LAS VENTAJAS DE LA DEMOCRACIA

 

Me voy a permitir  una  reflexión como quien hace las suyas en esta época tan especial del año.

La novedad es que han sido trasladados el día jueves 27, los ocho genocidas que se encontraban “presos” –presos vip- en los cuarteles del ejército  de  La Liguria.

En este lugar contaban con todas las comodidades, pileta de natación incluida. Con un trato como el que se da a los iguales. Jamás estuvieron esposados o cosa parecida.

Miro las fotos que publicaran  los medios , y veo a dos de ellos cruzando la pista después de haber bajado del helicóptero Bell 212 para poder subir a uno de los  aviones Metro del ejercito   que  los trasladaría a El Palomar, con destino final a Campo de Mayo. Se los ve solos, nadie los acompaña, uno de los cuales lleva a parte del portafolios, un saco cruzado sobre el brazo, cual ejecutivo. La noticia dice que serán trasladados trece uniformados en dos aviones,  para 12 pasajeros aproximadamente cada uno.

No puedo dejar de asociar con el traslado al que fuimos sometidos treinta años atrás un grupo de 217 compañeros que nos encontrábamos alojados en la Unidad Penitenciaria U7, de acá, de Resistencia.

El traslado se inició en la madrugada del mes de abril de 1977  en que fuimos sacados de las celdas como sucedía en estos casos , a los empujones, para luego y una vez en los pasillos entre los pabellones, ser vendados y esposados a la espalda.

El penal había sido “tomado” por el  ejército, y literalmente rodeado ya que prácticamente ese día se trasladó a todos los presos políticos que nos encontrábamos alojados en el mismo.

A eso de la media mañana después de permanecer de cara contra la pared y debidamente vendados sin poder ver nada, acompañados por personal con perros, fuimos introducidos en  los celulares, camionetas ford con la caja cerrada, bajita, de chapa y una puerta atrás. Unos 8 ó 10 “delincuentes terroristas” como nos llamaban. Esposadas las manos   a la espalda, decía, y al mismo tiempo  los pies, con esposas dobles, pero a la vez con otro compañero, o sea de a dos.

De ahí en una larga caravana, supongo, ya que no veíamos nada, llevados al aeropuerto. Cuando llegamos nos esperaba una comitiva de guardia cárceles con perros los que ubicados en dos filas nos hacían pasar al medio y nos “ayudaban”, golpes y patadas  mediante, a subir las escalerillas más rápido.

A  eso del medio día fuimos cargados a un Focker F28, el cual en tiempos normales era utilizado con capacidad para 56 pasajeros, según comentaba después alguien que sabía. En esa oportunidad pudimos apreciar las “ventajas” de la versatilidad de dicha aeronave. Habían sacados todos los asientos y colocado cintas tipo cinturón de seguridad trabadas al piso, al ras. Nos fueron introduciendo al avión por la puerta de adelante, pero era cargado el mismo desde el fondo hacia adelante, uno al lado del otro, por tandas. Al mismo tiempo por razones de seguridad, trabados al piso enganchaban las esposas. De tal manera que nos hicieron entrar a 217 detenidos en un mismo avión, agachados por las esposas al piso, puestas entre las piernas. Más los guardias que nos acompañaban.

En esas condiciones permanecimos hasta que supuestamente fue completada la carga, incluidos los monos de cada uno  con  la ropa y algunos efectos personales atados con una frazada.

El problema vino cuando el avión empezó a decolar. Las cinchas del piso no soportaban el peso de semejante cantidad de gente atados a la misma y nos íbamos para atrás, recayendo todo el peso en los que habían sido subidos primero. A lo que había que sumar el hecho de que más de uno comenzó a vomitar, por el vuelo,  lo que por la pendiente corría entre los presos hacia el fondo del avión.  Era tremendo el hedor de los vómitos sumado a la adrenalina y el calor no solo provocado por el hacinamiento, sino porque la lección enseñada a los golpes  nos obligaba al ver de que se trababa de un traslado, a ponernos encimada toda la ropa que tuviésemos a mano. En esas condiciones siempre se producían los traslados de un penal a otro, sumado a la incertidumbre de no saber a dónde se nos llevaba, lo que no era poco decir a partir de los fusilamientos, o vuelos de la muerte  que acompañaban a los “traslados”.

Y la verdad no puedo dejar de comparar aquello acontecido en plena dictadura cívico militar, como decía, con este traslado que hoy hasta podemos seguir a través de los medios orales y escritos, sin dejar de pensar cuánta sangre nos costó esta todavía tibia democracia.

 

 Carlos Raúl Aranda

DNI 10291706