EL ENCAPUCHADO

por Víctor Montoya*

 Cuando Aquiles entró en la cámara de torturas, donde estaba el preso colgado de una viga, un oficial cerró la puerta de un puntapié y dijo:

–¡Torturar es un oficio y un deber!

Aquiles, consciente de que su oficio estaba en contra de su voluntad, no sabía si empezar hablando o golpeando como otras veces. Se acercó a las gavetas de la mesa, se quitó el cinturón ribeteado de balas y bebió varios sorbos de agua en una calabaza. Limpió el gollete con una mano, mientras con la otra acariciaba la cacha de su revólver.

Paseó alrededor del encapuchado, mirándolo sin mirarlo. A medida que se desabrochaba la camisa, recordaba el día en que fue sorprendido forcejeando con una muchacha en el sótano del colegio, la mirada inquisidora del profesor y esos pechos similares a cántaros de miel.

–¡Está expulsado! –le increpó el profesor.

Aquiles, al cabo de aflojarse la camisa a la altura del tórax, fijó los ojos en el encapuchado, quien pendía con las manos esposadas, las ropas desgarradas y empapadas por el agua.

–¿Dónde están los otros? –inquirió, respirándole muy cerca.

El encapuchado, consternado por la voz que le parecía conocida, se limitó a negar con la cabeza, poco antes de que un puñetazo retumbara en su pecho y reventara sus huesos.

–¡Hijo de puta! ¿Dónde están los otros? –insistió Aquiles, exhalando suspiros profundos, justo cuando sus energías comenzaban a languidecer.

Más tarde dejó errar la mirada por doquier, hasta que gotas escarlata le cruzaron por los ojos. Levantó la cabeza hacia el torturado y le sacó la capucha, despavorido por la muerte que se cargaba toda  la información, sólo por la maldita suerte de haber empuñado la mano en un momento de furor.

Cuando la capucha cayó al agua, la víctima se había ido ya en un vómito de sangre, y, en su rostro pálido como la luz de la luna, Aquiles no encontró más que los ojos desorbitados de su mejor amigo de infancia.

 

 

LA MUERTE DE CARMELO

 

 

Cuando Carmelo despertó del sueño, tenía las manos crispadas sobre el pecho y la cara partida por una luz oblicua que se filtraba por el techo. En derredor no se oían más ruidos que su leve exhalación y el bullir de una acequia monocorde cruzando por la puerta.

Se restregó los ojos y recostó la cabeza en el borde de la cama, afianzando el hombro en la pared. Clavó la mirada en un punto fijo del cielo raso y, por un instante, evocó los recuerdos del pasado: la sonora carcajada de su infancia, la belleza de la mujer amada y aquella tarde de incendiada atmósfera cuando habló en el paraninfo universitario, con una voz que podía dominar el rugido de la tempestad.

En la calle, donde el sol caía a plomo, despidiendo un aire metálico y sofocante, vio que seis hombres ataviados de negro se le aproximaban por la espalda, y él, sin pensar dos veces, desenfundó el revólver y lo descargó en el cuerpo que estaba más cerca de sus ojos. Giró con vértigo y se escabulló con la ligereza de un pájaro, oyendo cada vez más lejos el jadeo de sus perseguidores que corrían como una recua de asnos.

Desde aquel día en que el ocaso se tiñó de sangre fría, Carmelo pasaba encerrado en un cuarto de mampuesto, sin otro oficio que pulir el revólver hasta dejarlo con su límpido fulgor.

Cierta mañana, apenas el sol rasgó la niebla matutina, sintió una extraña sensación en su interior. Irguió su tronco para incorporarse de golpe. Desnudo tomó el desayuno y desnudo se acercó a la ventanilla por donde penetraban sables dorados de día y sables argentados de noche. Se puso sus botas destalonadas y sus ropas sucias y raídas. Cargó balas al tambor del revólver, reclinó la frente contra el durmiente de la ventanilla y contempló el espacio abierto entre los cerros de picos nevados. Cuando entornó los ojos, como cansados por la vigilia, un destacamento de fuerzas combinadas rodeaba la casa a hurtadillas, saltando por encima del poyo que había en el muro del patio.

No transcurrió mucho tiempo. La turba confusa de hombres abrió fuego desde todos los ángulos, partiendo el aire sereno y transparente, entretanto Carmelo alcanzó a abrir los ojos ante el primer impacto de bala y a defenderse denodadamente de la muerte. Poco después se le encasquilló el revólver y por encima de su cabeza cruzó una ráfaga de metralleta que taladró las paredes, arrojando puñados de tierra por doquier.

Una voz, que dominaba a las demás, acalló las balas que silbaban en el aire, y Carmelo, que hasta entonces luchó como héroe para luego morir como mártir, decidió entregarse a sus captores con el seguro de transporte arrancado de la granada que llevaba junto al pecho.

Salió al patio con el mismo estrépito con que abrió la puerta, completamente tiznado por la pólvora, la camisa en jirones y los hombros descubiertos. Y, a poco de contemplar a sus captores prestos a detenerlo de golpe, una explosión de tierra y fuego los separó a uno del otro, dejando una nube blanquecina allí donde los cuerpos se juntaron bajo el manto azul del cielo.

 

 

CONFESIONES DE UN FUGITIVO

 

I

 

Al reclinar la nuca sobre la almohada, recordé aquel suceso que me marcó de por vida; era sábado al mediodía, el cielo estaba gris y la muchedumbre se agolpaba en las calles. El Presidente llegó a la plaza principal, escoltado por una caravana de jeeps y motos que abrían paso entre quienes agitaban pancartas con su retrato. Avancé hacia la tarima de oradores, sin más ilusión que acabar con la vida del dictador más abominable de la historia.

Salió del coche blindado y caminó entre sus partidarios, que voceaban al unísono: ¡Viva el Presidente! ¡Viva el General! Lo seguí de cerca, burlando la vigilancia de sus guardaespaldas, quienes miraban alrededor poniendo en jaque a la multitud en estado de euforia.

 

El Presidente subió los escalones de la tarima, donde sus admiradoras, de rostros maquillados y vestidos escotados, se abalanzaban para abrazarlo y besarlo. Me paré en el flanco, dispuesto a descargar la pistola que escondía en el abrigo. El dictador se paró frente a la hilera de micrófonos y pancartas, y levantó los brazos para responder a las ovaciones de sus seguidores. Ése fue el instante que aproveché para asesinarlo. Saqué la pistola y disparé cuatro tiros que le penetraron por el costado izquierdo, justo por donde estaba desguarnecido su chaleco antibalas. El quinto tiro lo alcanzó en la frente, de donde brotó la sangre a borbotones. La bala le destapó los sesos y lo tumbó con la sonrisa congelada, mientras sus guardaespaldas, protegiéndolo sobre las tablas, disparaban y gritaban aturdidos. Aproveché el oscuro caos y me escabullí entre la gente que huía a tropezones.

Ese mismo día se decretó estado de sitio, se tendió un cerco alrededor de la ciudad y las fuerzas de seguridad empezaron a requisar las casas de los opositores. Los allanamientos se prolongaron varios días, pero no se dio con el autor del crimen, porque el autor, como ustedes ya lo saben, fui yo, nadie más que yo; un hombre acostumbrado a convivir con la oscuridad y el silencio, y dispuesto siempre a recobrar su libertad a cualquier precio.

 

II

 

Dos meses después de aquel suceso que conmocionó al país y provocó un amotinamiento cuartelario, caí a merced de mis perseguidores, quienes, a poco de seguir mis huellas y detenerme en una casa de seguridad, me condujeron a la cárcel, donde me torturaron varios días y varias noches, hasta dejarme a un pelo de la muerte. No recuerdo todo, pero si el maltrato que recibían los presos, que berreaban como cerdos en las cámaras de tortura. En realidad, si me permiten ser más preciso, diré que en todas las cárceles se usaban los mismos métodos de suplicio: los choques eléctricos en las zonas sensibles del cuerpo, la máscara antigás para provocar la muerte por asfixia, la percha del loro y el temible submarino, donde zambullían al preso en un recipiente de agua mugrienta, colgado como una res en el matadero.

Todavía recuerdo la noche que me encerraron en una celda solitaria y maloliente, desde cuya ventanilla, que daba a la celda contigua, me hice testigo de un crimen que ya no puedo callar por más tiempo. Todo comenzó con los gritos de un torturador:

–¡Traigan al terrorista!

Asomé los ojos por la rendija de la ventanilla y divisé a otros torturadores que, arrastrando el cuerpo de un preso, entraron en la celda iluminada por el foco pendido del techo. Uno de los tres, que sujetaba a un perro por la correa y con una cicatriz en la cara, ordenó:

–¡Desvístanlo!

El preso, que permanecía inmóvil y callado, quedó desnudo ante el perro que lo miraba inquieto, feroz y babeante.

Dos torturadores lo sujetaron por los brazos, le inclinaron el cuerpo y le separaron las piernas, dejando que el tercero lo sodomizara con el palo de la escoba. Después acercaron el hocico del perro hacia las piernas del preso, quien, a ratos, parecía que iba a hablar, llorar, gritar; pero nada. Se mordió los labios y las lágrimas le estallaron en los ojos. El perro, azuzado por su amo, se levantó sobre las patas traseras y arrancó de un bocado los genitales del desgraciado. La sangre manó a chorros y los torturadores lo sacaron de la celda.   

Pasada la media noche, volvieron acompañados por una niña y una mujer embarazada, desnuda y desgreñada.

–¿Qué hizo esta mierda para merecer la muerte? –preguntó uno.

–Es la querida de un terrorista  –contestó otro.

La mujer cerró los ojos y las lágrimas le surcaron las mejillas. La niña, sujeta al brazo de su madre, permanecía callada pero asustada.  

Los tres torturadores se movían como sombras bajo el chorro de luz, infundiéndome una sensación de miedo.

–¡A la silla! –ordenó el de la cicatriz, limpiándose el sudor de la frente.

La mujer se sentó con las manos cruzadas sobre el vientre. La sujetaron contra el respaldo, apartándola de la niña. Uno de ellos, aspecto de matón y mirada fría, le dio un revés de mano que le reventó los labios. Luego, levantándole el mentón con el dedo, dijo:

–¡Ya que te negaste a hablar por las buenas, ahora hablarás por las malas!

La niña, adosada contra la pared,  rompió a llorar con las manos en la cara.

–¿Dónde está tu marido?

La mujer no dijo nada. Tenía los ojos fijos pero aguados.

–¡Te he preguntado, gran puta! –prorrumpió con un bramido que lo sacudió de pies a cabeza.

Los torturadores la tiraron contra el piso sanguinolento. La volvieron a levantar por los brazos. La sujetaron contra la silla y la golpearon delante de su hija, una niña de unos cinco años, quien, aterrada por la bestialidad humana, fue obligada a mirar cómo un torturador tiraba con pinzas de los pezones de su madre, mientras otro le introducía el cañón del fusil entre las piernas. La niña lloraba a gritos, a medida que su madre era insultada y agredida con objetos contundentes. La golpiza fue tan violenta que, de sólo escuchar las voces y los quejidos, me dio la impresión de que su criatura se le metía entre las costillas. Al final de la sesión, uno de ellos, el más sádico y corpulento, tomó a la niña por los pies, la puso ante los ojos de su madre y advirtió:

–¡Si no hablas, la vamos a matar!... ¡La vamos a matar, carajo!

–¡No!... A ella no... –suplicó  la madre, la cabellera cubriéndole la cara y la voz quebrada por el llanto.

–Entonces, ¡habla pues, gran puta! ¡Habla...!

La mujer, empapada en sangre y sudor, seguía implorando que no tocaran a la niña. Pero ellos, movidos por sus instintos salvajes, decidieron hacerle el submarino delante de su madre, quien, atada al respaldo de la silla, no cesó de gritar ni de implorar, hasta que le sobrevino un ataque repentino que la tumbó contra el piso.

Dos torturadores, al constatar el fallecimiento de la mujer, la arrastraron de los cabellos y la sacaron de la celda. El tercero, respirando como una bestia excitada, sujetó a la niña por los pies y la batió en el aire, golpeándole la cabeza contra la pared que sonó seca y hueca. La niña cayó al suelo, y yo, conmocionado por la escena, retiré los ojos de la rendija y volví a sentarme en un rincón, temblando de miedo y de frío.

 

III

 

Al día siguiente entraron dos torturadores en mi celda. Me pusieron una capucha, me condujeron por un pasillo, me subieron por unas gradas y me introdujeron en una celda del segundo piso, donde me arrojaron como un costal de papas. Después me quitaron la capucha mirándome con infinito desprecio. Uno de ellos, que lucía un anillo de oro macizo, me dio un revés de mano que me hizo arder la cara.

–¡De aquí no se escapará ni tu sombra, carajo! –dijo frotándose las manos.

Lo miré taciturno y luego ojeé en derredor, pensando que su amenaza no era suficiente para que dejara de soñar con la libertad.

Los torturadores abandonaron la celda y trancaron la puerta a sus espaldas, dejándome sumido en la oscuridad.

Desde ese día, y por el transcurso de varias semanas, planeé cómo fugarme de la cárcel, hasta que se me ocurrió la idea de cavar un túnel a través de la pared que daba a un callejón sin salida. Esa misma noche quité los mosaicos y me dediqué a horadar la pared con la ayuda de un clavo que, envuelto en una pequeña bolsa de plástico, había escondido detrás del marco de la puerta. Al concluir la faena, tapaba el agujero con los mismos mosaicos, que unía con precisión y cuidado; en tanto los puñados de tierra que extraía del orificio, los echaba en el desagüe que servía de baño; un proceso minucioso que empezaba a la media noche y concluía poco antes de que llegara el carcelero a inspeccionar la celda.

Cuando todo estuvo acabado, sólo me quedó aguardar el momento preciso de la fuga. Esperé pacientemente hasta las vísperas de los festejos del Año Nuevo. Esa noche, minutos antes del toque de campana que anunciaba el nacimiento del nuevo año, el carcelero cruzó por la celda, asomó su rostro por la mirilla. Al verme tendido en la cama, la nuca reclinada contra la pared y los brazos sobre el pecho, se retiró haciendo tintinear su llavero contra las hebillas de su cinto.

Se apagó la luz de la celda y me alisté como estaba previsto. Quité los mosaicos de la pared, atravesé el boquete de unos treinta centímetros de diámetro y me fugué con la agilidad de un gato. Salté hacia el callejón sin salida, trepé hasta el tejado de las viviendas aledañas por una pared de adobes y bajé a un jardín exterior con la ayuda de una sábana retorcida como cuerda. Estando en medio de la calle vacía y fría, apenas iluminada por la luz de la luna, me pegué a la pared y corrí pensando en que el sueño de la libertad no puede estar encerrado entre los gruesos muros de una cárcel.

 

 

ME PODRÁN MATAR, PERO NO MORIR

 

 

Te buscan para matarte, le dice su padre por décima vez. Ella cuenta las nueve cicatrices de su cuerpo y contesta: Me podrán matar, pero no morir...

Al levantar la cabeza entre paredes calcáreas, se enfrenta al rostro salvaje de sus torturadores. Uno de ellos, el más corpulento, bigote poblado y pistola al cinto, le sonríe mirándole a los ojos. ¿Así que tú eres la inmortal?, dice, mientras le quita los zapatos, el cinturón, los botones y el reloj, para que no pueda huir ni sepa qué hora o qué día es.

Le cubren los ojos con una venda y la conducen asida de los brazos por un pasillo. Ella se mueve apenas, como caminando en falso al borde de un precipicio. La introducen en una habitación que apesta a muerte. La desnudan a zarpazos y le arrancan la venda de los ojos.

Por un tiempo, dificultada todavía por la luz hiriente, observa a hombres que entran, salen y entran, y a un perro que bate la cola. El animal tiene el hocico babeante. Huele. Lame. Se aleja y se mete entre las piernas de su amo. En la habitación contigua, mira una mesa con mandos electrónicos: un reflector, un recipiente, una radio, un catre y varios ganchos con cadenas en la pared. Al otro lado de la ventana hay una calle oscura y fría, donde el viento sopla con una violencia capaz de levantar piedras y arrojarlas contra las puertas.

Un torturador se le acerca por la espalda y la encapucha. Otro le manosea el cuerpo y la esposa las muñecas. Comienza el ritual de la tortura. Primero es el simulacro de fusilamiento, después el submarino en el recipiente de orines y escupitajos. La inclinan y sumergen en la bañera, tirando de sus pezones con ganchos de hierro. Ella, a punto de asfixiarse, abre la boca y se desmaya.

Le retiran la capucha…

Recobra el conocimiento y escucha voces lejanas, como despertando de una pesadilla. Está atada al somier, los brazos y las piernas abiertas. Clava la mirada en el techo y tiene la sensación de estar flotando a cielo abierto. La sombra de un hombre cruza por sus ojos y una brasa de cigarrillo desciende hasta su pecho. Ella lanza un alarido y ellos suben el volumen de la radio.

Le recorren la picana de punta a punta. La picana tiene dos cables bien trenzados, bien empalmados. Aplican un cable en la boca y el otro en el ano. A la primera descarga, ella siente estallar su cabeza y cuerpo en esquirlas. Seguidamente, los hombres y el perro la violan hasta reventarla por dentro. No conformes con esto, unos le orinan en la cara y otros le descargan golpes de culata. La levantan esparciendo su sangre en el vacío y la arrastran por unos pasillos hasta la última celda; allí queda incomunicada, con las manos esposadas a la pared y sin más consuelo que pan y agua.

Cuando despierta de su pesadilla, mira un rayito de luz atravesando la oscuridad de la celda. Se toca el cuerpo que parece inexistente y, con un hilo de sangre en los labios, repite: Me podrán matar, pero no morir...

 

 

*Víctor Montoya, escritor, periodista cultural y pedagogo. Nació en La Paz, Bolivia, el 21 de junio de 1958. Su infancia y adolescencia transcurrieron en las poblaciones mineras de Siglo XX y Llallagua, al norte de la ciudad de Potosí. Siempre se sintió identificado con las luchas sociales y con la forma de vida de los trabajadores del subsuelo.

 

En 1976, como consecuencia de sus actividades políticas, fue perseguido, torturado y encarcelado por la dictadura militar de Hugo Banzer Suárez. Estando en el Panóptico Nacional de San Pedro y en la cárcel de mayor seguridad de Chonchocoro-Viacha, escribió su libro de testimonio "Huelga y represión”.

 

Liberado de la prisión por una campaña de Amnistía Internacional, llegó exiliado a Suecia en 1977. Egresado del Instituto Normal Superior de Estocolmo, en cuya Institución Pedagógica cursó estudios de especialización. Impartió lecciones de idioma quechua, coordinó proyectos culturales en una biblioteca, dirigió talleres de literatura y ejerció la docencia durante varios años.

 

En su extensión obra, que abarca el género de la novela, el cuento, el ensayo y crónica periodística, destacan: Huelga y represión (1979), Días y noches de angustia (1982), Cuentos Violentos (1991), El laberinto del pecado (1993), El eco de la conciencia (1994), Antología del cuento latinoamericano en Suecia (1995), Palabra encendida (1996), El niño en el cuento boliviano (1999), Cuentos de la mina (2000), Entre tumbas y pesadillas (2002), Fugas y socavones (2002), Literatura infantil: Lenguaje y fantasía (2003), Poesía boliviana en Suecia (2005), Retratos (2006) y Cuentos en el exilio (2007).

 

Dirigió las revistas literarias “PuertAbierta” y “Contraluz”. Su obra mereció premios y becas literarias. Tiene cuentos traducidos y publicados en antologías internacionales. Actualmente escribe en publicaciones de América Latina, Europa y Estados Unidos. Es responsable de la antología digital de los Narradores Latinoamericanos en Suecia: www.narradores.se