunidad que pregona
Petroff soto voce, a tanto pervertido asesino que nos tocó en suerte.
Nicolás Toledo |
| Yo, el facho
-"Quien controle el presente, controla el pasado. Quien controla el
pasado, controla el futuro…".
George Orwell
-"No olvides que no es el hombre que te envilece o golpea aquel
que te insulta, sino tu propio juicio de que este hombre te insulta. Por
lo tanto, cuando alguien te irrita, ten por seguro que es tu propia
opinión la que te ha irritado. Y comprométete a no dejarte llevar por
las impresiones externas, dada que una vez que ganes tiempo y postergues
tu reacción, podrán más fácil llegar a ser el amo de ti mismo".
Epicteto
Cuánto gre gre, para decir Gregorio! Al final, tanta
jactancia intelectualoide para, apenas, etiquetarme de "facho" (e
"hipócrita"). Ése sí que es un recurso berreta, amén de intolerante,
para descalificar. Como si hubiese sido proferido por alguna señora
vieja, aunque serlo no sea ningún demérito para quien esto escribe. Sí
para don Nicolás Toledo que parece asociar la vejez con el deterioro de
los ideales o el conservadurismo que tanto deplora y termina aflorando
en su carta.
Así las cosas, señor Nicolás, podría concluir que responderle es gastar
pólvora en un chimango, para colmo con veleidades de escritor (y
delirios de trascendencia) que, como mucho, podría aspirar a bloggers
(de hecho ya practica publicando antes que en este diario -donde se
produjo la polémica sobre la que opina- su nota en un portal de poca
monta). Pero lo haré para demostrar que en cuestiones argumentativas no
refuta quien quiere, sino quien puede. Y a usted, se nota, no le da el
pinet, por más petulancia que intente desplegar.
Comencemos por decir que el lector hace gala de una extraordinaria
capacidad de leer entrelíneas. Acaso desarrollada luego de descubrir que
así se termina más rápido el diario. Lo dicho surge, erróneamente claro,
porque me adjudica frases que no usé, como el "algo habrán hecho", que
para su información no fue una idea legada por la Dictadura, sino parida
por la siempre ciclotímica sociedad argentina, que aplaudía los golpes y
luego se desentendía. Mirar para otro lado es mejor que asumir la
responsabilidad (véase Menem). El dichoso colaboracionismo, que como
mínimo, practicó Kirchner mientras amasaba fortuna en Santa Cruz y la
Dictadura hacía de las suyas.
Sigamos luego por la parte más jugosa y "aparatosa", que sirve para
azorarnos de la ingenuidad de cierta gente. O de su oligofrénica visión
del mundo. Nótese que don Toledo es partidario de la anarquía rayana con
la justicia por mano propia, y por eso quizá empatiza con la guerrilla.
"Creo en la Justicia, pero no tanto en la ley, esa institucionalización
muchas veces digitada de una idea abstracta de orden destinada a
mantener el statu quo (…), en la Justicia esa que hacemos todos, en la
Justicia basada en el repudio y la execración de los criminales por
parte de las víctimas, la consistente en demostrar desprecio, asco e
inflexibilidad ante los que abusaron de un poder ilegítimo".
Bien: sólo los estúpidos creen que la ley es estúpida. Y Montesquieu se
estará retorciendo en su tumba de saber que en Corrientes, donde rige el
sistema republicano, hay quienes creen en una "justicia que hacemos
todos", basada en el "repudio" a los criminales. ¿Será eso consecuencia
de la mera pose mediática de defensa de los DDHH adoptada por el
pingüinismo? Total, hay mucho pseudoperiodista creyendo que al adoptar
el progresismo gana en aceptación de la opinión pública. Y qué condena
tan dura es mostrarle asco a un criminal sin ningún tipo de frenos
morales, ¿no? ¿Acaso Nicolás habrá sido uno de los que escupió y agredió
al doctor Millán en la entrada de Cámara Nacional de Corrientes,
mientras ex legisladores se reían a carcajadas? Es tan romántico y "concientizado
política socialmente" don Nicolás que, no lo dudo, optaría por la lucha
armada para luchar contra ese eje del mal que se es capitalismo, ¡que
rige ahora con más virulencia que en el 78!
Pero a Toledo le encantan las historias de inquisiciones, de modo que no
debe sorprendernos. Lo que no debe saber, seguro, es de aquel
maravilloso pronunciamiento en el seno de la Convención Constituyente de
1853, corolario de un proceso inigualable de democracia y patriotismo:
"Si nos inclinamos ante la ley, evitaremos arrodillarnos ante los
tiranos".
Pero volvamos a esa aparente nimiedad de catalogar de "facho" a la
persona que piensa diferente. Es muy del ideario de izquierda espetar, a
boca de jarro, ese término -también sirve "reaccionario"- a quienes,
como ellos, no encajan en el arquetipo del progresista. Etiquetar a las
personas viene desde el fondo de los tiempos y no sirvieron precisamente
para algo bueno. Tampoco lo practicaban los defensores de la libertad.
Y ese sujeto estandarizado de la izquierda argentina, si es que existe
esto, le va como anillo al dedo a don Toledo. Porque no hace más que
repetir frases hechas y argumentos remanidos que nunca fueron puestos en
práctica, ni siquiera ahora, que a la angaú, gobierna la
centroizquierda. Distinto sería si, como enseña la ontología del
lenguaje, se comprometiera a fundar su juicio, a partir de acciones que
hemos observado en el pasado. Ahí se le pondrá difícil porque vemos que
ha incursionado en historias de una sola parte de la biblioteca.
"El fundamento de los juicios tiene que ver con la forma en que el
pasado es traído al presente cuando se emiten juicios. Somos generadores
incesantes de juicios. Los hacemos todo el tiempo sobre prácticamente
todo lo que observamos. Según Nietzche, uno de los rasgos distintivos de
los seres humanos es que son animales que enjuician", escribe Rafael
Echeverría, filósofo y sociólogo chileno.
Y agrega algo que a don Toledo lo espantará: "Debido a su fuerte
relación con el pasado, los juicios, por naturaleza, suelen ser
sumamente conservadores. (…) Estamos suponiendo que el pasado es un buen
consejero del futuro. Estamos suponiendo que, porque algo sucedió una y
otra vez en el pasado, podría volver a pasar en el futuro. Sin embargo,
todos sabemos que el pasado es sólo uno de los factores que deben
considerarse cuando nos ocupamos del futuro. Cualquier cosa que haya
ocurrido en el pasado no necesariamente tiene que suceder en el futuro".
Esto quiere decir que aunque presuma de ser tan "progre", Toledo no
tiene conciencia de que vivimos otra Argentina, muy diferente a la de
hace 30 años, y no porque se esté enjuiciando a los ex dictadores
solamente. No es motivo de esta nota enumerárselos tampoco ni explicarle
que el monstruo se muerde la cola, puesto que al echarme a la hoguera
por pensar distinto es tan facho como yo. Ocurre que el ser humano puede
participar activamente, a través de sus acciones, en hacer que el futuro
sea diferente (aunque algunos elijan anclarse al pasado). Para ello
cuenta con el aprendizaje y la innovación. Es tan obvio que me cuesta
escribirlo: ¿no se percató Toledo que 25 años de democracia ya
extinguieron toda posibilidad de que se repita esa historia que le
parece tan ¿"feíta"? Hay que escribir para la gente, don Toledo, y no
para uno mismo (eso explica sus delirios de grandeza). Hay que saber
auscultar a la comunidad en la que vivimos. Emblematizar a Cecilia Pando
(la esposa de un militar separado de la fuerza que escribe cartas a los
diarios y participa de actos minoritarios) como el cuco de la derecha
muestra su palmario desconocimiento de la realidad del país.
Pero fíjense como todo encaja. "El juicio, sostenemos, tiene una doble
cara. Es como el dios Jano. Una cara mira hacia el mundo, la otra mira
hacia el ser que somos. Los juicios hablan de quienes los emiten", añade
Echeverría.
Y desnuda de esta manera, a las personas que, como Toledo, se
caracterizan por vivir de juicios ajenos, que no es otra cosa que la
condición de la inautenticidad. Vivir en ella sólo busca satisfacer a
todos, en este caso replicando el discurso único de los que controlan el
presente y quieren controlar el pasado. Pereza intelectual y cobardía
moral, se llama eso. Raro para alguien tan joven (Ingenieros miraría con
pena esta blandura de molusco para adaptarse a las circunstancias). Y
aunque suene "canchero" y "místico", lo insto: avanti con su blog,
Toledo, y que Dios lo ayude.
Por ALEJANDRO PETROFF - De la Redacción de EL
LIBERTADOR |