
Sí, Héctor Febres
se mordió la lengua, como tituló este diario. Y se calló para
siempre. Su muerte no apenó a nadie. Pero su cadáver azul habló
desde el jueves, cuando la pericia constató que la ingesta de
cianuro fue la causa de la muerte. Lo que dice el cadáver de Febres
es lo que ya se sabe desde que desapareció Julio López. No sólo se
trata de viejos represores y torturadores que tienen más de setenta
años y han hecho de la justicia tardía una justicia injusta,
domiciliaria, demasiado cómoda para las aberraciones de las que
fueron ideólogos y responsables. No sólo se trata de otros presos,
como Febres, que increíblemente gozan de una acolchada estadía en
lugares muy diferentes de aquellos en los que purgan sus condenas o
esperan sus sentencias miles y miles de infelices. Estos están
detenidos en sus antiguos lugares de trabajo. De trabajo de lesa
humanidad. Pero no se trata sólo de ellos.
Hay muchos otros que pusieron dedicación y esmero en las tareas que
les encomendaron. Esos que tenían la misma edad que los
detenidos-desaparecidos. Jóvenes militares y policías adiestrados
como perros para olfatear al zurdo y aniquilarlo. Más, mucho más que
una generación de oficiales y suboficiales de las fuerzas de
seguridad que metió las manos en la mierda. Los que se beneficiaron
con la obediencia debida, esa figura inconcebible que alguna vez
esta sociedad aceptó impávida.
Si hasta cuando al principio de su mandato Kirchner protagonizó
aquel incidente del cuadro de Bignone, que le ordenó sacar al
general Bendini, hubo quienes se lamentaron porque, dijeron, ¿hay
necesidad de humillarlos?
No, no hay ninguna necesidad de humillar a nadie. De lo que hay
necesidad, y urgente, es de poner en caja estos dos hechos
vinculados a los juicios que se están llevando a cabo treinta años
después. Treinta años después, en nombre del terrorismo de Estado de
los ’70, hay quienes siguen matando.
Escribí ya en este mismo espacio unas cuantas veces sobre López, y
sobre la vergonzosa percepción de que esa desaparición le interesó
apenas a la gente vinculada con los derechos humanos. La sociedad no
se apropió de esa desaparición escandalosa, el castigo por el juicio
a Etchecolatz. La reacción general frente a la desaparición de López
fue la misma que acompañó las desapariciones masivas de los ’70. La
figura del desaparecido hace planear la idea de que desapareció
solo. Hay un discurso instalado sobre los desaparecidos. ¿Pero qué
sabemos de los desaparecedores?
Nada. Y ellos parece que no están dispuestos a que se sepa más.
Nadie sabe qué habría dicho Febres en la audiencia inminente, en la
que iba a ser condenado. Pero su muerte activa la idea de una
circunstancia nueva: ya ni siquiera los más recalcitrantes pueden
hablar de los dos demonios. Estarían obligados a mencionar por lo
menos tres. Alguien hizo morir a Febres como murieron algunos
guerrilleros. Alguien o algunos que ya experimentaron la diabólica
sensación de tener un pulgar que indique la vida o la muerte de
otros.
Es absurdo que sobre una situación de semejante gravedad política,
del único que se esperan respuestas es del Gobierno, que fue uno de
los impulsores de estos juicios. ¿Qué dice la oposición sobre la
desaparición de López y la muerte con cianuro de Febres? ¿Qué
diagnóstico hace la oposición sobre esta escena, en la que es
evidente que hay asesinos sueltos? ¿Qué dicen ahora los que ayer
nomás decían que al pasado hay que dejarlo atrás, para tomar envión
hacia adelante? Ahora que es evidente que eso es una estupidez que
sólo pueden sostener los estúpidos.
Se secuestra. Se mata. Las bacterias sobrevivientes de aquella
pesadilla han comenzado a resistir. ¿Otra vez se creerá que por algo
habrá sido? ¿Otra vez tendremos que recordar aquel poema de Brecht
del que estamos todos hartos? Primero a ellos, después a los otros,
después a mí, ya era tarde. Y sin embargo, ésa y no otra fue la
actitud general frente a la desaparición de López. Un viejo que iba
a ser testigo clave en un juicio contra otro viejo que asesinó y
mató a mansalva. O yo estoy loca, o esto es una película en la que
somos extras. No se habla de estos temas en las sobremesas ni en la
televisión ni en los ascensores ni en los bares.
El trauma social es tan grande, que en cierto imaginario colectivo
esta desaparición y esta muerte de hombres involucrados en
diferentes bandos de los ’70 son el hilo sobrante de las otras
desapariciones y muertes. Forma parte. Y esto, en el fondo, creen
muchos, pasa por haberse metido a revolver el pasado.
Estos hechos, por otra parte y sin embargo, lavan el escenario de
aquella década. No sólo no hubo guerra sino tampoco un equivalente
de sadismo y crueldad entre los represores y sus víctimas. Esto que
están haciendo es lo que hicieron siempre. Lo único que saben hacer.
Su arte atroz es matar por la espalda.
Fuente: Página 12