LAS HISTORIAS DE JÓVENES CON LA VIDA ARRUINADA DESPUÉS DE SER DETENIDOS POR
TENENCIA DE DROGAS PARA CONSUMO
Y todo por llevar un porrito en el bolsillo

El fallo de la Corte alertó que no se debe seguir penalizando a los
consumidores. Aquí, casos de usuarios presos por unos pocos gramos cuya vida
terminó en calvario. El más dramático, el del joven llevado a una comisaría en
la que resultó violado.
Por Emilio Ruchansky
Se han cometido y se siguen cometiendo crímenes en nombre de la ley de drogas.
Crímenes que tienen como culpable a la policía, aunque no siempre se denuncian,
y que comienzan con una requisa ilegal, con una prueba plantada o porque alguien
es encontrado con un porro en la calle. Son, en su mayoría, casos en los que se
aplica la figura que pena la “tenencia de estupefacientes para consumo
personal”, un castigo que fue declarado inconstitucional por la Corte Suprema de
la Nación el martes pasado. Como señaló una investigación de la asociación
Intercambios y la Universidad de Buenos Aires, el 70 por ciento de los causas de
drogas en los últimos veinte años fueron contra consumidores, en su mayoría
jóvenes, que llevaban menos de cinco gramos de marihuana o cocaína. Son las
víctimas de una norma que por primera vez desde su sanción tiene buenas chances
de ser modificada.
Ayer, luego de que se conociera el fallo de la Corte sobre el tema, se divulgó
uno de estos crímenes que tiene como protagonista a David, un joven
universitario que reclama una indemnización millonaria al Estado por “el
delincuente que contrató para cuidar la vida y los bienes de los ciudadanos”,
tal como define al policía bonaerense implicado el abogado del joven, José Vega.
David fue detenido por un patrullero mientras manejaba y luego de requisarlo
ilegalmente le secuestraron un porro. El hecho ocurrió en San Isidro hace cinco
años, él tenía 18, y no se lo llevaron preso. Le dijeron que tenía una causa por
tenencia, que lo iban a citar.
“Esa citación nunca llegó”, dijo su abogado. “Tres años después, en un operativo
de control, piden sus antecedentes y aparece un pedido de captura por rebeldía
del Juzgado Federal de San Martín 1 por no haberse presentado. El pensó que se
había acabado esa causa”, detalló Vega. Fue el principio del calvario. Ese día,
el 3 de febrero de 2007, David fue llevado a la comisaría tercera de Boulogne,
partido de San Isidro, y lo dejaron incomunicado en los calabozos.
Según relató David, no bien llegó de la revisión médica de rutina durante la
madrugada del día siguiente, un agente le ordenó aguardar en un baño separado de
las celdas por una reja. El joven vestía solo ropa interior, pero el lugar
estaba aislado de los demás detenidos, a excepción de “El Cabezón”, cuya celda
no tenía candado. Era uno de los beneficios de los que gozaba dentro de la
comisaría a la que había llegado procesado, luego de pasar por varias unidades
penitencias.
El Cabezón le pidió al guardia que fuera a traer hielo y se acercó al David con
un palo de escoba con una “faca” en la punta. “¿Así que sos antichorro? Yo soy
chorro y vos vas a ser gato mío. Vení, puto, dame las zapatillas, dame las
cosas”, dijo Juárez metiendo la faca a través de la reja. Luego lo obligó a
darse vuelta y le decía “qué linda cola tenés”, mientras lo manoseaba. Al otro
día lo violó, a la vista de uno de los guardias, que supuestamente dormía.
El relato y los diálogos surgen de la sentencia emitida ayer por el Tribunal
Oral en lo Criminal 2 de San Isidro que condenó al “Cabezón” Juárez a 23 años de
prisión “por abuso sexual agravado por acceso carnal y por uso de arma, en
concurso con el robo de la ropa”. En el fallo se ordena una nueva investigación
contra el guardia que no lo custodió. David no fue la única víctima de violación
en la cárcel a partir de una causa por tenencia de drogas. Hubo otros casos,
como el de una joven pareja detenida cerca de la cancha de San Lorenzo en el
2000.
Según surge del expediente, dos policías les plantaron cocaína, golpearon
salvajemente al hombre y más tarde, en la Comisaría 32ª de Parque Patricios, la
mujer fue violada por un oficial en su celda. El uniformado la amenazó diciendo
que si hablaba iba a poner un kilo de cocaína en el auto y no volvería a ver ni
a su hija ni a su marido. El hecho fue constatado por varias pericias médicas,
pero la pareja denunció la golpiza y no la violación, que no pudo ser
investigada por tratarse de un delito de instancia privada (es decir, sólo puede
hacérselo si la víctima está de acuerdo).
En ambos casos, las víctimas estuvieron poco tiempo encerradas, lo suficiente
como para sufrir los abusos mencionados antes de que un juez los liberara, como
suele pasar en la mayoría de las causas por tenencia de drogas para consumo. Sin
embargo, no todos los jueces actúan de este modo. Es lo que les pasó a Fernando
Oscar Rodríguez y a su hijo Fernando Emanuel que salieron en libertad el 27 de
mayo del año pasado luego de estar 115 días presos en una alcaidía salteña.
Ambos fueron detenidos luego de un allanamiento a la casa paterna. Aunque era
evidente que las plantas de cannabis sativa y la piedra de porro prensado que
portaba el hijo eran para consumo personal, fueron acusados de traficar
marihuana “para fumar, comer y beber”.
El operativo estuvo a cargo de la División Operaciones de Drogas Peligrosas de
Salta capital y según el acta se secuestraron tres plantas, tres plantines, dos
recipientes con las flores de cannabis y un frasco en el que la marihuana
“estaba siendo sometida a una etapa de maceramiento con licor o alcohol”,
supuestamente, “para potenciar la droga y beberla”. Fernando tenía además 29
gramos de prensado que pensaba llevar a un viaje por el Iruyá. El padre, un
ingeniero y profesor de Física devenido en reparador de electrodomésticos, había
permitido que su hijo cultivara para que no les comprara los narcos.
La denuncia fue anónima y la inteligencia policial consistió en sacar fotos del
jardín desde la casa de un vecino. Con las imágenes de esas seis plantas
consiguieron la orden de allanamiento. El juez denegó la excarcelación porque
estaban acusados de tráfico y recién con el cambio de carátula a “tenencia para
consumo personal” lograron abandonar la alcaidía, donde conocieron el desamparo
de mulas y paqueros. Ambos siguen procesados.
Durante el encierro, Fernando Emanuel Rodríguez, de 23 años, hizo difundir una
carta titulada “Desde un pequeño infierno al que temporariamente llamo ‘casa’”.
Allí precisaba: “La injusticia que hoy me agarra las pelotas podría haberle
pasado a cualquiera. Acá la realidad que se vive, aparte del problema social que
recae en ello, es que están volteando a todos los de abajo que tengan o no algo
que ver, pero te incriminan igual”.
Esto último puede ser comprobado fácilmente. Página/12 se contactó con una
abogada que trabaja en una asociación que defiende a gente en situación de
calle. Antes de hablar, la mujer pidió reserva de su identidad así como la de su
asociación. “Sacamos muchos chicos pobres de las comisarías, si se publican mis
datos puede que se complique la próxima vez que vaya a una comisaría”, explicó.
Entre la decena de casos de chicos y chicas demoradas y torturadas por poseer
drogas, la abogada recordó el un joven bonaerense de 14 años, que mendigaba en
la estación Constitución y tenía su familia en Gerli, partido de Avellaneda.
“Venía de un hogar muy vulnerable, tenía siete hermanos y el papá los había
abandonado. Dormía en la calle y a veces volvía a su casa. Lo agarraron una
noche, en el 2004. Estaba fumando porro con otros chicos en situación de calle
en San Telmo. Se los llevaron a todos a la comisaría cuarta y el chico recibió
una paliza. Le pegaron tanto que se los mismos policías tuvieron que llevarlo al
hospital”, recordó la abogada. Cuando llegó, los médicos se dieron cuenta de que
la situación era grave. Le habían roto parte de los intestinos y tuvieron que
operarlo de urgencia.
El chico se salvó y los médicos denunciaron los ocurrido. “No estoy segura de
cómo terminó la causa contra la policía, lo que sé es que el chico volvió a la
calle y ahora está preso en un pabellón de jóvenes adultos en Ezeiza. Y no por
tenencia de drogas”, comentó la fuente. Peor suerte tuvo Germán Medina, un chico
de 16 años que llegó a la Justicia por tenencia de marihuana y luego de recorrer
varios institutos de menores y comunidades terapéuticas, falleció en febrero de
2007, supuestamente ahorcado, en una celda del Instituto Rocca. Una pericia
posterior comprobó que Medina había sido violado en ese instituto.
Entre las demandas por daños y perjuicios como la comentada en el primer caso,
el de David, hay una muy peculiar. Es la que tiene como protagonista a Walter
Marcelo Anderson, que vive en Florida, partido de Vicente López. En enero de
1994, el protagonista de esta historia residía en la ciudad de Pontevedra,
España, y envió a Argentina varios regalos para un amigo íntimo, sus hijos y su
esposa.
“En esa oportunidad y sin medir las consecuencias que podría producir en este
país, incluí sesenta y ocho gramos de hachís. Debo destacar que lo hice como una
broma”, comenta Anderson en la demanda. El envío fue detectado por la Dirección
General de Aduanas de la Argentina y conllevó un trámite judicial. El acusado se
presentó en la Comisaría de Santa Cruz de Tenerife, Islas Canarias, y allí supo
que había un pedido de captura internacional en su contra. Fue detenido de
inmediato y estuvo 45 días encerrado, quedando a disposición del juez Baltasar
Garzón.
El magistrado español denegó la extradición, aclarando que el delito cometido
había sido en España y no en Argentina. Luego decretó la libertad provisional y
dos años más tarde fue sobreseído. Del otro lado del océano no se presentaron
recursos, ni quejas, Anderson se creyó definitivamente libre. Ocho años después,
en 2004, viajó desde España a Foz de Iguazú, en Brasil. Antes de regresar, cruzó
la frontera de Argentina para saludar a algunos familiares y en Migraciones le
informaron que su pedido de captura se encontraba vigente.
Lo trasladaron a Buenos Aires, por disposición del juez federal Vidal Durán, y
quedó preso en el cárcel de Devoto. “A esta grave situación de detención
improcedente, se sumaba otra, que resulta también trascendental considerar para
poder determinar mis padecimientos, era y soy enfermo de HIV sida”, aclaró en la
demanda. Con la enfermedad a cuestas, sufrió el hacinamiento y las peleas hasta
que lo trasladaron a un pabellón para enfermos donde debió dormir en el piso,
como el resto.
“No se me administraba medicación alguna”, aseguró Anderson, quien agregó que
tampoco dejaron que su familia se la enviara. Luego lo derivaron a Marcos Paz,
en medio de una fuerte recaída en su salud. “Transcurridos once meses de
detención se me realizó un análisis que determinó que la carga viral y CD4 era
preocupante, como consecuencia directa de la falta de tratamiento”, aseguró.
Salió vivo de milagro, tras estar casi tres años esperando el juicio. El propio
fiscal tuvo que pedirle perdón porque no había nada que juzgar.
Fuente: Página 12
Escribinos (mencionando a qué nota se refiere tu comentario)